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Nacidos en una pesadilla (silent hill)

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  1. #1
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    Predeterminado Nacidos en una pesadilla (silent hill)

    Aca les presento un fanfic muy bueno sobre silent hill. aunque es mucha lectura pero para quien aya jugado silent hill (SH 1,2,3,4)le encantara.

    El nombre de este fanfic es "La Luz"

    Autor: Cloud "Miembro de colina silenciosa"

    Capitulo I :

    "La Luz"

    Mi hermana Helen y yo solíamos ir, cuando éramos más jóvenes, durante el verano, a Silent Hill. A los dos nos gustaba el sitio, pero mi hermana simplemente lo adoraba. Muchas veces la encontré en el lago del parque, mirando algo más allá de lo que podía entender, o cerca del cementerio, caminando entre los árboles. Yo sabía que ella era especial y siempre supe que lo único que nos unía era mi madre, con la cual siempre estábamos felices.
    Recuerdo que cuando le preguntaba a mi madre por qué Helen se comportaba de forma tan extraña, ella sonreía y me susurraba al oído “tú también tienes la misma luz que ella, algún día lo sabrás”. Nunca supe a que se refería, y me arrepentí mucho de no haberle preguntado, pero al fin y al cabo, era tan solo un niño.

    Un año, simplemente dejamos de veranear en Silent Hill. No recuerdo qué pasó ni por qué nunca volvimos. Mi madre parecía no darle importancia pero mi hermana siempre tuvo una obsesión enfermiza con ese pueblo. Solía nombrarlo con insistencia e incluso recriminaba a mi madre el huir de él.

    Años más tarde, Helen comenzó a distanciarse de nosotros. Por aquella época yo estudiaba en un internado y no pude ver que pasó entre ella y mi madre durante los últimos meses de su vida, pero por las llamadas de mi madre me di cuenta de que no era nada agradable. Poco tiempo después de dejar de veranear en Silent Hill, contrajo un cáncer de estómago que corrompió su cuerpo lentamente. Mi madre era una mujer valiente y aún joven cuando enfermó, así que el cáncer tardó mucho en llevársela a un mundo mejor.

    Pero una noche, Helen me llamó. “Mamá ha muerto” dijo escuetamente. Luego añadió “Tienes que venir al entierro”. La noticia, aunque dolorosamente descrita, no me sorprendió. La última vez que había visto a mi madre, dos meses atrás, apenas podía reconocerla. Habría adelgazado unos veinte kilos y comía a duras penas. En aquella ocasión, ella, probablemente previsora de su destino final, me abrazó fuertemente y me besó con todo el cariño que su marchito cuerpo podía ofrecer. Y me volvió a susurrar al oído “Anthony, no dejes que tu luz te desvíe del camino como a tu hermana. No es a mí a quien debes ayudar sino a ella, cuando llegue el momento”. Le pregunté si Helen se encontraba en algún problema y ella me contestó que ya lo entendería. Esa última noche la pasé con ella, en su cama, a pesar de que ya tenía diecisiete años. Es extraño, pero no recuerdo otra noche que haya pasado tan seguro como aquella. Por eso, cuando mi hermana me contó el esperado final, casi no me entristecí. Ya hacía muchos años que mi madre estaba sufriendo y ella deseaba morir de hecho.

    Tras el entierro, mi hermana me pidió ayuda para mudarse de nuestra vieja casa a un pequeño apartamento en Ashfield . Yo, por mi parte, terminé mi educación rápidamente y me trasladé a mi antiguo hogar, lleno de recuerdos añorables. El tiempo pasó y tanto Helen como yo emprendimos vidas distintas y poco a poco dejamos de comunicarnos. Supe por algunas llamadas telefónicas esporádicas que había encontrado un buen trabajo de asistenta sanitaria en un hospital cercano y que se encontraba bien.

    Una tarde, años después de la muerte de mi madre, me llamó una mujer que aseguraba ser la casera de mi hermana. Le aseguré que si tenía algún problema con el alquiler yo pagaría lo que faltara. Pero me quedé helado cuando me dijo que la razón por la que me había llamado era debido a que ya hacía un par de semanas que Helen había desaparecido de su piso, sin dejar rastro. Le dije que a lo mejor se había mudado, y le pregunté si se había llevado sus cosas. En ese momento la casera se puso muy nerviosa y me dijo que viniera tan pronto como me fuera posible, que era urgente. Obviamente, no me lo pensé demasiado y cogí el coche hasta Ashfield.

    Cuando entré en la habitación de mi hermana, con la casera santiguándose al lado mío, no reconocí aquella…guarida. Había visto la habitación cuando ayudé a Helen a mudarse, pero lo que había ahora en su lugar distaba mucho de lo que recordaba. Las paredes, que antes estaban recién pintadas de blanco, ahora estaban casi negras de la suciedad. No parecía que hubieran pasado un par de años sino una veintena. Los muebles estaban carcomidos por dentro y su aspecto exterior era igual de corrupto. El fregadero estaba manchado con una gran marca de sangre, la luz no funcionaba y toda la ropa de mi hermana estaba tirada en el suelo, desperdigada por toda la habitación. El olor era insoportable, putrefacto, como si…. como si hubiera un cadáver cerca. Miré a la casera, asombrado por la visión y le pregunté “¿Cómo dejó que mi Helen viviera en esta situación? ¿Cómo es que no se puso en contacto conmigo antes?” La mujer rompió a llorar, con una mirada aterrada. Le dije que me respondiera y ella contestó “Pero si hace una semana…todo estaba como nuevo…no entiendo cómo ha pasado…no lo entiendo…”. Aunque no me creí lo que dijo, le dije que esperase ahí mientras buscaba algún signo de mi hermana en la habitación.

    No había mucho que ver, a decir verdad, en la salita. Me llamó la atención que la puerta del baño estaba entreabierta y que la única luz que había en la habitación provenía de ahí. Le pregunté a la casera desde dentro que si había entrado ella antes y me dijo que no, así que decidí entrar en el baño. Durante los dos o tres pasos que me hicieron falta para llegar, una extraña melodía entró en mi mente, muy silenciosa primero, para luego ir subiendo poco a poco. Era como un martillo golpeando un hierro o algún metal… extraño pero… ¿familiar? Empujé la puerta del baño y una visión me aterró de arriba abajo. Por un momento, juré haber visto el… ¡el cadáver de mi madre desnuda sobre la bañera….sonriendo! Pero…no, era imposible. La bañera estaba vacía, sucia como si alguien hubiera tirado excrementos encima, pero vacía. Sin embargo... en mi mente quedó esa horrible visión que, no sé cómo, acababa de tener sobre mi madre. Justo cuando pensaba salir del baño, me fijé que sobre la bañera había una pequeña foto. A pesar de que estaba cubierta por verdadera mierda, al recogerla la pude ver claramente: era una foto de nosotros cuando éramos pequeños con mi madre… en el hotel del lago de… Silent Hill. En ese momento la bombilla dejó de emitir luz y se quedó a oscuras.

    La luz…

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  2. #2
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    Capítulo II :

    "Destino: El Pasado"

    ¿Cómo sabemos que nuestro pasado es tal y como lo recordamos? La mayoría de la gente asegura que puede recordar perfectamente cómo sucedieron muchos momentos de su niñez o de su juventud. Sin embargo, no todo el mundo hace un gran esfuerzo en sacar esos recuerdos a la luz.
    Es decir, al principio uno recuerda una situación o experiencia, pudiendo, tal vez sin querer, modificar ese momento de acuerdo con la perspectiva con la que la vivió. Pero al envejecer o al descuidar ese recuerdo, éste se convierte en un recuerdo del recuerdo, con lo que la verdad de aquella experiencia queda aún más lapidada en nuestra mente.

    Aun así, el poder de la mente humana está más allá de cualquier explicación, y en situaciones críticas, podemos romper con las barreras, a veces protectoras, que nosotros mismos hemos impuesto a ciertos recuerdos, posiblemente por el riesgo de provocar un shock que pueda desequilibrar nuestras facultades.

    El único requisito que se necesita es que una nueva experiencia traumática estimule esos recuerdos nuevamente.

    Y las consecuencias pueden ser imprevisibles.

    Silent Hill. Al contemplarla mientras me iba acercando con el coche me invadió un cierto desasosiego. No en vano, aparte de no haberla visto en varios años, era la primera vez que iba completamente solo. Iba anocheciendo, y al acercarme lo suficiente a las afueras de la ciudad, calculé que se me estaba acabando la gasolina que me quedaba en la reserva. En principio no me preocupé, a pesar de la incipiente niebla que comenzaba a rodear mi viejo Golf, ya que sabía que había una gasolinera a pocas curvas. Disfruté mientras tanto del hermoso paisaje que el lago me ofrecía, e incluso llegué a despistarme por unos momentos.
    En ese momento, oí el ruido de un coche derrapando a toda velocidad justo detrás de mí. ¡Venía a toda velocidad por la carretera, de una forma tan atolondrada que parecía que estaba zigzagueando! Apenas tuve tiempo de apartarme lo suficiente para que no me arrollara. Durante el breve instante, antes de que mi coche cayera colina abajo hacia el bosque que rodeaba la carretera, pude ver la cara del hombre que conducía el otro vehículo. Lloraba.
    Su coche se salió por la curva rompiendo la barrera de protección y se perdió en la inmensidad del lago. Y yo en la del bosque.

    No sé cuántas vueltas de campana dio mi coche antes de que perdiera el conocimiento. Lo que sí no he olvidado fue lo que soñé mientras estaba inconsciente. Aunque… ¿cómo saber si era un sueño o simplemente… un recuerdo?

    Una noche de verano me despertaron unos sollozos. Eran irregulares e incluso, desesperados, casi agonizantes. El ruido provenía del cuarto de mi hermana, la habitación 312 del hotel del lago. Me levanté y salí de la habitación, descalzo y muy silenciosamente, para que mi madre no se despertara. El pasillo estaba oscuro y emanaba un frío innatural, que helaba los huesos por dentro. Siempre he jurado que aquella noche, entre las tinieblas y sombras que llevaban a la escalera, vi algo removerse hacia el segundo piso. A pesar de estar casi petrificado por mi miedo a la oscuridad, los sollozos que surgían de la habitación de mi hermana, con mucha más fuerza a cada momento, me hicieron dar unos tímidos pasos hacia la penumbra que envolvía la puerta 312. Muy nervioso, agarré el mango de la puerta y giré el manillar, lentamente, poco a poco, despacio. En mis más tórridos sueños sigo reviviendo ese momento, cada noche diciéndome a mi mismo que no abra la puerta, que me vuelva a la cama, que vuelva con mi madre. Pero cada noche, al igual que cuando era niño, una curiosidad morbosa, y tal vez algo más, me hizo horrorizarme al ver, en la cama de mi hermana, el cuerpo de una mujer joven, mal envuelto en gasas y medio putrefacto, que suspendía y agitaba sus brazos en el aire en agonía hacia mí. Era ella la que gemía y sollozaba, y fue en ese momento cuando me percaté que esos sollozos eran apagados porque ¡toda su cabeza estaba envuelta en esas sanguinolentas gasas! Un ruido ensordecedor, histérico y repetitivo, como un martillo golpeando un hierro, se introdujo en mi cabeza, volviéndome loco, atravesando mi cuerpo…pero pude manejar mi terror antes de perder la razón, y tras cerrar la puerta, volví, casi arrastrándome, hasta mi habitación. Dentro, en un rincón, acurrucada y temblando, como yo, mi hermana tenía los ojos muy abiertos. Me miró y me dijo: “No tenías que haber ido… ¡no tenías que ir! No debiste ayudarla… ¡ahora también irá a por ti!”.

    Una sensación horriblemente incómoda se adueñó de mí. Era como si mi propio cuerpo me estuviera diciendo que despertase ya, como si…estuviera en peligro. Poco a poco, fui recobrando el sentido y conseguí abrir los ojos. Era de noche cerrada, no sabía la hora, pero estaba seguro de que había dormido bastante. El bosque pintaba realmente tétrico y solitario a aquellas horas, y lo raro es que ni siquiera se oía a ningún animal o insecto. Lo que si bañaba a aquel mar de altos pinos oscuros era una densa niebla que me impedía ver más allá de un par de metros. En definitiva, no creí que fuera buena idea estar en aquel sitio durante mucho más tiempo. Tal vez el coche aún pudiera arrancar si… ¿dónde estaba mi coche? Me volví asaltado por un impulso interno, completamente exaltado. Aquí no está, ¿dónde entonces? ¿Dónde estaba mi coche? Me puse en pie aún con un poco de dificultad y comencé a dar algunas vueltas alrededor de donde estaba. No podía ser. No podía haber salido despedido del coche tan lejos sin estar en una situación mucho peor. Y el coche ¡no podía haberse desvanecido! Miré hacia lo alto de la colina por la que había bajado tratando de ver alguna luz, ya fuera de mi Golf o de la carretera, pero mi vista no pudo superar la inmensidad gris de la niebla.

    Bueno pensé, ahora solo tengo dos opciones: o subir esta colina hasta la carretera o intentar llegar a la ciudad atravesando el bosque. La primera opción, lógicamente, fue mi elección. Sin embargo, al intentar encaramarme a la colina y dar los primeros pasos hacia arriba, descubrí que esa opción era casi imposible de realizar. La cantidad de musgo y la inclinación de la colina hacían de la subida una aventura poco menos que inalcanzable.
    Pensé en el conductor suicida, y en que por su culpa estaba ahora en esta situación. Pero más que culparle por mis desdichas, lo que en mi mente había quedado impreso era aquella expresión en su cara salpicada por las lágrimas. Una expresión del dolor más agudo y mortífero que un ser humano puede experimentar. Un dolor tan inmenso que pudo llevar al suicidio. ¿Qué podría haberle sucedido a aquel hombre para llegar a tal extremo? Miré a mi alrededor, y me fijé que, clavada en el tronco de un árbol cercano, había un hacha de leñador. ¿Qué haría ahí abandonada?
    Cógela me dijo alguien en mi interior.

    El ruido de unos pasos irregulares lejanos que parecían acercarse interrumpió el perturbador silencio del bosque. Arranqué el hacha del tronco y caminé, caminé hacia delante, adentrándome en la niebla.

    Definitivamente, estaba perdido en el bosque que rodeaba a Silent Hill. Pero no estaba sólo.

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    Capítulo III :

    "La Maldición Parker"


    El silencio era espectral en el bosque. Cuanto más me internaba, más difícil era vislumbrar lo que había delante de mí. Los inmensos pinos no dejaban pasar la luz de la luna, y los pocos rayos que conseguían sortear la barrera vegetal eran absorbidos por la niebla gris. Pero lo peor era el silencio… siniestro, frío y tenebroso.
    Aunque no era tangible, me rodeaba, acechando, echándose encima de mi cuerpo, cada vez más cerca de mi cuello, recordándome que “no estás solo nunca”. Al principio llevaba el hacha recogida con mis dos manos, en tensión, pero después de caminar durante horas por el bosque, ya solo tenía fuerzas para llevarla arrastrando.
    Seguía caminando, casi por instinto. La pierna izquierda comenzó a producirme calambres y a dolerme de forma creciente. El accidente, al fin y al cabo, si que había pasado factura. Necesitaba encontrar ayuda antes de que se pusiera peor. Con esa intención, aunque sin muchas esperanzas, seguí adelante, sin saber muy bien hacia donde me estaban llevando mis piernas. De repente, oí un chasquido. Me quedé helado. Un estruendoso disparo rompió finalmente el desesperante silencio. El enorme impacto atravesó el tronco de un pino a pocos centímetros de mí. Lo más lógico hubiera sido correr… pero mis piernas no respondían. El calambre de la izquierda se había convertido en parálisis total por el sobresalto. Mi invisible cazador recargó su arma rápidamente con la intención de reparar su fallo previo. Sin embargo, antes de volver a disparar, gritó desde la oscuridad:
    - ¡¿Quién está ahí?!
    La niebla, misteriosamente, se disipó lo justo para dejarme ver una pequeña cabaña y al hombre que me había disparado desde su porche. Él también pudo verme, porque bajó su arma.
    - ¿Qué demonios haces aquí, chico? – me volvió a gritar. - ¡Deja ese hacha en el suelo y acércate!
    Aún perturbado, solté el hacha, que cayó pesadamente al suelo, y me acerqué lentamente hacia la cabaña. A medida que me acercaba, más claramente podía contemplar a mi interlocutor. Era un hombre de mediana edad, tirando a los cincuenta probablemente, con una abundante barba gris y una amenazante escopeta recortada en su mano derecha. Se encontraba de pie, en su viejo porche, inundado en parte por el mismo bosque. Su mirada era dura y se encontraba muy tenso.
    - Lo… lo siento. No pretendía acercarme a su casa – conseguí tartamudear – Me… he perdido, creo.
    Su ceño seguía fruncido. No parecía fiarse de mí.
    - ¿Te has perdido? ¿Y que pretendías hacer en este bosque? – me preguntó.
    - En realidad… he sufrido un accidente. Mi coche se salió de la carretera y cayó colina abajo hace un par de horas.
    Se giró mientras me decía:
    - Deberías irte, chico. Este bosque no es seguro desde hace… mucho tiempo.
    - ¡Espere! Necesito su ayuda, ¡por favor! ¿Sabe cómo llegar a Silen…
    El misterioso hombre me interrumpió antes de acabar.
    - Hay un camino de tierra a pocos metros de aquí. Sigue esa dirección. – dijo señalando hacia la derecha con su arma.
    Miré hacia el lugar, pero la niebla no me dejaba atisbar el camino.
    - ¿Está seguro? – pregunté.
    El hombre se volvió a girar, indignado.
    - ¡Pues claro que sí, muchacho! ¡Llevo viviendo en este bosque más de diez años!
    Me disculpé y su rostro duro se relajó un poco. Me pregunté quién sería y por qué vivía en un lugar tan aislado de todo. Cuando iba a despedirme, me volvió a interrumpir:
    - Me llamo Parker. Robert Parker. Soy el guardabosque. Por eso te digo que el camino está ahí. Lo suelo… lo solía usar con frecuencia… antes. – su rostro volvió a oscurecerse.
    - ¿Ahora ya no va a la ciudad, quiere decir?
    Su mirada se clavó en mis ojos.
    - No me atrevo, chico. No me atrevo – dijo con voz insegura.
    Su respuesta me sorprendió. Aunque no sabía si sería buena idea, debido a su estado, decidí seguir preguntándole sobre el tema.
    - ¿Por qué… no se atreve?
    - Sal de este lugar. Sal rápido ¡No deberías estar aquí! ¡Esto es solo entre él y yo!
    - ¿E… él? ¿De qué está hablando?
    Agarró el mango con las dos manos y se comenzó a golpear con la cabeza de la escopeta en la frente con los ojos cerrados. Daba la impresión de que ese hombre no estaba en su sano juicio y tal vez lo más lúcido que había dicho era que saliera de ahí. Antes de poder moverme, sin embargo, volvió a abrir los ojos y me cogió del brazo.
    - ¡La bestia, chico! ¡Hablo de la bestia! ¡Esto es entre él y yo!
    -¿La be…bestia? – pregunté intentando soltarme. El nerviosismo del guardabosque aumentaba por segundos. Su respiración fue aumentando hasta convertirse en un resoplido constante y su brazo me agitaba mientras me hablaba de la “bestia”.
    - ¡Mató… a mi familia! ¡Mi… mujer…! ¡Mi hija! ¡Muertas! ¡Estaban muertas! ¡La bestia las descuartizó! ¡En el camino! ¡Ahí estaban cuando regresé de la ciudad!
    - ¡Suélteme! – grité.
    Haciendo un gran esfuerzo conseguí soltarme de su fuerte brazo. Su cara, poco a poco, volvió a recuperar su expresión anterior.
    - Perdona… perdona. Hace tiempo que nadie venía por… aquí. No estoy acostumbrado a hablar con gente – se sentó, en una pequeña silla de madera cercana, apoyándose en su escopeta, derrumbado – Sin embargo, debes irte rápido. “Él” vendrá, y… pronto. Ahora sabe que estás aquí y no te dejará ir…como a mí. Corre, chico. Sal de aquí, anda.
    Aun sin terminar de creerme el cuento de Parker, fui condescendiente y le dije:
    - ¿Por qué no escapa también? No hay nada aquí ya para usted.
    - No… no puedo. Debo cazarla. No podré descansar hasta que no lo haga. Ahora vete, y... un consejo.
    - ¿Qué? – pregunté.
    - Coge tu hacha, irás más seguro con ella. Y escúchame – dijo volviendo a fijar su mirada en mí – solo sabrás que viene la bestia cuando la niebla ya no te deje ver nada más, cuando estés ciego en el bosque. Es entonces cuando ataca, se aprovecha de tu debilidad…y si eso ocurre… no lo contarás, chico.
    - Sé cuidar de mí mismo, pero gracias. – respondí.
    Tras esto, me despedí y recogí el hacha que había tirado al encontrarme con Parker. Me alejé del lugar no sin cierto desasosiego. A decir verdad, no creí al misterioso guardabosque con aquella historia de la bestia. “Serán lobos o algo así. No creo que por esta zona sean tan raros”…
    “¿Y por qué llevas ese hacha entonces, Anthony?”

    Tras avanzar unos metros, conseguí divisar el camino del que hablaba Parker. Parecía que por fin iba a salir de aquel desolado lugar. Era un rudimentario sendero de tierra, que seguía recto hasta donde la niebla dejaba ver, que no era mucho. Y cuando ya empezaba a tranquilizarme… un mal paso me hizo tropezar con una raíz de tronco que salía de la tierra. El golpe contra el suelo fue seco y duro. Por muy poco el hacha no acabó hundida en mi pecho, además. El silencio de la noche se hizo aún más tenso. En… en mi cabeza, volví a oír, como en mi sueño, el desesperante ruido de varios martillos golpeando un metal, de forma repetitiva, y un punzante dolor de cabeza se adueñó de mí. ¿Qué me está pasando? ¿Qué es todo esto? Mientras sufría de manera indescriptible, levanté la mirada y en frente vi dos cadáveres de mujer tan mutilados que apenas podían reconocerse.
    ¡Dios santo! ¡Parker estaba diciendo la verdad! ¡Su mujer y su hija fueron descuartizadas por…por la bestia! El infernal ruido en mi cabeza fue creciendo aún más, obligándome a cerrar los ojos. “Tengo que correr. Tengo que huir. Antes de que aparezca, sea lo que sea, lo que ha destrozado de esa manera a estas mujeres”, me decía a mí mismo. “Él vendrá, y… pronto. Ahora sabe que estás aquí y no te dejará ir…” había dicho el guardabosque. Abrí los ojos de nuevo y delante de mí ya no estaban los cadáveres. ¡La niebla los había tapado! ¡Se había vuelto tan densa que ni siquiera podía ver bien mis manos! ¡Era como Parker lo había descrito! Entonces oí, como una melodía funesta, terriblemente cerca, el galope de una criatura a toda velocidad. Me levanté, a pesar del horrible estruendo dentro de mi cabeza y cogí el hacha con mis dos manos. Un gruñido sobrenatural y gutural se oyó justo detrás de mí. Me giré y… ¡Oh, dios mío! ¡La bestia… la bestia venía corriendo hacia mí a pocos metros a una velocidad pasmosa! ¡Eso no era un lobo, ni… ni siquiera era un animal! Su cuerpo era más grande que el mío pero no era piel o pelo lo que lo cubría, era una masa sanguinolenta de nervios, cartílagos y músculos y en vez de dientes o colmillos tenía cuatro enormes hileras de afiladas cuchillas. ¡Era una visión infernal!
    La bestia saltó con el objetivo de engullir mi cabeza de un solo mordisco, mientras emitía un gruñido que más parecía el grito desgarrado de un loco. En un acto reflejo, me aparté de su trayectoria, pero con una agilidad increíble se giró sobre sí misma al aterrizar y alcanzó con sus hileras mi pierna izquierda. El dolor fue tan insoportable que casi caí desmayado. Sabía que era cuestión de segundos antes de que me desgarrase la pierna y me la arrancara de cuajo. Levanté mi hacha y la dejé caer con todas mis fuerzas sobre su cuello. La bestia apenas pudo reaccionar mientras el filo del hacha se hundía sobre su yugular. Un último bramido agudo fue su último suspiro.
    Me derrumbé, muerto de dolor. Mi pierna sangraba a borbotones, pero sus hileras de dientes no habían alcanzado el hueso al menos. Al volver a mirar la bestia para asegurarme de que estaba muerta…ya no estaba ahí. En su lugar, a mi lado, reposaba el cuerpo del guardabosque Parker, con mi hacha clavada en su cuello, y su escopeta tirada junto a él.
    Robert Parker y la bestia eran la misma “cosa”. Los cadáveres de su mujer y su hija ya no yacían descuartizados sino atravesados por cartuchos de escopeta. Él era la bestia que había asesinado a su propia familia en las profundidades del bosque de Silent Hill y en su retorcida mente había creado el mito de la bestia, solo pudiendo expiarse si la encontraba y la mataba, algo, claro está, que nunca hubiera sucedido. Parker vivía en una pesadilla que nunca hubiera acabado de no haber muerto. Tal vez por eso, al verme, no me mató. Tal vez, fue por eso que me habló de la bestia y de que llevara el hacha. Tal vez Parker quería redimirse de una vez por sus terribles asesinatos.
    Esas fueron mis últimas divagaciones, mientras recogía su escopeta y caminaba por el sendero de tierra. Al vislumbrar Silent Hill, a lo lejos, caí, irremediablemente, inconsciente o quién sabe, muerto.
    En mis pesadillas vi a un demonio rojo que me observaba desde los pinos, moviendo histéricamente su cabeza.

    “Helen… Helen… ¿dónde estás…?”

    “Estoy en Silent Hill.”

    “Entonces no puedo morir…aún.”

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    Capítulo IV :

    "En la Tercera Planta, Esperándote"

    La frente me dolía. Me la toqué con la mano, apretándola fuerte, intentando que se disipara un poco el malestar. A pesar de tener los ojos cerrados, percibí una gran claridad en el lugar en el que me encontraba. Me revolví en mi lecho, intentando rehuir la perturbante luz.
    “¿Estás bien?”
    Abrí los ojos, pero solo podía ver el bosque. Oscuro y tenebroso. Melancólico y, a la vez, mortal. Veía los enormes pinos abalanzándose sobre mí, cubiertos de sangre.
    “¿Puedes oírme?”
    Y la bestia estaba ahí. En su enorme y babeante boca masticaba los cuerpos de una mujer y una niña, triturando sus huesos con cada mordisco atroz. Sus penetrantes ojos me inundaban, me hacían retroceder despavorido. Mientras, el bosque ya no era el bosque. Se iba transformando en un largo pasillo, corrompido por los años y putrefacto. La bestia ya no estaba, pero del silencio más sepulcral surgió un chirriante ruido metálico…
    “¡Abre los ojos, estás teniendo una pesadilla!”
    ¿Una pesadilla? Pero si estaba despierto…
    Poco a poco, el pasillo desapareció y fue dejando paso a la claridad de la mañana. Bueno, más bien dicho, a la claridad “innatural” de la niebla. Me encontraba en una suave y cómoda cama, en una habitación agradable pero… triste. Este sitio… me era familiar. ¿Pero que hacía ahí?
    Ante mí había una muchacha, más o menos de mi edad, mirándome entre extrañada y sorprendida, cerca de una silla. Tenía el cabello corto, a la altura del cuello, y unos suaves ojos azules. Llevaba una rebeca verde y debajo una camisa de asillas naranja, lo que resaltaba la blancura de su piel.
    - ¿Do… dónde estoy? – le pregunté.
    La chica apartó un mechón de pelo castaño de la cara mientras se volvía a sentar.
    - Vaya, parece que te has despertado al fin.
    - ¿Cómo está…? – me atreví a preguntar.
    La joven se extrañó aún más.
    - ¿A qué te refieres? ¿Cómo está el qué? – dijo mirándome de arriba a abajo.
    - Mi pierna… ¿qué pinta tiene? – insistí, temeroso. No notaba ningún dolor, y esperaba que eso no significara lo peor.
    Se volvió a levantar y apartó la manta. Cerré los ojos para no ver el estado de mi pierna izquierda.
    - Pues está perfecta, creo yo. Lo que sí que parece es que sufriste un pequeño desmayo en tu coche. – me comentó.
    - ¿Mi… mi coche? ¡Pero si…! Si tuve un accidente... ¡mi coche se perdió en el bosque!
    - Hm. Me parece que te has dado en la cabeza. Ahí, en tu coche, es donde te encontré esta mañana.
    Simplemente, ya no podía creer lo que oía. ¿Quería eso decir que… ni el bosque, ni Parker, ni siquiera mi accidente, o el tipo que se lanzó al lago…habían sido reales? Miré mi pierna y comprobé que era verdad lo que decía. No le pasaba absolutamente nada. ¿Todo había sido un sueño, una pesadilla, o quizás… este pueblo, yo mismo, me estaba volviendo loco?
    - Esto es muy extraño… - dije mientras me llevaba las manos a la cara, confuso – creo que he tenido…alucinaciones.
    La chica me miró en silencio. Tras unos segundos incómodos, añadió:
    - Hotel del Lago.
    - ¿Qué? – pregunté.
    - Digo que estás en el Hotel del Lago, en Silent Hill. Me lo preguntaste antes. Tu coche está abajo, cerca de aquí.
    - Ah… gracias – contesté - ¿Eres la propietaria del hotel o…?
    La muchacha me interrumpió, negando con la cabeza mientras caminaba hacia la ventana.
    - No, no, no. Qué va. Me llamo Rachel. Aquí no he encontrado a nadie. Esto está abandonado, o por lo menos, eso parece. Es muy, muy raro, supongo – dijo mirando a través de la ventana. Se giró y me miró - ¿Y tú, cómo te llamas?
    - Anthony – respondí.
    - ¡Vaya! – dijo la chica sorprendida – Tu nombre…
    - ¿Qué pasa?
    - Oh, no. Nada. Solo me resultaste conocido. Por cierto, – se detuvo, mirándome de forma interrogante - ¿qué has venido a hacer a Silent Hill?
    Buena pregunta. Ni siquiera sabía con certeza si Helen estaba aquí. Tan solo había visto aquella foto…pero juraría que había escuchado su voz en el bosque, si es que alguna vez había estado en ese lugar.
    - He venido a… buscar a alguien, con quien debería encontrarme aquí. – respondí, diciendo una de esas verdades a medias.
    Sus bonitos ojos azules me miraron con interés, como si hubiese percatado que había algo más tras lo que había dicho. Volvió a preguntarme sobre el tema cuando un terrible sonido cortó nuestra conversación. Un ruido grave, cansino pero intenso, sonó a lo lejos, como si un par de pisos por encima nuestro “alguien” hubiese gritado. Rachel me miró, sin decir ni una palabra, aunque ciertamente incómoda.
    - ¿Qué ha sido eso? Ha sonado como un grito… - reaccioné.
    Rachel seguía quieta, sin responder. Finalmente dijo:
    - Creo…creo que debería irme. Es más, no debería haberme quedado contigo. Lo siento mucho – sentenció mientras se dirigía a la puerta.
    - ¡Espera! ¡No te vayas…! ¿Has visto a…? – le rogué.
    Abrió la puerta con la intención de irse. Antes de hacerlo, no obstante, me respondió:
    - Lo siento de veras… no la he visto. Ten mucho cuidado, por favor Anthony.
    Y cerró la puerta. Al salir, con las prisas, se le cayó una pequeña radio de bolsillo. Otro sonido como el de hacía unos instantes retumbó en el edificio. En esta ocasión, tal vez…un poco más cerca.
    “Espera”, me dije. “Ha dicho ‘no la he visto’. ¿Cómo sabía que estoy buscando a una mujer si no le he dicho nada?”
    Me quedé pensando en qué haría una chica como ella en el hotel si, de verdad, no quedaba nadie. Me levanté, pero casi caigo al tropezar con algo duro que estaba a los pies de la cama.
    No me sorprendió ver la escopeta de Parker ahí, tumbada a mi lado. Algo me decía que vería cosas mucho más inexplicables en adelante…
    Cogí la escopeta y observé que tenía dos cartuchos. “Esta vez, estaré preparado” pensé. Antes de salir, observé que la radio estaba encendida y emitía un ruido extraño. “Son parásitos” me dije. La recogí y me la guardé en el bolsillo. Tal vez pudiera servirme para algo más tarde.
    Abrí la misma puerta por la que Rachel había salido. El mismo pasillo infernal de mis sueños apareció ante mis ojos. Aunque la chica había desaparecido, algo se acercaba hacia donde estaba. Tampoco era lo que había gritado antes, era más… pequeño.
    De las sombras, lentamente, un pequeño cuerpo fue apareciendo, de la altura de un niño de unos 6 ó 7 años. Pero “aquello” no podía ser un niño. Venía casi arrastrándose sobre sus piernas, de forma descompasada, renqueante.
    “¿Quién eres?” le grité. No hubo respuesta.
    Al salir completamente de las sombras pude ver que portaba un enorme cuchillo en su mano. ¡Y su cara… desfigurada por el horror… estaba casi chamuscada por completo! Intenté ahuyentarle tirándole la radio, cuyos parásitos sonaban a máximo volumen, pero apenas distrajo su trayectoria asesina hacia donde estaba. Retrocedí, hasta llegar a tocar la pared con mi espalda. “¡No puedo escapar!”. Solo me quedaba una solución, hacer frente al “ser”. Alcé mi escopeta y apunté. “No tengo más que dos tiros, pero debería ser más que suficiente con un cartucho”. Mis esperanzas se convirtieron en desesperación al ver que detrás del primer ser aparecía otro, casi calcado al primero. Este segundo ser no llevaba un cuchillo en su mano, como el primero, sino que ¡su mano había sido cortada y le habían implantado una vieja hoja oxidada! ¿De dónde habían salido aquellos seres de pesadilla? ¿Qué demonios pasaba en Silent Hill?
    El primer ser lanzó una estocada que casi rozó mi pierna. Dirigí la escopeta a su cabeza y disparé. Su cabeza saltó por lo aires, derramando sus podridos sesos por todo el pasillo. El otro ser no se inmutó y continuó avanzando hacia mí, igual de amenazante. Levanté de nuevo la escopeta. “Ahí va mi último cartucho”. Apreté el gatillo y la bala le acertó en el pecho. Su cuerpo cayó al suelo redondo.
    Me acerqué a observar al primer ser, que estaba bañado en un charco de sangre roja. Al mirarlo más de cerca, vi que aquello había sido en verdad alguna vez… un niño. Pero alguien le había quemado y golpeado con saña. Aun así, eso no explicaba que pudiese andar y que además me hubiera intentado matar. Fui a recoger la radio y entonces me percaté que seguía emitiendo aquel pesado parásito. Intenté cambiando la frecuencia y busqué por otros canales, pero lo único que sonaba eran los parásitos. De repente, algo me cogió de la pierna. Me giré, y horrorizado observé cómo el otro ser había llegado hasta mí arrastrándose por el suelo. Antes de que pudiera rajarme con su oxidada hoja levanté mi pierna y le propiné un golpe en la cabeza con todas mis fuerzas. Oí cómo algo se rompía en su cráneo y se quedó totalmente quieto. Mientras me recuperaba del susto, me di cuenta de que la radio ya no emitía ningún parásito. ¿Tendrían algo que ver, la frecuencia de las ondas con los monstruos? Decidí conservarla, ya que se había mostrado útil en aquella ocasión. “Y ahora, ¿dónde estoy exactamente?” pensé.
    Avancé por el silencioso pasillo lentamente. Iba observando cada detalle, recordando. Yo había estado en este hotel antes, de alguna forma. Llegué hasta una escalera y me percaté de que estaba en el primer piso al mirar hacia abajo. No había ni rastro de Rachel… Al mirar hacia arriba, un ligero dolor de cabeza, como el que había padecido en el bosque antes de encontrarme con la bestia, me asaltó.
    “Hay algo…diabólico arriba. Mucho más siniestro que estos monstruos. Algo terrible… lo puedo sentir, no sé cómo, pero lo puedo percibir”.
    De repente, un chillón teléfono sonó en la planta baja. Me asomé y pude verlo en la recepción. ¿Un teléfono sonando en un hotel donde no queda… nadie?
    “Nadie menos tú, Anthony”. Bajé las escaleras, no sin cierto recelo y mirando por cada esquina. Me planté delante de la recepción y levanté el auricular. Los parásitos se oían a través de la línea, dificultando el sonido, pero reconocí aquella voz al instante.

    - ¡Anthony! ¿Por qué has venido? - dijo mi hermana.
    - ¡Helen! ¿Dónde estás? ¿Estás aquí, en Silent Hill? – le grité.
    - No deberías haber venido…no… deb… van… ¡tú también… la casa… esperanza!
    Apenas podía entender lo que decía, los parásitos se hacían cada vez más fuertes y las interferencias crecían a igual ritmo.
    - ¿Qué has dicho? ¡Helen! ¡Dime dónde estás! ¡Rápido!
    Las interferencias pararon, de repente, dejando paso a una lenta y pesada respiración. Era lo único que se oía por el aparato.
    - ¿Hola? ¿Helen? ¿Eres tú? – pregunté.
    Una horrible risa, que se clavó en mi mente como un dardo envenenado, sonó como un estruendo por el auricular.
    - ……………….. ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!.................
    - ¡¿Quién está ahí?! – exclamé.
    - ……….. ¡Siempre! ¡Siempre fuiste un muchacho desobediente! ¡DESOBEDIENTE! Pero, gracias a Dios, DIOS, por fin recibirás tu castigo, niño desobediente. ¿Creías que Dios te dejaría ir sin más? ¡Me ha enviado a MÍ para castigarte! ¡Ya es hora de que asumas tus responsabilidades, MUCHACHITO!...........
    De nuevo el dolor comenzó a invadir mi cabeza. Las paredes empezaron a cambiar, estaban… ¿estaban manchadas de sangre? Todo el hotel, incluso la recepción, las plantas, ¡todo! Estaba todo podrido, putrefacto. La realidad se distorsionaba ante mis ojos, cambiando completamente lo que veía.
    - ¿Quién es el que habla? ¡Responda! – grité de nuevo, mientras me cogía la frente con la otra mano.
    - ………….. ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja! Si de verdad quieres saber quién soy… no te preocupes porque… estoy aquí, muchachito. Estoy en este hotel… ¡y te estoy VIENDO!.............
    Las interferencias volvieron a cortar la conversación. Lo último que aquella diabólica persona dijo fue:
    -………… en la TERCERA PLANTA…………

    Un gran ruido se oyó en alguno de los pisos superiores. Alguien había abierto una puerta de golpe.
    No sabía que estaba pasando, pero ya era hora de enfrentarme a mi pasado… y quizás a mi destino. Helen estaba en Silent Hill y puede que no estuviera a salvo. Sus últimas palabras fueron relacionadas con una casa… y con la esperanza. ¿A que se referiría? Algo en mi mente me dijo que esa “casa” tenía algo que ver con nosotros y que tras enfrentarme a mis miedos en la tercera planta, ése debería ser mi siguiente objetivo.
    El hotel del Lago, mientras yo cavilaba, se cernía sobre mí, sangrante y “alternativo”. En la tercera planta alguien me esperaba.

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    Capítulo V :

    "El Espejo"

    En el hotel del lago, la realidad se acababa de transformar en pesadilla. De las paredes chorreaba sangre, una sangre tan real que me salpicaba en la chaqueta y en los pantalones. Colgadas del techo…en unas celdas de hierro, unas formas envueltas en sábanas ardían bajo un fuego que nunca se apagaba. Trozos de vísceras, irreconocibles por su estado, llenaban el suelo de madera.
    Y arriba, a lo lejos, en la tercera planta, se seguían oyendo ruidos. Al principio había pensado que se trataba de una puerta al golpear con la pared, pero ahora, el ruido era más parecido al golpear a “alguien” contra una pared.
    Horrorizado ante la visión del hotel, al recular unos pasos, resbalé con un charco de sangre y caí al suelo, golpeándome la espalda contra la mesa de la recepción. Un papel, suavemente, cayó de la mesa, sobre mi regazo. Era una nota de alguien que se había hospedado en el hotel, años atrás:



    “A pesar de que me he quedado en la tercera planta, decidí dejar mis recuerdos en otro sitio. La habitación 202 me pareció un buen sitio. Las vistas son casi tan buenas como en mi habitación y estoy segura de que nadie los encontrará ahí.”

    Aquella letra…me era conocida. ¿De quién?

    Me levanté y la radio comenzó a emitir unos leves parásitos de nuevo. Miré a mi alrededor pero no pude ver nada, excepto aquella recepción sacada de una película de terror. No me quedaban cartuchos, así que no tuve más remedio que sacar mi pequeña navaja de mano. Si aparecía algún otro de aquellos seres horrendos, no me quedaría otra opción que usarla, a pesar de que corría el riesgo de acercarme demasiado a ellos. Intenté abrir la puerta para escapar del lugar, pero por mucho que me esforzase, ésta permanecía silenciosa y sombría, absolutamente inamovible. Las ventanas habían desaparecido con el espantoso cambio del hotel así que mi única opción era la de quedarme en el interior del edificio. Quizás lo mejor sería enfrentarme, finalmente, a lo que quiera que me estuviera esperando en la tercera planta.
    Me encaminé de nuevo a la escalera. Los parásitos subían poco a poco de volumen a medida que ascendía. Me paré en la primera planta y miré hacia el corredor de nuevo. Tras escudriñar la oscuridad pude ver que algo había cambiado. Caminé hacia delante, casi sin saber porqué, en trance. La oscuridad fue apartándose para mostrarme que el corredor había desaparecido. Ante mis ojos, apareció un niño. Su cara era triste… no, triste no era la palabra, estaba aterrorizado. Se encontraba en un largo pasillo, como yo, pero eso no era el hotel. Era otro sitio más siniestro aún. De las tinieblas, una luz comenzó a acercarse a él. El niño comenzó a llorar intensamente. Intenté acercarme a él, pero no pude, ya que me topé contra un cristal. ¿Un cristal? No, aquello era ¡un espejo! Al darme cuenta, también caí en que aquel niño que estaba viendo era…yo mismo. La luz fue acercándose cada vez más a él hasta que le engulló y la imagen desapareció tras una niebla profundamente blanca. Sin embargo… me pareció distinguir una forma. Acerqué mi cabeza hacia el espejo, mientras intentaba atisbar lo que había más allá. En ese momento, un horrible monstruo salió de la niebla golpeándose contra el otro lado del espejo. El impacto fue tal, que incluso yo me tiré hacia atrás pensando que atravesaría el cristal y se echaría sobre mí.

    La horrible criatura estiraba sus brazos y se revolvía, desesperada, intentando agarrarme, a pesar de no poder atravesar el espejo. Tenía la forma de un hombre adulto, pero sus movimientos indicaban que solía arrastrarse más que caminar sobre sus dos piernas. Su cabeza era un amasijo de carne en el que no se podía distinguir ojos, boca o nariz. Lanzaba chillidos agresivos mientras se esforzaba por cruzar aquel cristal.
    Yo, por mi parte, me encontraba a suficiente distancia del espejo, paralizado por lo que veía. De repente, el demonio detuvo sus arrebatos de furia. Los golpes de arriba se habían vuelto más intensos y parecía como si los hubiera oído. Se dio la vuelta y desapareció de nuevo entre la niebla, arrastrándose como un lagarto. La imagen volvió a cambiar y me mostró a mí mismo en el corredor de la primera planta, como un espejo normal y corriente.
    No sabía quién o qué era ese demonio, pero estaba seguro de que nos volveríamos encontrar tarde o temprano, y tal vez para entonces supiera las respuestas que andaba buscando.
    Con el espejo bloqueando el resto de la primera planta, decidí subir, por fin, a la segunda. No obstante, al llegar a la escalera me percaté que todo estaba oscureciendo repentinamente. Saqué de mi bolsillo mi viejo zippo y lo encendí. No es que aportara mucha luz, pero al menos podía ver por donde iba… mientras durara el gas. Aquello no duraría demasiado, así que sería buena idea encontrar otro método para tener luz tan pronto como fuera posible. Mientras, tanto los parásitos como los golpes aumentaban cuanto más me acercaba a la tercera planta.
    La segunda planta era prácticamente un calco de la primera. Un largo pasillo y habitaciones a ambos lados. Me dirigí a la habitación 202, tal y como había leído en la misteriosa nota, la cual estaba cerca de la escalera y abrí la puerta.
    Aparecí en la antigua habitación de mi madre. Cada mueble, cada decorado, cada pintura, cada detalle… ¡todo estaba ahí!
    “No puede ser. ¡Esto es imposible! ¿Cómo ha llegado todo esto aquí?”. Recordé lo que decía la nota: “decidí dejar mis recuerdos en otro sitio”. ¿Aquello fue escrito por mi madre, entonces? ¿Cuándo? Tal vez fue en una de nuestras estancias en Silent Hill, antes de dejar de venir. No podía encontrar una respuesta lógica, o tan siquiera que yo mismo me creyera. ¿Qué quería decir que esta habitación estuviera aquí?
    Me fijé en una pequeña carta sobre la mesilla de noche de mi madre. En el sobre ponía “Para Helen y Anthony, mis queridos niños”.
    Abrí el sobre, temblando, con ese miedo, o quizás ansiedad, de aquél que no quiere saber lo que hay dentro, pero a la vez, no puede evitar saberlo. La carta decía:

    “Mis queridos niños:


    Si leéis esta carta significa que ha llegado el momento de que descubráis el por qué de muchas cosas. Yo solo puedo abriros las puertas hacia esos conocimientos, vosotros mismos debéis descubrir cuál es vuestro destino dentro de este tenebroso plan, que ha sido tejido lentamente. Mi familia ha vivido en Silent Hill durante mucho tiempo, fuimos de los primeros que nos asentamos en la ciudad. Durante años, hemos ocupado los cargos más altos de la ciudad y nuestra influencia sobre sus habitantes siempre fue enorme. Sin embargo, también fuimos culpables de su caída en las tinieblas. Adoptamos las antiguas creencias de la zona, que provenían de un culto anterior al cristianismo y lo financiamos y apoyamos. Nos hicimos seguidores de Samael y de su sello. Su poder no tardó mucho en hacer efecto en la ciudad. Poco a poco, fueron ocurriendo sucesos inexplicables para cualquiera que no estuviera en el culto. Apariciones, muertes misteriosas, abduciones. Todo orquestado con el único fin de volver a traer a Dios al mundo, en un ritual sangriento. Y así, Dahlia quemó a Alessa, su hija, aún viva para conseguirlo. Sin embargo, no tuvo éxito. Una parte de Alessa fue expulsada de sí misma y con esto evitó que el ritual terminara. Desconozco si en el futuro Dahlia logrará repetir el ritual, pero gracias al cielo yo ya no estaré en esta ciudad para averiguarlo. He decidido irme con vosotros y no volver nunca más. Sé que a partir de ahora los poderes de Samael solo irán en aumento y no quiero presenciar esa pesadilla. Me gustaría poder ayudar a la otra gente que vive aquí, pero mucho me temo que nadie me creería.

    Pero ya es hora de hablar de vuestro lugar en este círculo de muerte. Vosotros, mis niños, tenéis un gran don. Tenéis la luz, la cual es la llave para que todo esto termine… o nunca acabe. Las fuerzas malévolas que hay en Silent Hill os intentarán arrebatar este poder, pues sois lo que ellos ansían. Sobretodo Él, el arcángel amarillo, os buscará, pues esa es su misión. No temáis, no os podrán hacer daño si descubrís el verdadero poder que albergáis.


    Os quiero mucho.

    Eleonora, vuestra madre.”


    Me senté sobre la vieja cama de mi madre, abrumado por todo lo que había descubierto. Por fin todo tenía sentido. Mis recuerdos…falsos, al fin ya podía recordar la verdad. No veníamos aquí de vacaciones, no, vivíamos aquí. Y nunca nos hospedamos en este hotel como visitantes… nos quedamos tan solo la última noche que estuvimos aquí, antes de huir. La noche que la conocimos. La noche que Alessa nos mostró su triste destino. El por qué se nos apareció… todavía no conocía la respuesta, y cuál era exactamente el poder que mi hermana y yo poseíamos tampoco.
    - ¿Por fin has abierto los ojos a la verdad, Anthony? – dijo una voz detrás mía.
    Al girarme, ahí estaba Rachel, de nuevo. Cómo había llegado hasta ahí era algo casi insólito.
    - ¿Quién eres tú, exactamente, Rachel? – le pregunté. – Está claro que sabes más de lo que me has dicho, y también creo sospechar que estabas al tanto de que mi hermana estaba aquí, en algún lugar.
    Rachel dio unos pasos hacia donde estaba, mientras me miraba, triste.
    - ¿Sabes? Yo una vez fui como tú… o como tu hermana. Yo también tuve esa… luz, o como quieras llamarlo. – me comentó.
    Aquello me sorprendió. Pensaba que solo Helen y yo albergábamos aquel “don”. Una pregunta, urgente, saltó a mi mente.
    - Tal vez esto sea una locura pero… ¿estás insinuando que tú… tú eres mi hermana también acaso?
    Rachel me sonrió amablemente, mientras negaba con su cabeza.
    - No. Nuestro don no significa nada más que hemos sido tocados… y tus orígenes no cuentan en eso- respondió.
    - ¿Tocados por quién?
    - Por Dios, claro. Pero tu hermana…ella cree que es algo más que una elegida por Dios, Anthony.
    - ¿Qué quieres decir con eso? – pregunté alterado.
    - Verás, yo intenté ayudarla, como estoy haciendo contigo…pero ella no me dejó. Ella cree que su papel es el de ocupar el lugar de Alessa… ¡y está equivocada! Solo Alessa es la que alberga en su interior a Dios. Ha confundido su luz con el poder de dar a luz a Dios.
    ¿De qué estaba hablando exactamente Rachel? ¿Dar a luz a Dios? ¿Qué eran todas esas supersticiones que estaba diciendo?
    - ¿Acaso Helen está en peligro? – dije.
    Rachel bajó la cabeza y respondió asustada.
    - Sí. El demonio que te persigue…el arcángel amarillo, Anthony. Él la encontrará y entonces… - paró para mirarme a los ojos intensamente. Sin embargo, no pudo seguir.
    Recordé la escena del espejo, y al horrible demonio surgiendo de él. Si a Helen la perseguía también, tenía que ayudarla.
    - He de encontrarla entonces. Y cuanto antes. Ella habló de una casa… una casa relacionada con la esperanza. ¿Sabes a que se refería?
    El terror azotó la dulce cara de la joven. Algo en su mirada cambió, se volvió oscuro e… indescriptible.
    - ¿Todavía no has abierto los ojos entonces, Anthony? – me preguntó.
    - ¿Qué?
    - Es ahí, en la Casa de la Esperanza, el antiguo orfanato de Silent Hill… donde se celebraban los rituales….donde los niños morían.
    Al oír aquello aún con más razón debía ir a ese lugar. Helen estaba en un peligro mayor del que podía haberme imaginado.
    - Debo irme ya – le dije a Rachel. – Tengo que llegar a ese sitio lo antes posible.
    Mientras salía por la puerta, aún sin mirarla, oí decir a Rachel:
    - Ten mucho cuidado, Anthony.

    Volví a meterme en la pesadilla. Los golpes en la tercera planta eran estruendosos ya, pero no tenía tiempo de descubrir qué pasaba. Debía irme a aquel orfanato en ese mismo instante. Un presentimiento me decía que cada segundo desperdiciado podía cambiarlo todo. Corrí hasta las escaleras y… ¡habían desaparecido! ¡Simplemente, ya no estaban ahí! Aquello me impedía bajar a la entrada para buscar una salida.
    “Maldita sea” pensé. “Este desesperante lugar… está jugando conmigo, está haciéndome ir donde quieren que vaya… y no puedo hacer nada”. Miré hacia arriba, donde las escaleras sí permanecían en pie. “La tercera planta es donde he debido ir todo este tiempo. Ya es hora de que descubra mi destino, pase lo que pase”.
    “Por Helen. Y por mí”.

    Mientras subía las escaleras, con mi navaja en la mano derecha y mi zippo en la izquierda, una luz se encendió en una de las habitaciones. Mi corazón retumbaba, oí unas risas, luego silencio y luego más golpes. Oscuridad. Sangre. Metal. Eso era la tercera planta.

    Abrí la puerta y descubrí el terrible castigo de mi madre.

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    Capítulo VI :

    "Las Hermanas"

    El descanso eterno es algo que todos anhelamos, sobretodo si durante nuestras vidas hemos visto, sufrido o cometido atrocidades de las cuales nuestras pesadillas no nos dejan escapar. Hay veces en las que el peso de estos actos se graba a fuego en nuestra mente, dejando una marca que perdura más de lo que pudiéramos creer. Pero sin duda, la más cruel pesadilla de todas es la de la negación del descanso eterno. O peor aún, ¿y si nuestros miedos viajasen con nosotros al otro mundo, castigándonos durante el largo y penoso atardecer de nuestro ser?

    Estos pensamientos, que pueden parecer increíbles, podrían resumir en pocas palabras lo que le sucedió a Eleonora, tras su muerte. Lo que vivió en Silent Hill, los horrores que presenció, esa terrible sabiduría, que es la que no nos aporta beneficios, se colaron en su equipaje no solo durante su exilio forzado de la ciudad, sino también durante la larga marcha hacia el otro mundo. Las pesadillas… las mismas pesadillas que había tenido una y otra vez, postrada en su cama mientras el cáncer la carcomía por dentro, al pasar la puerta de la vida y la muerte se habían tornado reales de nuevo, como originalmente habían sido. Y lo que le esperaba a Eleonora no era el necesitado descanso de los enfermos terminales, no, para su desgracia le estaba esperando algo que durante mucho tiempo creyó acabado. Su cuerpo fue arrastrado del infierno por las piernas, fue despojada de cualquier raciocinio, recuerdos o sentimientos, y solo dejaron el terror, el miedo y la angustia. Así, su cuerpo arrebatado de las llamas del más allá, fue llevado de vuelta a un sitio aún peor, donde sus pesadillas volvieron a la vida.
    “Abrí la puerta y descubrí el terrible castigo de mi madre”.
    Una única bombilla colgada del techo iluminaba la habitación. Lo primero que inundó mis oídos fue la morbosa sonata de una vieja canción de amor en francés que salía de un tocadiscos oxidado por el tiempo. Una y otra vez se oía el mismo fragmento, “esperaré, durante el día y la noche, esperaré”. Al ritmo del disco rallado, un enorme y diabólico ser golpeaba un cuerpo carente de vida, más similar al de un maniquí que al de una persona, contra la pared sin parar. “Aquello” era lo que había estado escuchando durante mi estancia en el hotel maldito. Sin embargo, al abrir la puerta y contemplarle, el monstruoso ser se detuvo. Junto a él, en el suelo, había un afilado cuchillo de inmensas proporciones, el cual recogió, mientras dejaba a aquel “muñeco” en el suelo.
    Y fue entonces cuando la reconocí. No era un muñeco, ni tan siquiera alguien desconocido, la persona que yacía, desnuda y cosida para juntar sus torturadas partes, era nada más y nada menos que mi madre. Apenas era reconocible, ya que su rostro estaba desfigurado. Su mandíbula, abierta excesivamente, parecía haberse desencajado, dejando una mueca entre atroz y penosa. Su cara en general, lucía heridas de diverso calibre; quemaduras, magulladuras, e incluso trozos de carne que se desprendían de sus labios o de sus orejas.
    “Dios santo…mamá” pensé.
    El ser levantó el cuchillo, apuntando hacia aquel triste cuerpo y antes de que pudiera reaccionar o intentase evitarlo, de un tajo perfectamente medido le cortó la cabeza.
    - ¡Noooooooooooooo! – grité desgarradamente, lleno de rabia e impotencia.
    “Esperaré, durante el día y la n…”. La música, al igual que el cuerpo de mi madre, dejó de convulsionarse y no quedó más que silencio en la habitación. El cruel verdugo se dio la vuelta y su amenazante capucha roja, que parecía hecha de metal o hierro quedó a pocos centímetros de mí. Furioso y desesperado, me arrojé contra él con mi navaja, clavándosela varias veces, hasta que me apartó de un manotazo, tirándome al suelo. Entonces hundió su enorme cuchillo, manchado de sangre, en el suelo, muy cerca de mi sien. Yo estaba paralizado. Había visto y sentido cosas horribles, pero el pánico ahora me atenazaba por dentro. Iba a morir, lo sabía. El ser encapuchado se agachó y pareció como si se fijase bien en mí durante unos instantes en los que hubo un tenso silencio. De repente y sin previo aviso, se levantó, recogió su cuchillo, avanzó hacia el cuerpo de mi madre, cogió su cabeza y se metió dentro del armario empotrado, cerrando la puerta tras de sí. Sin embargo, algo me decía que el verdadero peligro apenas acababa de comenzar. Desde dentro del armario, comenzó, de nuevo, a sonar el teléfono.
    El verdugo encapuchado no había sido quien me había llamado. No había sido la persona que me había amenazado.
    Me levanté y me acerqué al armario, mientras la mezcla entre el martilleo en mi cabeza, el insolente ruido del teléfono y los parásitos de la radio convertían aquel momento en un réquiem anticipado.
    Posé mi mano sobre la puerta del armario y cuando iba a deslizarla…alguien se me adelantó. Desde dentro.
    Ante mí surgió una mujer de la edad de mi madre, mirándome directamente a los ojos. Oh, pero aquella no era mi madre, y ni siquiera era humana tampoco.
    Su diabólica sonrisa y su penetrante y terrorífica mirada marcaban aún más los rasgos mortecinos de su cara. Tan cerca estaba de ella, que su aliento putrefacto, proveniente de su negra lengua, me producía mareos. Estiró sus brazos hacia mi cuello, y sus pálidas y delgadas manos me rajaron la piel con sus afiladas uñas. Me eché hacia atrás mientras iba saliendo del armario, con sus garras en alto.
    Entonces fue cuando habló, con aquella voz chillona que había oído desde el auricular:
    - ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja! ¡El NIÑO DESOBEDIENTE ha vuelto! ¿¿Creías que no iríamos a por ti?? ¿Pretendías no cumplir con tus tareas eh, MUCHACHITO? ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!
    - ¡¡Aléjese de mí!! ¡No sé que quiere pero le aseguro que como se me acerque…! – le amenacé, mientras se reía de mí.
    - ¡TODOS te estaban esperando! ¡Nos has hecho PERDER EL TIEMPO! ¡Y serás castigado! Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja. ¡Sí que lo seeráss! –dijo esto último con un cierto tono de satisfacción - ¡LA HIJA DESAGRADECIDA vendrá dentro de poco también, y es hora de que LA LUZ sea usada! Y para ello… DEBES MORRIIRRRR.
    No podía seguir reculando. Acababa de tocar la pared con mi espalda. ¿La luz, otra vez? ¿Esa maldita luz? ¿Por qué era tan valiosa? ¿Cuándo me iba a librar de todo aquello?
    La mujer me agarró del cuello fuertemente. Aunque su aspecto era patético, poseía una fuerza descomunal. Acercó su babeante mandíbula hacia mi cara, con la intención de morderme, pero conseguí sacar mi navaja y fui más rápido que ella, clavándosela en el ojo. Gritó de dolor y aflojó la presión de mi cuello lo justo para que pudiera escabullirme, casi arrastrándome. Tras unos momentos de desconcierto, la mujer extrajo la navaja, y volvió a dirigirse hacia mí, esta vez amenazándome con mi arma.
    Miré en mis bolsillos, en todas partes. ¡No me quedaba ningún arma! Y poco podría defenderme con mi zippo. La desesperación me inundó y se apoderó de mí. ¿Qué iba a hacer ahora? La mujer, triunfante, reía a carcajadas.
    - ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja! ¡Y ahora…el círculo se habrá completado! ¡¡Los últimos niños de la Casa de la Esperanza entregarán sus vidas para que Dios vuelva a renacer!!
    Mi espalda volvió a tocar la pared. Esta vez… ya no había marcha atrás. Cerré los ojos esperando el golpe mortal. La mujer alzó el cuchillo y… volví a abrir los ojos.
    El cadáver sin cabeza de mi madre se había abalanzado sobre ella, cogiéndola del cuello con un brazo y con el otro reteniendo la estocada.
    La mujer se revolvía de rabia, mientras le clavaba el cuchillo repetidas veces a mi madre.
    - ¡¡¡NO VOY A VOLVER AL INFIERNO CONTIGO, ELEONORA!!! – chilló su decrépito cuerpo.
    Mi madre, mientras tanto, la iba arrastrando hacia atrás, dirigiéndose de nuevo hacia el armario. La otra mujer se revolvía con rabia, intentando librarse de su destino. Tras un largo forcejeo ambas desaparecieron dentro del armario, pero aquel demonio siguió aferrándose con una mano a la puerta.
    Me dirigí hacia el armario. Agarré la puerta y la deslicé de golpe hasta cerrarla.

    Al cerrar la puerta, el hotel volvió a cambiar. El suelo y las paredes de metal desaparecieron, la luz del día volvió a entrar por las ventanas y la sangre que me rodeaba desapareció. En la habitación 312 tan solo quedó una mesita con una foto encima.
    Me acerqué y recogí la fotografía. Ante mi asombro, la imagen mostraba a mi madre, con un semblante serio, al lado de la diabólica mujer que me había atacado. En el fondo se podían leer las letras del cartel que daba la bienvenida al orfanato de la Casa de la Esperanza. Pero la revelación más impactante se ocultaba en la parte de atrás de la foto.
    Escrito con tinta negra, se podía leer “Eleonora y Dahlia Gillespie, las dos flores de la familia.”
    Todo cobró sentido entonces. La carta de mi madre acerca de su familia, lo que acababa de ocurrir ante mis ojos, todo. Mi madre había abandonado a su familia y a su hermana tras ver lo que pasaba en la Casa de la Esperanza, llevándonos con ella para protegernos de su propia sangre. En otras palabras, la mujer que estuvo a punto de acabar con mi vida fue mi tía. Aquellas palabras no sonaron con convicción dentro de mí. ¿Mi tía? Sentí que algo no cuadraba. Mi mente daba vueltas, intentaba decirme algo. Algo que llevaba dentro desde hacia mucho tiempo. Algo que tal vez no quisiera recordar. Me apreté la sien con las manos intentando sacar alguna imagen, palabra o sonido. Y lo que surgió fue la frase que Rachel me dedicó en el segundo piso: “¿Todavía no has abierto los ojos entonces, Anthony? “.
    Efectivamente, ya era hora de que abriera los ojos, para bien o para mal. Y también era hora de que encontrara a mi hermana, antes de que el arcángel amarillo lo hiciera. Solo quedaba un sitio donde ir en todo Silent Hill, donde tal vez mi pasado se encontrase con mi presente. Mi último viaje me llevaba, a la fuerza, al antiguo orfanato de la ciudad.
    Antes de marcharme del hotel, recé por mi madre. Y sin embargo, dudo que mis oraciones llegasen al lugar en el que está.

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    Capítulo VII :

    "Nacidos de una Pesadilla"

    La suave neblina de la ciudad me envolvió, y de algún modo, su maldición cayó sobre mí, fatídica, pero irreversiblemente. Mi mente fue fusionándose con el silencio sepulcral que me rodeaba, y cada bocanada de aire me introducía en un sopor cada vez mayor. Como si de una droga alucinógena se tratara, en pocos instantes había pasado de la mayor tensión al confort más absoluto. La ciudad me había “contagiado”. Por fin, mi cabeza dejó de ser un estorbo con sus incesantes preguntas, sus miedos infantiles y sus estúpidas trabas. Me di cuenta que en verdad, tal y como siempre dijo mi hermana, nosotros pertenecíamos a Silent Hill. Que nunca debimos irnos. Sentí que finalmente, me encontraba por primera vez en mi vida en comunión con el planeta. Era como la sensación, desconocida para mí, de volver a tu verdadero hogar después de muchos años, de tener la convicción de conocer todo lo que te rodea, de saber que en ese mismo lugar en el que estás es donde deberías haber estado siempre. Por muy tétrico, misterioso, o incluso deprimente que fuera, Silent Hill era mi ciudad de origen, era mi lugar, mi casa.

    Mucho había pasado aquí pero eso ya no importaba, cavilé mientras la misteriosa melodía de la niebla me arrullaba hasta mi verdadero “hogar”. Mis piernas no eran las que me guiaban, prácticamente, flotaba en el aire conducido por una caprichosa voluntad que jamás había poseído. La niebla ya no era niebla, era algo que no sabría definir, y yo era la niebla. Lentamente, muy despacio, fui adentrándome de nuevo en las sombras, y sabía que era muy probable que su seductora intimidad me dejase atrapado por la eternidad.
    Paulatinamente, cuando más estaba gozando de mi poder, éste comenzó a desaparecer. Mi cuerpo se convirtió en carne, una vez más, mi mente volvió a cargarse de miedos terrenales y angustias humanas, y la niebla se alejó de mí, hasta volver a ser inalcanzable y extraña. La dulce melodía de la soledad me abandonó, no sin antes despertarme de apasionado sueño del olvido.
    Recobré mi conciencia humana y me di cuenta que durante horas, había viajado sin descanso. Pero todo había tenido un significado, un propósito.
    Ante mí, se alzaba un edificio muy conocido. Un edificio donde… “donde se celebraban los rituales… donde los niños morían”. La Casa de la Esperanza.
    - Anthony… Anthony…
    Alguien me llamaba desde la niebla, la cual se fue aclarando hasta dejarme ver, de nuevo, a Rachel.
    - No sé por qué no me sorprende verte aquí – dije con algo de sarcasmo.
    La cara de Rachel era un poema sobre la tristeza. Estaba muy triste. Desgarradamente apenada. Incluso después de haber sentido el verdadero mal de la ciudad dentro de mí, aquella imagen volvió a terminar de despertar a mi antiguo ser.
    - Oh…dios, ¿qué te pasa, Rachel? ¿Por qué estás así? – pregunté, verdaderamente preocupado.
    - Éste es el sitio, Anthony. Aquí fue donde nos conocimos – respondió, mirándome con sus melancólicos ojos.
    - ¿Qué quieres decir? ¿Aquí nos conocimos? No me digas que… ¡eres una de las niñas del orfanato!
    De repente, ante mis ojos, la imagen de Rachel fue difuminándose con la niebla, desvaneciéndose. Aquello… ¡aquello no era posible!
    - ¡Rachel! – grité, intentando alcanzarla con mi mano.
    - Aquí fue donde nos conocimos Anthony, porque… aquí era donde vivimos.
    - ¿Qué?
    - Mi tiempo se acaba. Tus recuerdos, tu “recuerdo de tu recuerdo” ha sido el que me ha dado vida de nuevo por un corto tiempo. Ya casi todo está hecho. Te doy las gracias por haberme concedido esta oportunidad – su cara iba desapareciendo mientras me decía aquello.
    - Rachel… ¿era yo… uno de los niños del orfanato? – pregunté, tembloroso.
    Mi pregunta ya no iba dirigida hacia una persona. Delante de mí, solo quedaba la niebla, la sempiterna ceguera.
    No hubo respuesta. Pero la pregunta quedó en mi cerebro.
    El “recuerdo del recuerdo” era lo que le había devuelto la vida a Rachel, un fantasma, el cual me había dirigido a través de mis peripecias en la ciudad. ¿Un fantasma, o acaso una creación de mi subconsciente, tal vez para hacerme recordar mi verdadero pasado?
    Pero, ¿cuál era mi pasado? Cada vuelta de tuerca, cada nueva pista, cada nuevo hallazgo, era un descubrimiento aterrador e inesperado que hacía perder el sentido a todo lo anterior. ¿Qué o quién era yo?
    Como única solución, se hallaba ante mí el antiguo orfanato, donde, si no me equivocaba, mi hermana se encontraba. Mi hermana. Mi viaje, que originalmente había pretendido ser una “misión de rescate”, se había convertido en una cruzada por el pasado, y en una odisea por descubrir el verdadero significado de nuestro don.
    Sin otra opción, me interné en el lugar donde, al menos esperaba, podría encontrar las respuestas a mis últimas preguntas y saber por fin, que era “la luz”.
    De repente, comencé a escuchar unos ladridos en la distancia. Como apenas podía atisbar el horizonte, no sabría decir cuán cercanos estaban. Seguidamente a los ladridos, el ruido de varios animales, posiblemente canes, corriendo hacia donde me encontraba, se fue haciendo más intenso. Aquellos animales habían detectado mi presencia. Sin pensarlo dos veces, y ante la carencia de otra arma que no fuera mi navaja, corrí desesperadamente hasta la puerta principal. Mi desesperación aumentó al darme cuenta que estaba cerrada con llave. La marcha de los perros ya era un estruendo no muy lejano a la misma puerta. Miré a mi alrededor, buscando otra entrada. ¡Nada! Corrí hacia una de las esquinas del edificio, buscando otra puerta. Todas estaban cerradas. Tan solo había una vieja rejilla pegada al suelo, tal vez demasiado pequeña para que pudiera caber.
    El ruido de la marcha se frenó en seco, y varios amenazantes gruñidos surgieron a mis espaldas. Me giré lentamente y… una verdadera manada de perros del averno me contemplaba con sus flameantes ojos, babeando, acercándose a mí, rodeándome. No tenía otra alternativa. Antes de que me terminaran de atrapar, me lancé hacia la rejilla, levantándola y tirándome hacia el interior del edificio. Antes de caer en la más absoluta oscuridad, pude oír a los perros, gruñendo de rabia.

    La caída no fue muy dolorosa, a pesar de haberme lanzado a toda velocidad. La distancia con el suelo no era tan grande, apenas lo justo para que una persona, desde el interior, no pudiese llegar hasta la rejilla. Me levanté, mojado por haberme arrastrado por el fango e intenté situarme. Un objetivo bastante difícil, ya que estaba rodeado por la oscuridad más absoluta. El lugar era tétrico por descontado. Solamente podía oír el ruido de varios goteos, algunos cercanos, otros más lejanos, algunos crujidos en las paredes y un extraño eco que provenía del mismo silencio, el cual inundaba mis sentidos.
    Mi zippo de nuevo se convertía en mi único medio para seguir adelante. Casi sin gas ya, no duraría encendido mucho tiempo. Al disparar la chispa, un pequeño velo de luz me descubrió el lugar donde estaba. Me encontraba en una larga habitación, con un suelo de madera bastante debilitado que crujía cada dos por tres. A ambos lados de donde me encontraba, sendas hileras de camas se extendían hasta donde mi mechero me permitía contemplar.
    Un viento frío empezó a llegar del otro extremo de la sala. Sin motivo aparente, mi corazón comenzó a palpitar cada vez más fuerte mientras seguía caminando, mechero en mano, a través del bosque de camas. “¿Todavía no has abierto los ojos, Anthony?” seguía repitiendo Rachel en mi cabeza. Rachel… si tan solo… si tan solo hubiera podido salvarte a ti también. Otro golpe de aquel viento helado hizo que me detuviera. ¿De dónde provenía aquella corriente tan espeluznantemente fría?
    Algo… algo pasaba en aquel gran dormitorio colectivo. Algo no estaba bien. Un fuerte pinchazo en mi cabeza hizo que me cayera de rodillas al suelo, dolorido, y dentro de mí volví a sentir los martilleos que había sentido tantas otras veces. A penas sin fuerzas, levanté la vista… y la vi.
    A lo lejos, en el otro extremo de la sala, escondida en la oscuridad, estaba mi hermana Helen. Aunque solo la había reconocido por su peculiar figura, estaba seguro de que era ella. Desde su escondite en las sombras, me miraba, me observaba.
    “¡Helen!” intenté gritar, sin embargo, nada pudo salir de mi boca. Los martilleos eran tan intensos que cualquier esfuerzo significaba un mundo.
    “Helen…”.
    Su perturbante sombra avanzó, lentamente, hasta quedar situada muy cerca de mí. Por fin… por fin pude reconocerla del todo. Sí, era ella. Todo mi esfuerzo, todo lo que había padecido, se veía recompensado. La había encontrado.
    Sin embargo, su aspecto no era el de siempre. Su rostro… era el mismo pero, ahora estaba carente de cualquier emoción. Sus ojos, tan diferentes de los de Rachel, no mostraban ningún amor. Y sus ropas, eran completamente negras. Mientras me retorcía en el suelo, ella habló:
    - Has venido… a pesar de todo – dijo, para luego extender sus manos mirando alrededor del lugar – Dime, solo por curiosidad, ¿encuentras nuestro hogar como lo recordabas, Anthony?
    “¿Qué?” pensé. “¿De qué hablas Helen? Éste, esto no es nuestro hogar, ni nunca lo ha sido”.
    Ella pareció sorprenderse por la expresión contrariada de mi rostro. Después de la sorpresa, su cara se tornó despreciativa.
    “Helen, por favor…”.
    - Vaya… a pesar de todo lo que has visto, aún tu mente no se ha abierto de nuevo – dijo. Cruzó sus brazos, pensativa, mientras pensaba en algo. – Eres realmente patético. Voy a tener que despertarte – añadió.
    “Helen… marchémonos de aquí…”.
    - ¡Mira el estado en el que te encuentras! ¡Todo esto nada más que por construir esas estúpidas mentiras en tu cerebro! ¡Recuerda tu pasado de una vez! – gritó. Al instante, la realidad se transformó.
    Me encontré en la misma gran habitación. La habitación seguía a oscuras, pero ahora algunas bombillas colgadas del techo proveían algo de luz. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que ahora las camas ¡estaban ocupadas por niños!
    Unos pasos… unos pasos extremadamente familiares empezaron a clavarse en mi mente. Unos pasos que habían significado un réquiem de muerte para muchos. Los pocos niños que no estaban dormidos, se metieron corriendo bajo las mantas. Alguien venía.
    Los pasos, lentos pero muy sonoros, llegaron hasta la puerta de la habitación. El giro de una palanca de metal dejó que la puerta se abriera, chirriante. Lo más terrorífico fue la persona que entró a la habitación. La mujer diabólica del hotel. Dahlia Gillespie. La hermana de mi madre. Iba acompañada por otra figura encapuchada a la que le iba contando algunas cosas.
    - … Hemos encontrado a unos pocos niños que manifiestan poderes similares a los de Alessa, y que son incluso capaces de desarrollar poderosas técnicas mentales… - comentó Dahlia.
    - ¿Cuántos niños habéis conseguido? – preguntó la otra figura.
    - Suficientes. Le aseguro que tenemos cuántos hagan falta para que Dios vuelva a vivir las veces necesarias. Pero con el don, tan solo tenemos a tres.
    - Bien. ¿Cuándo ofrecerás a Alessa en sacrificio?
    La malvada Dahlia sonrió, satisfecha.
    - Esta misma noche. Está todo preparado. Samael nacerá en este mundo. Y si todo saliera mal… usaremos a uno de estos niños.
    Una tercera figura apareció en la sala y se acercó a los otros dos personajes. Tras decirle algo a la mujer, se situó detrás de ella.
    Dahlia volvió a hablar, dirigiéndose a la figura encapuchada.
    - Eleonora es la que se encarga de detectar a los niños que poseen la “luz”. Ella nos dirá a que niño debemos escoger – aseguró la hermana mayor de las Gillespie.
    Así que la tercera persona era mi madre. Ahora comprendía los “pecados” y los “horrores” a los que se refería en su carta. Mi madre intentó balbucear algo, sorprendida.
    - Pe… pero Dahlia, tú me dijiste que estos niños no iban a ser sacrificados…esto no…
    La figura encapuchada siseó algo desde el interior de su vestimenta, mientras realizaba un extraño movimiento. Al ver este gesto, mi madre enmudeció.
    - Y bien Eleonora dinos ahora – dijo Dahlia – ¿Cuál de los tres niños será el que elijas?
    - No, por Dios… no me hagas elegir a mí, no puedo… - suplicó mi madre.
    Dahlia se giró, abriendo los ojos de forma ostensible.
    - ¡Silencio! ¡Ya hemos tenido bastante de tus tonterías! ¡Dinos ahora mismo cuál de los tres debe morir primero o si no… mataremos a todos y cada uno de los niños que hay en este orfanato!
    Eleonora se quedó de piedra y comenzó a llorar, hecha trizas.
    - Dios mío, ayúdame… - rezó. – De acuerdo, hermana, te lo diré… prométeme que no hagas daño a los demás niños.
    En el momento siguiente, mi mundo se derrumbó como un muro de pequeñas mentiras que habían tapado no solo mi relación con Silent Hill, sino el mismo significado de mi vida.
    - ¡Rachel, Helen, Anthony! ¡Venid aquí! – llamó Eleonora Gillespie. Al instante, tres figuras diminutas se acercaron a los tres personajes oscuros.
    - ¿Cuál de ellos? – preguntó el ser encapuchado.
    Mi madre nos miró a los tres, con lágrimas en los ojos.
    - Helen y Anthony son hermanos. El uno y el otro son lo único que tienen en esta vida. No puedo elegirles a ellos… - dijo mirando a los ojos a la tercera niña, Rachel. Se acercó a la temblorosa pequeña, la abrazó y le dijo al oído – Lo siento mucho, mi vida. Sé que nunca me ganaré tu perdón.
    La figura encapuchada, sin previo aviso, agarró de la mano a Rachel y se la llevó consigo.
    En la gran habitación, los lloros de mi madre fue lo único que se oyó durante un buen rato. Nos miró y nos cogió de las manos.
    - Vosotros… os juro que no moriréis. Os lo juro. Aunque yo misma me vaya al infierno os voy a proteger cueste lo que cueste.
    De repente, estaba de nuevo en el suelo, mirando a mi hermana, de pie, delante de mí. La misma niña que acababa de ver en mi visión, solamente que años después. Ella me miraba fijamente, aunque de nuevo, no era la mirada con la que se obsequia a alguien querido. Ni tan siquiera a un desconocido. El martilleo… había desaparecido de una vez por todas. Las barreras que mi mente había levantado cuidadosamente para evitar que conociera mi triste origen se habían esfumado de golpe.
    - Ahora ya sabes la verdad que has estado negándote todos estos años, Anthony. Nosotros no tenemos padres. Somos huérfanos – sentenció a la vez q comenzaba a caminar alrededor mío. – Pero no somos huérfanos normales, no estamos en este sitio para hacer vidas comunes. No. Nuestra existencia es mucho más que eso. Estamos aquí porque somos los que podemos dar vida a Dios, Anthony. Tanto tú como yo tenemos ese poder.
    “Esto no puede estar pasando…”. “Mamá… ella dió su vida… y su propia alma por mí”.
    Por primera vez, hallé energías suficientes para plantarle cara a mi hermana.
    - ¿De qué estás hablando, Helen? ¿Quién demonios te crees que eres? ¡Déjate de locuras! ¿Acaso tú llamas poder a que nuestras vidas sean sacrificadas? ¿Es así como quieres acabar? Después de que mamá diera su vida por nosotros… – recriminé a mi hermana.
    - ¡Sigues sin saber nada, insensato! Aquella no era nuestra madre, no era nadie. Lo único que hizo fue… ¡privarnos de nuestro sitio aquí! ¡De mi poder!
    La sala comenzó a teñirse de sangre delante de mis ojos. En verdad, Helen estaba usando sus poderes.
    - ¿Cómo que nuestra madre no era nadie? – la sangre se me subía a la cabeza. Algo estaba ocurriendo. Por mi mente, pensamientos homicidas hacia mi hermana comenzaron a nublar mi raciocinio. Tenía que parar lo que estaba pasando en ese instante, rápido. - Helen… esto se ha acabado, volvamos a casa. Éste sitio está muerto, no hay nada para ti aquí. Por favor – supliqué.
    Entonces mi hermana paró en seco. Sus ojos dejaron su inexpresión absoluta para tornarse en… odio. Odio puro. Rabia. Noté cómo los mismos sentimientos asesinos que yo había sentido fueron instalándose en su cerebro.
    - Ja, ja, ja, ja, ja, ja – rió Helen. – Ya entiendo. Claro que lo entiendo. Casi logras engañarme Anthony. No me había dado cuenta de tu estrategia. Ya sé lo que pretendes.
    - No sabes lo que dices – afirmé. – Vámonos de aquí.
    Mi hermana fue alejándose poco a poco, internándose de nuevo en la oscuridad.
    - Tú quieres ser el que de vida a Dios. Quieres quitarme mi sitio… mi poder, ¿no es así, hermanito? Oh, sí, noto en tu mirada ofuscada tus deseos homicidas. Si me eliminas, serás el único que podrá dar a luz.
    A pesar de lo que decía eran mentiras, a cada segundo que pasaba me era más difícil controlar mi ira. ¿Quién o qué estaba provocando esta sensación?
    - Helen… yo solo he venido para que volvamos juntos. Por Dios, soy tu hermano.
    - Muy tarde para que caiga en tu trampa, Anthony. Si alguien va a morir aquí, ¡ése serás tú! – dijo mi hermana, de forma amenazante.
    Mientras desaparecía en la oscuridad, la transformación de la habitación ya había sido completa. Una vez más, me encontraba en aquel mundo de sangre y metal. De las camas, se levantaron varios monstruos deformes, como los que había matado en el hotel. Mi radio comenzó a sonar.

    “Helen, vine para rescatarte…”.

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    Bueno hace poco salio el Cap. final este relato tan bueno. espero que a uds les guste y "no dejen que su luz se apage".


    Capitulo VIII

    "Solo en la oscuridad"


    Una vez más, me encontraba inmerso en mis peores pesadillas, las cuales, finalmente, y a mi pesar, recordaba. La diferencia entre la de ahora y la que había vivido en el hotel del lago era que esta vez comprendía el origen de aquellos monstruos que me acosaban. Era irónico a la vez que terrible. Aquellos seres que se levantaban de sus fantasmales camas tras muchos años, corruptos, putrefactos, habían sido tiempo ha mis hermanos, mis compañeros, mis amigos de infancia, tal vez. Sus rostros, calcinados por el fuego, sin ojos, sin pelo, sin expresión alguna, se clavaron en mi figura. Había tantos que ni siquiera pude contarlos.
    Sin embargo, no tenía más tiempo que perder. Presentía que algo horrible iba a suceder si no actuaba con rapidez. Aquella sensación… aquella ansia asesina que despertó dentro de mí al ver a mi hermana; aquello había sido provocado por algo o alguien.
    Sin tiempo para quedarme a pensar más, y con la radio gritándome que reaccionara, saqué mi navaja y me lancé hacia el bosque de pequeñas figuras que se acercaba peligrosamente. Naturalmente, mi objetivo no era eliminarlos a todos. No disponía ni del tiempo ni de las fuerzas suficientes, así que decidí abrirme paso de la mejor manera posible.
    Corrí hacia delante, antes de que los seres recién levantados pudieran cerrarme el paso. Tumbé de una patada en la cara al primer monstruo que se lanzó contra mí, mientras rajaba de arriba a abajo a otro. Mientras corría, poco a poco su círculo se iba cerrando sobre mí. Otro de los niños se lanzó a mi pierna, agarrándomela con fuerza. De la nada, surgió otro ser que consiguió aferrarse a mi brazo. ¡Me estaban atrapando! Sin pensármelo dos veces, le clavé la navaja en la cara al segundo, y girándome, le aplasté la cabeza al primero. Los demás se acercaron peligrosamente, por lo que, a mi más profundo pesar, tuve que dejar mi única arma en el camino.
    Ya solo me quedaba seguir corriendo. No tenía otra esperanza. Los monstruos seguían saltando sobre mí, mientras los esquivaba como podía, a veces empujándoles, a veces quitándoles de en medio a base de patadas o puñetazos. La larga habitación parecía no acabarse y mis fuerzas comenzaban a flaquear. Una vez más, uno de los seres atrapó entre sus garras mi pierna derecha, lo cual hizo que cayera al suelo sin remedio. Sobre mí, los monstruos iban cerrando su trampa final. Pero esta vez no quedaba nadie que me fuera a ayudar, ni mi madre, ni Rachel, ni siquiera el viejo Parker antes de mostrarme su lado oscuro. Todos ya habían sacrificado mucho para que continuara adelante, para que mi búsqueda no acabara diluida y olvidada entre la eterna niebla de Silent Hill. Esta vez yo era el único que podía salvarme a mí mismo, y también a Helen.
    Con fuerzas renovadas, me levanté, deshaciéndome de mi opresor, y corrí hacía la salida, que por fin conseguía intuir. Abrí la puerta y la cerré rápidamente, para seguir corriendo. Ante mí se alzaba una larga escalera que subía varios metros. Antes de que los seres consiguieran atravesar la puerta comencé a ascender por ella. Al coronar la larga escalera, paré y me eché al suelo, completamente exhausto y sin aliento. Respiré hondo varias veces, tratando de recuperarme. Miré hacia abajo y no pude ni ver ni oír a ninguna de las criaturas que me habían atacado anteriormente. A estas alturas de la pesadilla, aquello ya no era ninguna sorpresa.
    Había visto y presenciado muchas cosas desde que había partido en busca de mi hermana. Su habitación, el bosque, el hotel… todo parecía tan lejano ahora. Pero ahora, después de tanto sufrimiento, no estaba dispuesta a perderla. No importaba lo que tuviera que sacrificar, ni cuán hundida en la oscuridad estuviese Helen, iba a salvarla costase lo que costase.
    Me volví a levantar, más decidido y preparado que nunca para enfrentarme a cualquier cosa. Delante de mí, una nueva puerta, silenciosa y perturbante, intentaba avisarme de que más adelante me esperaba algo que quizás no quisiera vivir.
    Había algo… perturbante en aquella puerta. Me dirigí hacia ella, y sin saber por qué, los latidos de mi corazón retumbaron en mi cabeza. La puerta se hundía y se ensanchaba, como si fuese al ritmo de mis contracciones.
    De repente, desde el agujero de la cerradura, comenzó a brotar sangre. Al principio, solo fueron unas gotas, pero poco a poco, fue saliendo más sangre por los demás resquicios. En unos pocos segundos, me encontré de pie sobre un denso charco de fluido sanguíneo.
    Acerqué mi mano, temblorosa, hacia el manillar sangrante. Sin embargo, en el último momento, me detuve. “No” pensé. “No debo abrir esta puerta”. Ese pensamiento paralizó mi cuerpo, completamente aterrorizado.
    Ya era demasiado tarde. Ella me había vuelto a encontrar.
    La puerta se abrió y ante mí apareció una pequeña habitación de hospital.
    La estancia era horriblemente claustrofóbica. No había ventanas, ni adornos, tan solo era una minúscula habitación cuadrada.
    En medio de aquel cuarto, una solitaria cama, acompañada de una mesita con aparatos médicos, mantenía con vida el horripilante cuerpo de una mujer envuelta en vendas.
    La mujer que, años atrás, nos había ahuyentado, en la habitación 312 del hotel del lago.
    Traté de reaccionar, ante la terrible visión que se me presentaba. Intenté girarme y correr, intenté volver a huir, como ya había hecho en una ocasión, y sin embargo mi cuerpo fue arrastrado lentamente hacia ella, hacia Alessa Gillespie, que comenzó a agitarse a medida que me acercaba, sufriendo de una forma indescriptible, desde su lecho maldito.
    Ella abrió los ojos, y sus dilatadas pupilas se clavaron en mí. Sus blancos vendajes, comenzaron a volverse rojos, debido a que sus heridas… nunca curaban. Y entonces escuché su voz. No abrió la boca, ni siquiera oí su voz, pero dentro de mi mente… allí estaba. Hablándome.
    “No quiero seguir viviendo más, no quiero seguir sufriendo. ¡Mírame! ¿No ves cómo sufro sin descanso? ¿Por qué sigo viva? ¿Por qué queréis que siga viva?”. Intenté decirle que no sabía a qué se refería, que yo no quería que nadie sufriera. Lo intenté con todas mis fuerzas. Pero no pude. “Nunca he sido egoísta, pero no voy a permanecer en este infierno más. Solo quería que comprobases mi agonía, que vieras con tus propios ojos por qué no voy a permitir que ella siga prolongando mi infierno” me dijo, directamente a mi conciencia. ¿Ella? ¿Se refería a Helen?
    “¡No! ¡No le hagas daño! ¡Por favor!” conseguí gritar.
    “Lo siento” sentenció, mientras la visión se desvanecía.

    Me encontré de nuevo delante de la puerta, sólo, como antes. Una sensación de melancolía me inundó, instalándose cruelmente en mi corazón. El espectral silencio se volvió en mi contra, haciendo que sintiera que así iba a permanecer para siempre… sólo.
    Tal vez, fuese ya demasiado tarde. Tal vez, nada había tenido sentido. Tal vez, mi destino había sido siempre ese. Pero... si había una mínima oportunidad para salvar a Helen, para salvarnos a ambos, daría todo para conseguirlo.
    Me levanté, una vez más, como ya había hecho antaño y planté mi mano firmemente sobre el manillar. Esta vez, abrí la puerta sin dudarlo.

    Un largo pasillo se perdía en la penumbra. Y nada más.

    El zippo había “muerto” así que avancé solo, en la oscuridad. Trataba de tantear con mis manos lo que podía, con el fin de tropezar con nada. Extendía primero mis brazos, intentaba palpar algo sólido y después deslizaba mis piernas y mi cuerpo hasta donde estaban mis manos.
    Era una sensación realmente perturbante. En la oscuridad, sin ni un solo ruido acompañándome en mi avance… hasta que lo oí.
    Detrás de mí, a lo lejos, percibí como la puerta por la que había entrado se abría y cerraba con un golpe conciso y rápido. Alguien acababa de entrar, no había lugar a dudas.
    Me giré e intenté tantear el horizonte inútilmente.
    “¿Quién anda ahí?” grité. El sonido de mi voz se difuminó en el largo pasillo, dejando, como siempre, ese misterioso silencio que gobernaba Silent Hill.
    Me volví a girar, continuando con el lento procedimiento de avanzar en la oscuridad.
    Pero entonces capté esa sensación, angustiosa, de que alguien me estaba siguiendo. Me detuve, intentando averiguar cuán lejos se encontraba. Cuando estaba a punto de pensar que todo eran imaginaciones mías, un sonido, un ruido más bien, parecido al reptar de un lagarto o al caminar de un insecto, iba acercándose rápidamente hacia mí.
    Una vez más, el palpitar de mi corazón subió poco a poco hasta mi sien, nublando mi sentido del oído.
    “Dios santo” pensé. “¡No puedo seguir caminando así de lento!”. Dejé de aferrarme a la pared y comencé a caminar de forma más acelerada, sin tomar las precauciones de antes.
    Pero el o lo que me seguía parecía conocer aquel pasillo, porque su velocidad era muy superior a la mía. Iba acercándose más y más, y ya solo estaba a unos pocos metros de donde me encontraba.
    No quedaba otro remedio. Empecé a correr, primero despacio y luego con todas mis fuerzas. A medida que incrementaba mi velocidad, mi perseguidor también lo hacía.
    Corrí y corrí, ya ni usaba mis manos para tantear lo que había delante. El pasillo parecía que nunca terminaba… ¿cómo podía ser aquel pasillo tan largo?
    Mi cuerpo se estremeció al sentir el aliento de mi perseguidor en mi nuca. ¡Me había alcanzado! Cerré los ojos mientras seguía corriendo, esperando unas manos abalanzándose sobre mí.
    Y en ese momento, ¡mis pies dejaron de tocar el suelo!
    Caí por un agujero, de unos pocos metros y me estrellé contra el duro hierro que había por suelo.
    Grité, por supuesto. La caída había sido suficientemente dolorosa como para haberme roto algún hueso.
    Miré hacia arriba. Mi perseguidor no me siguió hasta donde había caído. ¿Acaso había querido que llegara hasta ese lugar? Tal vez me había llevado hasta su trampa, quizás solo era un títere al que esta extraña ciudad manejaba para llevarme de un punto a otro, pensando que actuaba bajo mi libre albedrío pero que, en verdad, no poseía ninguna control sobre la situación.
    Tal vez, hacía ya mucho tiempo que todo estaba planeado para que llegase hasta este mismo lugar.
    Mientras mi vista trataba de adecuarse a la poca luz que iluminaba aquella estancia, palpé todo mi cuerpo rápidamente en busca de alguna fractura. Parecía que todo estaba en orden.
    Me levanté con cuidado, intentando no forzar las piernas demasiado, ya que se habían llevado la peor parte de la caída.

    Alcé la vista y la vi. Allí estaba Helen.

    Helen tenía su mirada fija sobre mí. Su rostro mostraba un odio indescriptible. Se encontraba de pie, en frente de una especie de altar, manchado de sangre reseca, sangre vieja, de hacía mucho tiempo. Aquel altar había visto sacrificios humanos mucho tiempo atrás. Lo que más me llamó la atención fue el enorme sello circular que ocupaba toda la habitación. Yo conocía aquel sello. Estaba seguro. Algo demoníaco irradiaba de él. Pero ¿lo había hecho Helen? ¿O ya estaba ahí desde hacía tiempo?
    Di un paso adelante, casi por instinto y alcé mi mano, en un intento de acercarme a mi hermana. En su cara, la rabia era palpable.
    - No sé por qué quieres arrebatarme mi destino, Anthony. Eres un estúpido. – dijo.

    En mi cabeza solo podía oír una pregunta: “¿Por qué, Helen? ¿Por qué?”. No sabía si yo también sentía rabia o dolor. Una parte de mí, quería coger alguno de los palos de hierro oxidados que había en la habitación y… Era aquel instinto asesino que había sentido cuando la encontré, la primera vez. Pude controlarme, pero Helen intuyó cómo había mirado a aquellos tubos viejos.
    Lentamente, se acercó al altar, sin dejar de mirarme, y cogió un enorme cuchillo de cocina, que blandió amenazante hacía mi.
    - No vas a ocupar mi lugar. ¿Crees que no sé a que has venido? – me gritó – ¡Nadie va a usurpar mi lugar como la nueva madre de Dios!
    - ¡Cállate de una vez! ¡Deja de decir locuras! ¿No ves que corremos peligro, Helen? ¡Tenemos que irnos de aquí!
    - ¡No!
    Se detuvo por un segundo, y me miró de una forma distinta. Ya no era rabia, ni frialdad, mi hermana me miró de una forma sádica, como nunca la había visto. Su cara dejó de estar tensa, y se relajó, mostrando una leve sonrisa.
    - ¡Ja, ja, ja, ja, ja! – rió.
    - Helen, por favor… vámonos de aquí… deprisa… - le rogué.

    La única respuesta que obtuve fueron más risas incontroladas. Aquello era la gota que colmaba el vaso. Mi rabia fue aumentando, y en pocos segundos la idea de coger aquel tubo oxidado ya no era tan descabellada. Me llevaría a Helen conmigo, ¡de una maldita vez!
    De un salto, me planté donde estaban los viejos palos de metal y cogí uno de unos noventa centímetros. Helen dejó de reír y apretó su cuchillo con más fuerza.
    - La hora ha llegado… ¡Te ofreceré en sacrificio ante Dios! – dijo.

    Acto seguido se lanzó contra mí, dirigiendo su cuchillo hacia mi corazón. Cogí la vara con las dos manos y de un certero golpe en su mano, mandé el cuchillo al suelo. Se detuvo un momento, entre dolorida y furibunda, dudando entre recoger el cuchillo o lanzarse sobre mí. Ahí fue donde cometió su error. Aproveché esos instantes de duda para lanzarle un segundo golpe a la cara, el cual le dio de lleno. Su cuerpo cayó redondo al suelo, totalmente derrotada.
    Apenas podía controlarme. Mis brazos temblaban por la emoción, y mi mente apenas respondía. El latido de mi corazón era ya más fuerte que mi voz y el dolor de mis piernas se había diluido con el asfixiante calor que emanaba de mi cuerpo.
    Sin pensarlo, me acerqué hacia el cuerpo tendido, jadeando, furioso, fuera de control. Helen no podía moverse, solo podía mirarme con sus ojos completamente abiertos, con una nueva expresión que antes no tenía: terror.
    Había llegado el momento. El punto final de aquel viaje. Cogí el cuchillo del suelo y lo agarré con las dos manos. El asesino dentro de mí ya tenía claro lo que iba a hacer.
    Pero, una voz en mi interior, intentaba recordar el por qué había venido hasta Silent Hill…

    “¿Por qué has venido a Silent Hill, Anthony?”

    “¿Por qué has venido a Silent Hill, Anthony?”. Mis manos querían hundir ese cuchillo en el cuerpo de Helen, pero… ¡no!
    Su mirada mostraba un terror indescriptible. ¿Qué es lo que estaba haciendo?
    Yo no había venido a esto a Silent Hill. Había vuelto para encontrarla, para irnos juntos de aquel sitio de pesadilla.
    Intentando volver a tener control sobre mí, solté el cuchillo, que cayó al suelo sin causar ningún daño a nadie.
    En ese momento, Helen rompió a llorar, dejando llevarse por la emoción. Yo me senté en el suelo, mientras me llevaba las manos a la cabeza, exhausto.
    Había estado a punto de cometer una locura.
    Finalmente, después de tantas experiencias, realmente creía que Silent Hill ejercía una influencia sobrenatural sobre la gente, o al menos, sobre mí. No sabía si de verdad mi hermana o yo estábamos destinados a dar vida a Dios o si habíamos sido engañados para venir hasta aquí, pero sin duda, corríamos un riesgo mortal permaneciendo en este pueblo. Y tampoco me importaba ya saber para qué habíamos sido llamados.
    Lo único que importaba era que al final la había encontrado.
    Aún se encontraba en estado de shock, pero parecía que poco a poco iba recuperando su antiguo yo. Me levanté y fui hacia ella.
    - Helen… marchémonos de este sitio de una vez – le dije mientras le ayudaba a levantarse.
    Por primera vez desde que la había encontrado me miró como una hermana mira a su hermano. Solo por aquello había merecido la pena todo por lo que había pasado.
    Puse su brazo sobre mi espalda y comenzamos a caminar juntos.
    Pero no iba a ser tan fácil. Ése estruendoso ruido volvió a instalarse de nuevo en mi cabeza, obligándome a detenerme. Miré a Helen, que aunque aún no había recuperado el control sobre sí misma, también lo sentía.
    Las paredes comenzaron a palpitar, como si formaban parte de un gran órgano.
    Obstruyendo la única salida de la gran sala de sacrificios se encontraba aquel monstruo, mi eterno perseguidor. El arcángel amarillo.
    Valtiel agarraba por una pierna el viejo y maltratado cadáver de una niña. A pesar de la oscuridad y de que apenas era reconocible, enseguida supe cuál era el cuerpo que arrastraba consigo: era Rachel.
    Entonces lo entendí. La respuesta estaba delante de mí. Rachel, al igual que nosotros fue una de las niñas “elegidas” con La Luz. Elegidos. Todo aquello no era más que una mentira tras la cual se ocultaba la auténtica verdad. No éramos más que simples caparazones cuyas vidas eran usadas para alimentar el espíritu de Alessa Gillespie. Ella era la única que albergaba a ese “Dios” en su interior, tal y como me había dicho Rachel. Por eso su martirio era prolongado eternamente con las vidas de los que poseíamos el “don”. Por eso quiso ahuyentarnos cuando éramos niños.
    Todo para evitar este momento. Valtiel nos había encontrado y no iba a permitir que escapásemos de Silent Hill… jamás.
    El demonio soltó el cuerpo de Rachel y avanzó, amenazante, hacia nosotros. No había marcha atrás, si quería salir vivo, tendría que enfrentarme a Valtiel.
    Aún conservaba el cuchillo con el que Helen había intentado asesinarme. La dejé en el suelo, con cuidado.
    El monstruo se acercaba reptando hacia nosotros, más rápido de lo que cualquier humano podría. Mi vista y el resto de mis sentidos estaban nublados por el cansancio, por la extenuación tremenda que me había producido el viaje. Apenas podía seguir los movimientos de Valtiel, el cual ya intuía que su presa estaba debilitada.
    Se abalanzó sobre mí y tumbó mi cuerpo contra el suelo. Yo mientras intentaba, desesperadamente, encontrar fuerzas para clavarle el cuchillo con suficiente fuerza como para hacerle daño. Rodeó mi cuello con sus manos y apretó. Intenté pelear, zafarme de él, pero me tenía acorralado.
    ¿Era éste el fin de mi viaje? ¿Había llegado hasta aquí solo para morir, tal y como habían planeado años atrás? Mi hermana yacía, incapaz de moverse al lado mío y el cadáver de Rachel poco podía ayudarme.
    Valtiel apretaba cada vez más fuerte… era el fin.
    A mi mente acudieron las palabras que me había escrito mi madre en su carta: “No temáis, no os podrán hacer daño si descubrís el verdadero poder que albergáis”.
    “Tenéis la luz, la cual es la llave para que todo esto termine”.
    La luz… Por fin entendía cuál era ese misterioso poder por el cual mi madre había arriesgado su vida. Lo que el arcángel amarillo ansiaba era mi vida. Era mi vida de lo que dependía que Dios volviera a vivir. Finalmente comprendía cuál era mi destino. Mi hermana ya había desperdiciado su Luz al evitar que completara el sacrificio. Pero yo… mientras yo viviera, esta pesadilla nunca acabaría.
    Miré a Helen por última vez. “Escapa, huye” le dije con mi mirada. Ella lloraba. Aunque ya no podía oírla, leí como sus labios se despedían de mí. Ella también sabía lo que iba a hacer. La única forma de derrotar al mal era eliminando el mismo mal dentro de mí. El arcángel amarillo vivía en mi interior y era por eso que podía verle.
    El demonio pareció averiguar lo que sucedía en mi mente e intentó arrebatarme el cuchillo. Muy tarde.
    Con las pocas fuerzas que me quedaban, agarré el cuello de Valtiel con una mano, mientras con la otra hundía la hoja en mi corazón.
    El monstruo chilló de forma aterradora y de su tronco comenzó a brotar sangre, mientras desesperadamente intentaba librarse de mí.
    “¡No te voy a soltar!” le grité, hundiendo la hoja hasta el fondo.

    Mientras veía como el arcángel amarillo caía abatido conmigo, antes de morir vi cómo Rachel me sonreía tiernamente.

    “Helen… quería que nos fuéramos juntos de aquí, pero parece que tendrás que dejarme en este sitio. Éste es mi deseo. Quiero que vivas, ¡tienes que vivir! Vive felizmente y recuérdame. Te quiero, hermana. No me olvides”.

    Dejé de ver, oír y sentir.

    Silencio.

    Y entonces, una luz…

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    “SILENT HILL: LA LUZ”

    WISH HOUSE RECORD BOOK(EL REGISTRO DE LA CASA DE LA ESPERANZA) – SPOILER -



    SITUACIÓN ESPACIO-TEMPORAL

    “La Luz” se desarrolla justo después de Silent Hill 2, en la ciudad que todos conocemos. De hecho, el motivo por el cual Anthony cae con su coche colina abajo es por su “encuentro” fortuito con James Sunderland. No se sabe con certeza cuándo se desarrolló la historia de SH2, pero sí que se sabe que fue entre los diez primeros años después de SH1 y los siete siguientes (SH3).

    PERSONAJES

    Anthony: 21 años.

    Anthony es un joven de 21 años que trabaja en una tienda de encargado en la pequeña ciudad de Paleville. Fuertemente ligado a su familia, sobretodo a su madre, y con la misteriosa Silent Hill, emprende una búsqueda en pos de su hermana Helen, tras ésta desaparecer.

    Análisis psicológico: Un joven extrovertido, bastante independiente pero ligado en exceso con su familia, Anthony es el protagonista de “La Luz”. Desde pequeño, sus recuerdos nunca han estado del todo claros, borrosos, distantes, como si no fueran verdaderos, lo que le ha hecho, en su subconsciente, volver a Silent Hill en busca de la verdad sobre su pasado y sobre su auténtico destino. A pesar de que su relación con su hermana no es la más normal, no duda un instante en ir en tras ella, intentando averiguar qué es lo que le ha sucedido. Sus indagaciones le llevan al antiguo orfanato de las afueras de Silent Hill, la “Casa de la Esperanza”.
    Relación con Silent Hill: Según sus recuerdos, Anthony pasó varios veranos durante su infancia en Silent Hill, hasta que tras un incidente, relacionado con Alessa, dejaron de visitarla. ¿Cuál fue el motivo de aquella macabra escena en el Hotel del Lago? Y sobretodo, ¿tiene esto algo que ver con su “luz”?


    Helen: 23 años.

    La hermana mayor de Anthony, asistenta sanitaria en un hospital de South Ashfield. Helen, convivió con su madre mientras Anthony estudiaba en un internado, y lo que sucedió durante esa época es desconocido. Helen era, de los dos hermanos, la más ligada a Silent Hill y es allí donde vuelve tras la muerte de su madre.

    Análisis psicológico: Helen siempre fue más reservada que su hermano, quizás debido a que está más al tanto de su “don” que Anthony. Ella sabe que la “luz” está relacionada con su pasado en Silent Hill, y probablemente haya descubierto aún más, lo que puede haberle trastornado. Helen deberá luchar su propia batalla contra el siniestro destino que le espera y contra sí misma.
    Relación con Silent Hill: Helen tiene una relación mucho más profunda y “mística” con la ciudad. Silent Hill dejó una huella palpable en su personalidad, que demostraba en sus continuas peleas con su madre. Los conocimientos que Helen tiene sobre Silent Hill, la luz y sobre su pasado parecen ser bastante superiores a los de Anthony. Sin embargo, Helen corre el peligro de confundir su papel en la macabra trama de Samael.

    Rachel: Edad desconocida. Probablemente entre los 21-23 años.

    Anthony conoce a Rachel en el Hotel del Lago tras despertar de una terrible pesadilla. El por qué estaba ahí y su extraña actitud en un principio parecen sospechosas, no obstante, este comportamiento es explicado a medida que avanza la historia. Las circunstancias alrededor de esta joven son realmente desconocidas; no se sabe a qué se dedica o por qué conoce a Anthony.

    Análisis psicológico: Esta joven parece presenciar los acontecimientos alrededor de Anthony con cierta preocupación. Parece saber más de lo que dice, pero a pesar de querer ayudar, no es capaz de aclararle las cosas a Anthony.
    Relación con Silent Hill: Rachel solo existe en la ciudad, gracias al “recuerdo del recuerdo”. Ella es otra víctima más de las fuerzas oscuras que hacen que Silent Hill sea un pueblo fantasma. Sin Silent Hill ella no existiría en este mundo, pero a la vez, por culpa de esto tampoco puede escapar de su eterno lamento.

    Eleonora: 45 años (edad de su fallecimiento).

    Eleonora es la madre de Anthony y Helen. Durante sus últimos años de vida sufrió postrada en una cama, tal y como Alessa Gillespie. Tal vez el cáncer que le invadió fuera un castigo ejemplar, a la vez que irónico, del dios oscuro de la ciudad, Samael. Lo cierto es que, aún después de su muerte, Eleonora sigue vagando por Silent Hill, sin encontrar su descanso eterno, siendo atormentada por su pasado y por haber salvado a sus hijos.

    Análisis psicológico: Las torturas, sacrificios y horrores que presenció en Silent Hill, de primera mano, dejaron una huella profunda en Eleonora. Tanto que, a pesar de correr un riesgo mortal, rescató a Anthony y a Helen de la Casa de la Esperanza (Wish House), donde iban a ser ejecutados en pos de que Valtiel pudiera seguir rodando la manivela de la vida de Dios.
    Relación con Silent Hill: Eleonora pertenece a una de las familias más involucradas en el Culto: los Gillespie. Como tal, su relación con la ciudad se remonta décadas atrás, cuando su familia se instaló ahí. A pesar de haberse marchado de la ciudad, tras su muerte, ha sido convocada de nuevo, para reparar los pecados cometidos durante su vida.





    PERSONAJES SECUNDARIOS

    DAHLIA GILLESPIE



    Invocada desde el infierno, Dahlia ha vuelto para encontrar a los portadores de La Luz, que escaparon a su destino años atrás. Sin embargo, antes siquiera de cumplir su objetivo, es detenida por alguien muy cercano a ella.

    RED PYRAMID HEAD



    El papel de Pyramid Head en este relato está muy claro. Ha sido llamado de nuevo para sentenciar a un nuevo culpable que ha regresado a la ciudad: Eleonora. Éste es el motivo por el cual, a pesar de tener el don, Anthony no es atacado por este demonio. Él no ha cometido ningún pecado por el que deba ser ejecutado, lo que le libra de los terribles poderes de este verdugo.

    JAMES SUNDERLAND



    James muere al arrojarse al lago Toluca a gran velocidad con su coche, tras descubrir que él había sido el asesino de su esposa, Mary. En su trágica carrera hacia la muerte, arrolla consigo a Anthony.

    ROBERT PARKER

    Este leñador de mediana edad vive en el bosque que rodea a Silent Hill, ocupando el cargo de guardabosque. La maldición de la ciudad llegó a alcanzar la vieja cabaña donde vivía con su familia, trastornándole y convirtiéndole en un asesino sanguinario. Su tortura y su pelea interna por discernir un bien y un mal que cada vez son más parecidos, hacen que cree el personaje de la “Bestia”, como el verdadero asesino.

    VALTIEL



    El “arcángel amarillo”, un siervo o tal vez una parte misma de Samael, es el encargado de velar que los portadores de La Luz sean sacrificados para que Dios vuelva a vivir cuantas veces hagan falta.

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  10. #10
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    eso no es spam...porke esta posteando elementos que aportan cosas para el topic...no es ke este posteando webadas...

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  12. #12
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