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Relatos Cortos

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  1. #41
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     



    Examiné apresuradamente la extraña situación en que me hallaba. Debía, sin perder un segundo, ponerme en persecución de mi alter ego. Ya que circunstancias desconocidas lo habían separado de mi personalidad, convenía darle alcance antes de que pudiera alejarse mucho. Era necesario, mejor dicho, urgente, muy urgente, tomar medidas que le impidieran, si lo intentaba, dirigirse en secreto hacia algún país extranjero, llevado por el ansia de lo desconocido y la sed de aventuras. Bien sabía yo, su íntimo -iba a decir "inseparable"-, su íntimo amigo y compañero, que tales sentimientos venían aguijoneándole desde tiempo atrás, hasta el extremo de perturbarle el sentido crítico y la sana razón que debe exhibir un alter ego en todos sus actos, así públicos como privados. Tenía, pues, bastante motivo para preocuparme de su repentina desaparición. Sin duda acababa él de dar pruebas de una reserva sin limites, de inconmensurable discreción y de consumada pericia en el arte de la astucia y el disimulo. Nada dejó traslucir de los planes que maestramente preparaba en el fondo de su silencio. Mi alter ego, en efecto, hacía varios días que permanecía silencioso; pero en vista de que entre nosotros no mediaban desavenencias profundas, atribuí su conducta al fastidio, al cual fue siempre muy propenso, aún en sus mejores tiempos, y me limité a suponer que me consideraba desprovisto de la amenidad que tanto le agradaba. Ahora me sorprendía con un hecho incuestionable: había escapado, sin que yo supiera cómo ni cuándo.

    Lo busqué en seguida en el aposento donde se me había revelado su brusca ausencia. Lo busqué detrás de las puertas, debajo de las mesas, dentro del armario. Tampoco apareció en las demás habitaciones de la casa. Notando, sorprendida, mis idas y venidas, me preguntó mi mujer qué cosa había perdido.

    -Puedes estar segura de que no es el cerebro -le dije. Y añadí hipócritamente:

    -He perdido el sombrero.

    -Hace poco saliste, y lo llevabas. ¿No me dijiste que ibas a no sé qué periódico a poner un anuncio que querías publicar? No sé cómo has vuelto tan pronto.

    Lo que decía mi mujer era muy singular. ¿Adónde, pues, se había dirigido mi alter ego? Dominado por la inquietud, me eché a la calle en su busca o seguimiento. A poco noté -o creí notar- que algunos transeúntes me miraban con fijeza, cuchicheaban, sonreían o guiñaban el ojo. Esto me hizo apresurar el paso y casi correr; pero a poco andar me salió al encuentro un policía, que, echándome mano con precaución, como si fuera yo algún sujeto peligroso o difícil de prender, me anunció que estaba arrestado. Viéndome fuertemente asido, no me cupo de ello la menor duda. De nada sirvieron mis protestas ni las de muchos circunstantes. Fui conducido al cuartel de policía, donde se me acusó de pendenciero, escandaloso y borracho, y, además, de valerme de miserables y cobardes subterfugios, habilidades, mañas y mixtificaciones para no pagar ciertas deudas de café, de vehículos de carrera, de menudas compras ¡Lo juro por mi honor! Nada sabía yo de aquellas deudas, ni nunca había oído hablar de ellas, ni siquiera conocía las personas o los sitios -¡Y qué sitios!- en donde se me acusaba de haber escandalizado. No pude menos, sin embargo, de resignarme a balbucir excusas, explicaciones: me faltó valor para confesar la vergonzosa fuga de mi alter ego, que era sin duda el verdadero culpable y autor de tales supercherías, y pedir su detención. Humillado, prometí enmendarme. Fui puesto en libertad, y alarmado, no ya tanto por la desaparición de mi alter ego como por las deshonrosas complicaciones que su conducta comenzaba a hacer recaer sobre mí, me dirigí rápidamente a la oficina del periódico de mayor circulación que había en la localidad con la intención de insertar en seguida un anuncio advirtiendo que, en adelante, no reconocería más deudas que las que yo mismo hubiera contraído. El empleado del periódico, que pareció reconocerme en el acto, sonrió de una manera que juzgué equívoca y sin esperar que yo pronunciara una palabra, me entregó una pequeña prueba de imprenta, aun olorosa a tinta fresca, y el original de ella, el cual estaba escrito como de mi puño y letra. Lo que peor es, el texto del anuncio, autorizado por una firma que era la mía misma, decía justamente aquello que yo tenía en mientes decir. Pero tampoco quise descubrir la nueva superchería de mi alter ego -¿de quién otro podía ser?- y como aquel era, palabra por palabra, el anuncio que yo quería, pagué su inserción durante un mes consecutivo. Decía así el anuncio en cuestión:

    "Participo a mis amigos y relacionados de dentro y fuera de esta ciudad que no reconozco deudas que haya contraído "otro" que no sea "yo". Hago esta advertencia para evitar inconvenientes y mixtificaciones desagradables.
    Andrés Erre."


    Volví a casa después de sufrir durante el resto del día que las personas conocidas me dijeran a cada paso, dándome palmaditas en el hombro:

    -Te vi por allá arriba...

    O bien:

    -Te vi por allá abajo...

    Mi mujer, que cosía tranquilamente, al verme llegar detuvo la rueda de la máquina de coser y exclamó:

    -¡Qué pálido estás!

    -Me siento enfermo -le dije.

    -Trastorno digestivo -diagnosticó-. Te prepararé un purgante y esta noche no comerás nada.

    No pude reprimir un gesto de protesta. ¡Cómo! La escandalosa conducta de mi alter ego me exponía a crueles privaciones alimenticias, pues yo debería purgar sus culpas, de acuerdo con la lógica de mi mujer. Esto desprendíase de las palabras que ella acababa de pronunciar.

    Sin embargo, no quería alarmarla con el relato del extraordinario fenómeno de mi desdoblamiento. Era un alma sencilla, un alma simple. Hubiera sido presa de indescriptibles terrores y yo hubiera cobrado a sus ojos las apariencias de un ser peligrosamente diabólico. ¡Desdoblarse! ¡Dios mío! Mi pobre mujer hubiera derramado amargas lágrimas al saber que me acontecía un accidente tan extraño. Nunca más hubiera consentido en quedarse sola en las habitaciones donde apenas penetraba una luz débil. Y de noche, era casi seguro que sus aprensiones me hubieran obligado a recogerme mucho antes de la hora acostumbrada, pues ya no se acostaría despreocupadamente antes de mi vuelta, ni la sorprendería dormida en las altas horas, cuando me retardaba en la calle más de lo ordinario.

    No obstante los incidentes del día, todavía conservaba yo suficiente lucidez para prever las consecuencias de una confidencia que no podía ser más que perjudicial, porque si bien las correrías de mi alter ego pudiera suceder que, al fin y al cabo, fuesen pasajeras, en cambio sería difícil, si no imposible, componer en mucho tiempo una alteración tan grave de la tranquilidad doméstica como la que produciría la noticia de mi desdoblamiento. Pero los acontecimientos tomaron un giro muy distinto e imprevisto. La defección de mi alter ego, que empezó por ser un hecho antes risible que otra cosa, acabó en una traición que no tiene igual en los anales de las peores traiciones... Este inicuo individuo...

    Pero observo que la indignación -una indignación muy justificada, por lo demás- me arrastra lejos de la brevedad con que me propuse referir los hechos. Helos aquí, enteramente desnudos de todo artificio y redundancia:

    Salí aquella noche después de comer frugalmente porque mi mujer lo quiso así y me dijo, no obstante mis reiteradas protestas, que me dejaría preparado un purgante activísimo para que lo tomara al volver. Calculaba que mi regreso sería, como de ordinario, a eso de las doce de la noche.

    Con el fin de olvidar los sobresaltos del día, busqué en el café la compañía de varios amigos que, casi todos, me habían visto en diferentes sitios a horas desacostumbradas y hablaban maliciosamente de ciertos incidentes en los cuales hallábase mezclado mi nombre, según pude colegir, pues no quise inquirir nada directamente ni tratar de esclarecer los puntos. Guardé bien mi secreto. Disimulé los hechos lo mejor que pude, procurando despojarlos de toda importancia. Una discusión de política nos retuvo luego hasta horas avanzadas. Eran las dos de la madrugada cuando abrí la puerta de casa, empujándola rápidamente para que chirriara lo menos posible. Todo estaba en calma, pero mi mujer, a pesar de que dormía con sueño denso y pesado, despertó a causa del ruido. Los ojos apenas entreabiertos, me preguntó entre dientes cómo me había sentado el purgante.

    -¡El purgante! -exclamé-. Llego de la calle en este momento y no he visto ningún purgante! ¡Explícate, habla, despierta! ¡Eso que dices no es posible!

    Se desperezó largamente.

    -Sí -me dijo- es posible, puesto que lo tomaste en mi presencia... y estabas conmigo.. y...

    - ... ¡Y!...

    Comprendí el terrible engaño de mi alter ego. La traición de aquel íntimo amigo y compañero de toda la vida me sobrecogió de espanto, de horror, de ira. Mi mujer me vio palidecer.

    -Efecto del purgante -dijo.

    Aunque nadie, ni aun ella misma, había notado el delito de mi alter ego, la deshonra era irreparable y siempre vergonzosa a pesar del secreto. Las manos crispadas, erizados los cabellos, lleno de profundo estupor, salí de la alcoba en tanto que mi mujer, volviéndose de espaldas a la luz encendida, se dormía otra vez con la facilidad que da la extenuación; y fui a ahorcarme de una de las vigas del techo con una cuerda que hallé a mano. Al lado colgaba la jaula de Jesusito, el loro. Seguramente hice ruido en el momento de abandonarme como un péndulo en el aire, pues Jesusito, despertándose, esponjó las plumas de la cabeza y me gritó, como solía hacerlo:

    -¡Adiós, Doctor!


    Tengo razones para creer que mi alter ego, que sin duda espiaba mis movimientos desde algún escondrijo improvisado, a favor de las sombras de la noche, se apoderó en seguida de mi cadáver, lo descolgó y se introdujo dentro de él. De este modo volvió a la alcoba conyugal, donde pasó el resto de la noche ocupado en prodigar a mi viuda las más ardientes caricias. Fundo esta creencia en el hecho insólito de que mi suicidio no produjo impresión ni tuvo la menor resonancia. En mi hogar nadie pareció darse cuenta de que yo había desaparecido para siempre. No hubo duelo, ni entierro. El periódico no hizo alusión a la tragedia, ni en grandes ni en pequeños títulos. Los amigos continuaron chanceándose y dándole palmaditas en el hombro a mi alter ego, como si fuera yo mismo. Y Jesusito no ha dejado nunca de gritar:

    -¡Adiós, Doctor!

    Sin duda, mi alter ego desarrolló desde el principio un plan hábilmente calculado en el sentido de producir los resultados que en efecto se produjeron. Previó con precisión el modo como reaccionaría yo delante de los hechos que él se encargaría de presentarme en rápida y desconcertante sucesión. Determinó de antemano mi inquietud, mi angustia, mi desesperación; calculó exactamente la hora en que un cúmulo de extrañas circunstancias había de conducirme al suicidio. Esta hora señalaba el feliz coronamiento de su obra; y es claro que sólo un alter ego que gozaba de toda mi confianza pudo llevar a cabo esta empresa. En primer lugar, el completo conocimiento que poseía de los más recónditos resortes de mi alma le facilitó los elementos necesarios para preparar sin error el plan de inducción al suicidio inmediato. En segundo término, si logró hacerse pasar por mí mismo delante de mi mujer y de todas las personas que me conocían, fue porque estaba en el secreto de mis costumbres, ideas, modos de expresión y grados de intimidad con los demás. Sabía imitar mi voz, mis gestos, mi letra y en particular mi firma, y además conocía la combinación de mi pequeña caja fuerte. Todos mis bienes pasaron automáticamente a poder suyo, sin que las leyes, tan celosas en otros casos, intervinieran en manera alguna para evitar la iniquidad de que fui víctima. También se apoderó del crédito que había alcanzado yo después de largos años de conducta intachable y correctos procederes; y en el mismo periódico continúa publicando a diario, autorizado con su firma, que es la mía, el mismo aviso que dice:

    "Participo a mis amigos y relacionados de dentro y fuera de esta ciudad que no reconozco deudas que haya contraído "otro" que no sea "yo". Hago esta advertencia para evitar inconvenientes y mixtificaciones desagradables.
    Andrés Erre."
    Última edición por Yargo; 03/06/2009 a las 18:50
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  2. #42
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     



    Antes de subir hacia las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina.

    -Aquí se sentirá usted bastante solo -le dijo al viejo.

    El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta.

    -No me quejo.

    -¿Le gusta Marte?

    -Muchísimo. Siempre hay algo nuevo. Cuando llegué aquí el año pasado, decidí no esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que mirar las cosas de aquí, y qué diferentes son. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de noche. Y las flores y la lluvia, tan diferentes. Es asombroso. Vine a Marte a retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre de un modo atroz. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya se entretiene. Conseguí esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.

    -Ha dado usted en el clavo -dijo Tomás. Sus manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento. Había trabajado casi dos semanas en una de las nuevas colonias y ahora tenía dos días libres y iba a una fiesta.

    -Ya nada me sorprende -prosiguió el viejo-. Miro y observo, nada más. Si uno no acepta a Marte como es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro; el suelo, el aire, los canales, los indígenas (aun no los he visto, pero dicen que andan por aquí) y los relojes. Hasta mi reloj anda de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en Marte. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de este planeta; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si me hubiera encogido y todo lo demás se hubiera agrandado. ¡Dios! ¡No hay sitio como éste para un viejo! Estoy siempre alegre y animado. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce. Lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y se mira y se queda uno sin aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es Marte. Disfrútelo. Tómelo como es. ¡Dios! ¿Sabe que esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas condiciones? Es un dólar cincuenta. Gracias. Buenas noches.

    Tomás se alejó por la antigua carretera, riendo entre dientes.

    Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás, con una sola mano en el volante, sacaba con la otra, de cuando en cuando, un caramelo de la bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar en el camino ningún otro automóvil, ninguna luz. La carretera solitaria se deslizaba bajo las ruedas y sólo se oía el zumbido del motor. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el silencio era mayor que nunca. Los desiertos y los mares secos giraban a su paso y las cintas de las montañas se alzaban contra las estrellas.

    Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura, a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.

    La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.

    Entraba en una muerta aldea marciana; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas. Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos. En ruinas, pero perfectos.

    Puso en marcha el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo nuevamente. Dejó la camioneta y echó a andar llevando la bolsa de comestibles en la mano, hacia una loma desde donde aún se veía la aldea polvorienta. Abrió el termos y se sirvió una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.

    Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina y luego un murmullo.

    Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano derecha.

    Y asomó en las colinas una extraña aparición.

    Era una máquina que parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que saltaba suavemente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos multifacéticos. Sus seis patas se posaron en la antigua carretera, como las últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos de oro fundido miró a Tomás como si mirara el fondo de un pozo.

    Tomás levantó una mano y pensó automáticamente:

    ¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un marciano. Pero Tomás había nadado en la Tierra en ríos azules mientras los desconocidos pasaban por la carretera, y había comido en casas extrañas con gente extraña y su sonrisa había sido siempre su única defensa. No llevaba armas de fuego. Ni aun ahora advertía esa falta aunque un cierto temor le oprimía el pecho.

    También el marciano tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron en el aire frío de la noche.

    Tomás dio el primer paso.

    -¡Hola! -gritó.

    -¡Hola! -contesto el marciano en su propio idioma. No se entendieron.

    -¿Has dicho hola? -dijeron los dos.

    -¿Qué has dicho? -preguntaron, cada uno en su lengua.

    Los dos fruncieron el ceño.

    -¿Quién eres? -dijo Tomás en inglés.

    -¿Qué haces aquí -dijo el otro en marciano.

    -¿A dónde vas? -dijeron los dos al mismo tiempo, confundidos.

    -Yo soy Tomás Gómez,

    -Yo soy Muhe Ca.

    No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el marciano se echó a reír.

    -¡Espera!

    Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.

    -Ya está -dijo el marciano en inglés-. Así es mejor.

    -¡Qué pronto has aprendido mi idioma!

    -No es nada.

    Turbados por el nuevo silencio, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.

    -¿Algo distinto? -dijo el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos.

    -¿Puedo ofrecerte una taza? -dijo Tomás.

    -Por favor.

    El marciano descendió de su máquina.

    Tomás sacó otra taza, la llenó de café y se la ofreció.

    La mano de Tomás y la mano del marciano se confundieron, como manos de niebla.

    -¡Dios mío! -gritó Tomás, y soltó la taza.

    -¡En nombre de los Dioses! -dijo el marciano en su propio idioma.

    -¿Viste lo que pasó? - murmuraron ambos, helados por el terror.

    El marciano se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla.

    -¡Señor! -dijo Tomás.

    -Realmente... -comenzó a decir el marciano. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo de su cinturón.

    -¡Eh! -gritó Tomás.

    -Has entendido mal. ¡Tómalo!

    El marciano tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la carne. Se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió, estremeciéndose.

    Miró luego al marciano que se perfilaba contra el cielo.

    -¡Las estrellas! -dijo.

    -¡Las estrellas! -respondió el marciano mirando a Tomás.

    Las estrellas eran blancas y claras más allá del cuerpo del marciano, y lucían dentro de su carne como centellas incrustadas en la tenue y fosforescente membrana de un pez gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho del marciano, y le brillaban como joyas en los brazos.

    -¡Eres transparente! -dijo Tomás.

    -¡Y tú también! -replicó el marciano retrocediendo.

    Tomás se tocó el cuerpo, sintió su calor y se tranquilizó. «Yo soy real», pensó.

    El marciano se tocó la nariz y los labios.

    -Yo tengo carne -murmuró-. Yo estoy vivo.

    Tomás miró fijamente al fío.

    -Y si yo soy real, tú debes de estar muerto.

    -¡No! ¡Tú!

    -¡Un espectro!

    -¡Un fantasma!

    Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como trozos de hielo, como luciérnagas, y se tocaron otra vez y se descubrieron intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, si, ese otro, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.

    Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.

    Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.

    -¿De dónde eres? -preguntó al fin el marciano.

    -De la Tierra.

    -¿Qué es eso?

    Tomás señaló el firmamento.

    -¿Cuándo llegaste?

    -Hace más de un año, ¿no recuerdas?

    -No.

    -Y todos ustedes estaban muertos, así lo creímos. Tu raza ha desaparecido casi totalmente ¿no lo sabes?

    -No. No es cierto.

    -Sí. Todos muertos. Yo vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas. Muertos. Millares de muertos.

    -Eso es ridículo. ¡Estamos vivos!

    -Escúchame. Marte ha sido invadido. No puedes ignorarlo. Has escapado.

    -¿Yo? ¿Escapar de qué? No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca de las montañas Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?

    Tomás miró hacia donde indicaba el marciano y vio las ruinas.

    -Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.

    El marciano se echó a reír.

    -¡Muerta! Dormí allí anoche.

    -Y yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato, y es un montón de escombros. ¿No ves las columnas rotas?

    -¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas.

    -Hay polvo en las calles -dijo Tomás.

    -¡Las calles están limpias!

    -Los canales están vacíos.

    -¡Los canales están llenos de vino de lavándula!

    -Está muerta.

    -¡Está viva! -protestó el marciano riéndose cada vez más-. Oh, estás muy equivocado ¿No ves las luces de la fiesta? Hay barcas hermosas esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas, corriendo por las calles. Allá voy, a la fiesta. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No las ves?

    -Tu ciudad está muerta como un lagarto seco. Pregúntaselo a cualquiera de nuestro grupo. Voy a la Ciudad Verde. Es una colonia que hicimos hace poco cerca de la carretera de Illinois. No puedes ignorarlo. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de madera de Oregón, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y levantamos a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta noche festejaremos la inauguración de uno. Llegan de la Tierra un par de cohetes que traen a nuestras mujeres y a nuestras amigas. Habrá bailes y whisky...
    El marciano estaba inquieto.

    -¿Dónde está todo eso?

    Tomás lo llevó hasta el borde de la colina y señaló a lo lejos.

    -Allá están los cohetes. ¿Los ves?

    -No.

    -¡Maldita sea! ¡Ahí están! Esos aparatos largos y plateados.

    -No.

    Tomás se echó a reír.

    -¡Estás ciego!

    -Veo perfectamente. ¡Eres tú el que no ve!

    -Pero ves la nueva ciudad, ¿no es cierto?

    -Yo veo un océano, y la marea baja.

    -Señor, esa agua se evaporó hace cuarenta siglos.

    -¡Vamos, vamos! ¡Basta ya!

    -Es cierto, te lo aseguro.

    El marciano se puso muy serio.

    -Dime otra vez. ¿No ves la ciudad que te describo? Las columnas muy blanca, las barcas muy finas, las luces de la fiesta... ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha... Oigo los cantos. ¡No están tan lejos!

    Tomás escuchó y sacudió la cabeza.

    -No.

    -Y yo, en cambio, no puedo ver lo que tú me describes -dijo el marciano.

    Volvieron a estremecerse. Sintieron frío.

    -¿Podría ser?

    -¿Qué?

    -¿Dijiste que «del cielo»?

    -De la Tierra.

    -La Tierra, un nombre, nada -dijo el marciano-. Pero... al subir por el camino hace una hora... sentí...

    Se llevó una mano a la nuca.

    -¿Frío?

    -Sí.

    -¿Y ahora?

    -Vuelvo a sentir frío. ¡Qué raro! Había algo en la luz, en las colinas, en el camino... -dijo el marciano-. Una sensación extraña... El camino, la luz... Durante unos instante creí ser el único sobreviviente de este mundo.

    -Lo mismo me pasó a mí -dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un amigo muy íntimo de algo secreto y apasionante.

    El marciano meditó unos instantes con los ojos cerrados.

    -Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.

    -No. Tú, tú eres del pasado -dijo el hombre de la Tierra.

    -¡Qué seguro estas! ¿Cómo es posible afirmar quién pertenece al pasado y quién al futuro? ¿En qué año estamos?

    -En el año dos mil dos.

    -¿Qué significa eso para mí?

    Tomás reflexionó y se encogió de hombros.

    -Nada.

    -Es como si te dijera que estamos en el año 4462853 S.E.C. No significa nada. Menos que nada. Si algún reloj nos indicase la posición de las estrellas...

    -¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, que tú estás muerto.

    -Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago siente hambre, mi garganta sed. No, no. Ni muertos, ni vivos, más vivos que nadie, quizá. Mejor, entre la vida y la muerte. Dos extraños cruzan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas dijiste?

    -Sí. ¿Tienes miedo?

    -¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar... ¿Has dicho que las columnas se han desmoronado? ¿Y que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y las flores marchitas? -El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana. -Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.

    Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la Tierra.

    -Jamás nos pondremos de acuerdo -dijo.

    -Admitamos nuestro desacuerdo -dijo el marciano-. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? ¿No lo sabes? No preguntes entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros.

    Tomás tendió la mano. El marciano lo imitó. Sus manos no se tocaron, se fundieron atravesándose.

    -¿Volveremos a encontrarnos?

    -¡Quién sabe! Tal vez otra noche.

    -Me gustaría ir contigo a la fiesta.

    -Y a mí me gustaría ir a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y oír todo lo que sucedió.

    -Adiós -dijo Tomás.

    -Buenas noches.

    El marciano voló serenamente hacia las colinas en su vehículo de metal verde. El terrestre se metió en su camioneta y partió en silencio en dirección contraria.

    -¡Dios mío! ¡Qué pesadillas! -suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia, en la fiesta.

    -¡Qué extraña visión! -se dijo el marciano, y se alejó rápidamente, pensando en el festival, en los canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.

    La noche era oscura. Las lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.
    Última edición por Yargo; 03/06/2009 a las 18:51
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  3. #43
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     

    Durante dos meses se asomó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro era nueva, que no había modo de tratarse y que él no sabía qué hacer... Por suerte el enfermo, solito, se fue curando. No había perdido su buen humor, su oronda calma provinciana. Demasiado flaco y eso era todo. Pero al levantarse después de varias semanas de convalecencia se sintió sin peso.

    -Oye -dijo a su mujer- me siento bien pero ¡no sé!, el cuerpo me parece... ausente. Estoy como si mis envolturas fueran a desprenderse dejándome el alma desnuda

    -Languideces -le respondió su mujer.

    -Tal vez.

    Siguió recobrándose. Ya paseaba por el caserón, atendía el hambre de las gallinas y de los cerdos, dio una mano de pintura verde a la pajarera bulliciosa y aun se animó a hachar la leña y llevarla en carretilla hasta el galpón.

    Según pasaban los días las carnes de Pedro perdían densidad. Algo muy raro le iba minando, socavando, vaciando el cuerpo. Se sentía con una ingravidez portentosa. Era la ingravidez de la chispa, de la burbuja y del globo. Le costaba muy poco saltar limpiamente la verja, trepar las escaleras de cinco en cinco, coger de un brinco la manzana alta.

    -Te has mejorado tanto -observaba su mujer- que pareces un chiquillo acróbata.

    Una mañana Pedro se asustó. Hasta entonces su agilidad le había preocupado, pero todo ocurría como Dios manda. Era extraordinario que, sin proponérselo, convirtiera la marcha de los humanos en una triunfal carrera en volandas sobre la quinta. Era extraordinario pero no milagroso. Lo milagroso apareció esa mañana.

    Muy temprano fue al potrero. Caminaba con pasos contenidos porque ya sabía que en cuanto taconeara iría dando botes por el corral. Arremangó la camisa, acomodó un tronco, tomó el hacha y asestó el primer golpe. Entonces, rechazado por el impulso de su propio hachazo, Pedro levantó vuelo.

    Prendido todavía del hacha, quedó un instante en suspensión levitando allá, a la altura de los techos; y luego bajó lentamente, bajó como un tenue vilano de cardo.

    Acudió su mujer cuando Pedro ya había descendido y, con una palidez de muerte, temblaba agarrado a un rollizo tronco.

    -¡Hebe! ¡Casi me caigo al cielo!

    -Tonterías. No puedes caerte al cielo. Nadie se cae al cielo. ¿Qué te ha pasado?

    Pedro explicó la cosa a su mujer y ésta, sin asombro, le convino:

    -Te sucede por hacerte el acróbata. Ya te lo he prevenido. El día menos pensado te desnucarás en una de tus piruetas.

    -¡No, no! -insistió Pedro-. Ahora es diferente. Me resbalé. El cielo es un precipicio, Hebe.

    Pedro soltó el tronco que lo anclaba pero se asió fuertemente a su mujer. Así abrazados volvieron a la casa.

    Hombre! -le dijo Hebe, que sentía el cuerpo de su marido pegado al suyo como el de un animal extrañamente joven y salvaje, con ansias de huir-. ¡Hombre, déjate de hacer fuerza, que me arrastras! Das unas zancadas como si quisieras echarte a volar.

    -¿Has visto, has visto? Algo horrible me está amenazando, Hebe. Un esguince, y ya comienza la ascensión.

    Esa tarde, Pedro, que estaba apoltronado en el patio leyendo las historietas del periódico, se rió convulsivamente, y con la propulsión de ese motor alegre fue elevándose como un ludión, como un buzo que se quita las suelas. La risa se trocó en terror y Hebe acudió otra vez a las voces de su marido. Alcanzó a agarrarle los pantalones y lo atrajo a la tierra. Ya no había duda. Hebe le llenó los bolsillos con grandes tuercas, caños de plomo y piedras; y estos pesos por el momento dieron a su cuerpo la solidez necesaria para tranquear por la galería y empinarse por la escalera de su cuarto. Lo difícil fue desvestirlo. Cuando Hebe le quitó los hierros y el plomo, Pedro, fluctuante sobre las sábanas, se entrelazó con los barrotes de la cama y le advirtió:

    -¡Cuidado, Hebe! Vamos a hacerlo despacio porque no quiero dormir en el techo.

    -Mañana mismo llamaremos al médico.

    -Si consigo estarme quieto no me ocurrirá nada. Solamente cuando me agito me hago aeronauta.

    Con mil precauciones pudo acostarse y se sintió seguro.

    -¿Tienes ganas de subir?

    -No. Estoy bien.

    Se dieron las buenas noches y Hebe apagó la luz.

    Al otro día cuando Hebe despegó los ojos vio a Pedro durmiendo como un bendito, con la cara pegada al techo.

    Parecía un globo escapado de las manos de un niño.

    -¡Pedro, Pedro! -gritó aterrorizada.

    Al fin Pedro despertó, dolorido por el estrujón de varias horas contra el cielo raso. ¡Qué espanto! Trató de saltar al revés, de caer para arriba, de subir para abajo. Pero el techo lo succionaba como succionaba el suelo a Hebe.

    -Tendrás que atarme de una pierna y amarrarme al ropero hasta que llames al doctor y vea qué pasa.

    Hebe buscó una cuerda y una escalera, ató un pie a su marido y se puso a tirar con todo el ánimo. El cuerpo adosado al techo se removió como un lento dirigible.

    Aterrizaba.

    En eso se coló por la puerta un correntón de aire que ladeó la leve corporeidad de Pedro y, como a una pluma, la sopló por la ventana abierta. Ocurrió en un segundo. Hebe lanzó un grito y la cuerda se le desvaneció, subía por el aire inocente de la mañana, subía en suave contoneo como un globo de color fugitivo en un día de fiesta, perdido para siempre, en viaje al infinito. Se hizo un punto y luego nada.
    Última edición por Yargo; 03/06/2009 a las 18:49
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  4. #44
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     



    I

    Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.

    La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.

    Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.

    Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.

    Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.

    Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido marco dorado.

    Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.

    No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.

    Su voz fue seca y fría.

    -Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.

    -De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?

    -Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emilia-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

    -Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos...

    -Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.

    -Pero, señorita Emilia...

    -Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos señores.



    II



    Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.

    “Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.

    Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.

    -¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.

    -¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?

    -No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.

    Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:

    -Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.

    Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.

    -Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace...

    -Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?

    Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.

    Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..

    Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.

    Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.

    No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.



    III



    La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena...

    Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler...

    Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige- y exclamaban:

    “¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.

    Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de...?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”

    Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.

    -Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.

    -Necesito un veneno -dijo.

    -¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom...

    -Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.

    El droguero le enumeró varios.

    -Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?

    -Quiero arsénico. ¿Es bueno?

    -¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea...?

    -Quiero arsénico.

    El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.

    -¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.

    La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.



    IV



    Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos....

    Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama....

    De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia había sido....

    Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer....

    Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él....

    Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven....

    Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.

    Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.

    Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.

    Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.

    Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.

    Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.



    V



    El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.

    Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.

    Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.

    El hombre yacía en la cama..

    Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.

    Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.
    Última edición por Yargo; 03/06/2009 a las 18:48
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     


    Cisco Kid había matado a seis hombres en pendencias más o menos honestas, había asesinado a dos mexicanos, y había dejado inútiles a otros muchos, a los cuales, modestamente, no se preocupó en contar. Por consiguiente, una mujer lo amaba.
    Cisco Kid tenía veinticinco años y aparentaba veinte; y una compañía de seguros celosa de su dinero hubiera calculado la probable fecha de su muerte fijándola alrededor de los veintiséis años. Se movía en una zona situada entre el Frío y el Río Grande. Mataba por afición... porque estaba de mal humor... para evitar que lo detuvieran... para divertirse... Había escapado de la captura porque podía disparar ocho décimas de segundo antes que cualquier sheriff o ranger de servicio, y porque montaba un caballo ruano que conocía al dedillo todas las vueltas y revueltas de los caminos, incluso de los de cabras, desde San Antonio a Matamoras.

    Tonia Pérez, la muchacha que amaba a Cisco Kid, era medio Carmen, medio Madona, y el resto -¡Oh, sí! Una mujer que es medio Carmen y medio Madona puede ser siempre algo más-, el resto era colibrí. Vivía en un jacal con techo de ramas cerca de un pequeño poblado mexicano en el Lone Wolf Crossing, del Frío. Con ella vivía un padre o abuelo, un descendiente de los aztecas, que tenía por lo menos mil años, pastoreaba un centenar de cabras y se pasaba la mayor parte del tiempo borracho, por culpa del mescal1. Detrás del jacal se extendía un inmenso bosque. A través de su espinosa espesura, el ruano llevaba a Kid a visitar a su novia. Y en cierta ocasión, trepando como una lagartija hasta el tejado de ramas, Kid había oído a Tonia, con su rostro de Madona y su belleza de Carmen y su alma de colibrí, hablar con el sheriff, negando conocer a su hombre en su dulce mezcolanza de inglés y castellano.

    Un día, el ayudante general del Estado, que es, ex officio, comandante de las fuerzas de rangers, escribió unas sarcásticas líneas al capitán Duval, de la Compañía X, estacionada en Laredo, acerca de la tranquila existencia que llevaban los asesinos y "desperados"2 en el territorio del susodicho capitán.

    La tez del capitán adquirió el color del ladrillo al leer aquellas líneas y se las remitió, con unos comentarios de cosecha propia, al teniente Sandridge, que estaba acampado en las inmediaciones de Nueces con un escuadrón de cinco hombres para mantener el orden y hacer cumplir la ley.

    El teniente Sandridge enrojeció intensamente, se metió la carta en el bolsillo y masticó uno de los extremos de sus largos bigotes.

    A la mañana siguiente ensilló su caballo y se dirigió, solo, al poblado mexicano del Lone Wolf Crossing, que se hallaba a veinte millas de distancia.

    Con sus seis pies de estatura, rubio como un vikingo, calmoso como un diácono, peligroso como una ametralladora, Sandridge fue de jacal en jacal en busca de noticias acerca de Cisco Kid.

    Mucho más que a la ley, los mexicanos temían la fría y segura venganza del jinete solitario por el cual se interesaba el ranger. Uno de los pasatiempos de Kid había consistido en disparar contra los mexicanos "para verles patalear": y si había hecho aquello para divertirse, ¿qué no sería capaz de hacer con alguien que provocara su furor? Uno a uno, los mexicanos fueron encogiéndose de hombros, llenado el aire de "¿Quién sabe?" y negando conocer a Cisco Kid.

    Pero había un hombre llamado Fink, que tenía una tienda en el Crossing..., un hombre de muchas nacionalidades, lenguas, intereses y modos de pensar.

    -Es inútil que les pregunte a los mexicanos -le dijo a Sandridge-. Tienen miedo. Ese hombre, al que llaman el Kid -su verdadero nombre es Goodall, ¿no?-, ha estado en mi tienda un par de veces. Creo que sé cómo podría atraparle usted..., pero no sería prudente por mi parte decírselo: tardo un par de segundos más en sacar el revólver de lo que tardaba antes, y el hecho merece ser tenido en cuenta tratándose de Cisco Kid. Lo que puedo decirle es que tiene una novia medio mexicana en el Crossing, y viene a verla con cierta frecuencia. Vive en el jacal que está a un centenar de yardas del arroyo, en el lindero del bosque. Tal vez ella... no, supongo que no lo haría; pero, de todos modos, el jacal sería un excelente lugar para vigilar.

    Sandridge se dirigió al jacal de Pérez. El sol estaba bajo, y la sombra de los grandes árboles cubría ya el tejado de ramas de la choza. Las cabras estaban encerradas para pasar la noche en una especie de corral construido con estacas junto a la cabaña. Unos cuantos chiquillos jugueteaban por los alrededores. El viejo mexicano estaba tendido en una manta sobre la hierba, atiborrado de mescal, soñando, quizás, en las noches en que él y Pizarro habían brindado por el Nuevo Mundo. Y en la puerta del jacal estaba Tonia, en pie. El teniente Sandridge, sin apearse de su montura, se quedó mirándola fijamente.

    Cisco Kid, al igual que todos los eminentes y afortunados asesinos, era una persona vanidosa. Su orgullo habría sufrido un rudo golpe de haber sabido que, con un simple intercambio de miradas, dos personas, en cuyas mentes estaba él desde hacía mucho tiempo, le olvidaban por completo (al menos momentáneamente).

    Tonia no había visto nunca un hombre como aquél. Parecía estar hecho de rayos de sol, piel sonrosada y agua clara. Al sonreír pareció iluminar la sombra de los árboles, como si hubiera vuelto a salir el sol. Los hombres que ella había conocido eran bajitos y morenos. Incluso Kid, a pesar de sus hazañas, no era mucho más alto que ella, con un pelo negro y liso y un rostro tan frío como el mármol.

    En cuanto a Tonia, tenía el pelo de color negro azulado y unos ojos enormes y llenos de la melancolía latina que le conferían su aspecto de Madona. Sus movimientos revelaban el fuego oculto y el deseo de agradar que había heredado de las gitanas españolas. Lo que de colibrí había en ella moraba en su corazón; no podía percibirse a menos que su brillante falda roja y su blusa azul le recordaran a uno aquel pájaro.

    El recién llegado pidió un vaso de agua. Tonia se lo sirvió de la jarra roja colgada de una rama, a la sombra. Sandridge estimó necesario descabalgar para hacer menos embarazosa la situación.

    No hago de espía; ni pretendo conocer los pensamientos de cualquier corazón humano; pero afirmo, con mi derecho de cronista, que antes de que hubiera transcurrido un cuarto de hora, Sandridge le estaba enseñando a Tonia a tejer una cuerda con fibras vegetales y Tonia le había explicado a Sandridge que, de no haber sido por el pequeño libro inglés que su peripatético padre le había regalado y por el pequeño chivo tullido, se hubiera sentido muy sola.

    Lo cual conduce a la sospecha de que las defensas de Kid necesitaban una reparación, y de que el sarcasmo del ayudante general había caído sobre un terreno improductivo.

    En su campamento, el teniente Sandridge anunció y reiteró su intención de acabar con las andanzas de Cisco Kid, abatiéndolo sobre las praderas del Frío o arrastrándolo a la presencia de un juez y de un jurado. La cosa no parecía fácil. Y necesitaba una cuidadosa preparación. Dos veces a la semana, Sandridge se dirigía al jacal de Pérez y conducía los inexpertos dedos de Tonia por los intrincados caminos que había que recorrer para tejer una cuerda con fibras vegetales. Tejer una cuerda es difícil de aprender y fácil de enseñar.

    El ranger sabía que podía encontrar a Kid allí en cualquiera de sus visitas. Por lo tanto, durante sus estancias en el jacal, se mantenía ojo avizor, con la artillería siempre a punto y sin perder de vista la parte trasera de la cabaña. Así podría abatir al milano y al colibrí con una sola piedra.

    Mientras el rubio ornitólogo proseguía sus estudios, Cisco Kid atendía también sus obligaciones profesionales. Armó una trifulca en una cantina de un pequeño pueblo ganadero en Quintana Creek, liquidó al sheriff (haciendo que la bala agujereara limpiamente su estrella de latón) y luego ahuecó el ala, malhumorado e insatisfecho. Ningún verdadero artista se enorgullece de haber matado a un viejo armado con un antiguo cacharro del 38.

    En su camino, Kid experimentó súbitamente el deseo que experimentan todos los hombres cuando su propia conducta los ha dejado insatisfechos. Deseó que la mujer a la que amaba le asegurase que era suya a pesar de todo. Deseó que Tonia le sirviera agua de la jarra roja colgada a la sombra del árbol, y que le contara cómo se tomaba el biberón el chivo.

    Kid volvió la cabeza del ruano hacia los chaparrales de diez millas de longitud que se extienden por Arroyo Hondo hasta terminar en el Lone Wolf Crossing, del Frío. El ruano relinchó alegremente, ya que poseía el mismo sentido de la orientación que un caballo que trabaja uncido a un carro y sabía que al final de aquel trayecto lo esperaba una sabrosa ración de hierba de mesquite.

    Cabalgar a través de un chaparral tejano resulta más aburrido y solitario que una exploración amazónica. Las multiformes variedades de cactos jalonan el camino, extendiendo sus retorcidos miembros para hacerlo intransitable. Y la "planta del diablo", que parece vivir sin tierra ni lluvia, aumenta las dificultades del viajero, tendiendo ante él una inextricable red espinosa.

    Perderse en un chaparral significa sufrir la muerte del ladrón en la cruz, traspasado por clavos y con grotescas formas demoníacas revoloteando a su alrededor.

    Pero ése no era el caso de Kid y su montura. Dando vueltas y revueltas, abriéndose paso por los lugares más inverosímiles, el buen ruano fue acortando insensiblemente la distancia que les separaba del Lone Wolf Crossing.

    Mientras avanzaban, Kid cantaba. No sabía más que una canción y la cantaba, del mismo modo que sólo conocía un código y lo vivía, y sólo conocía a una muchacha y la amaba. Era un hombre sencillo, de ideas convencionales. Tenía una voz parecida a la de un coyote acatarrado, pero cuando había decidido cantar, cantaba. Era una canción muy popular en los campamentos, que empezaba con estas palabras:

    No bromees con mi novia Lulú,
    si no quieres tener un disgusto...


    El ruano estaba acostumbrado a la canción... y a la voz, y no le importaba.

    Pero, incluso el peor de los cantantes acaba por cansarse de contribuir a los ruidos del mundo. De modo que Kid, cuando se encontraba a un par de millas del jacal de Tonia, había dejado de cantar... no porque sus gorgoritos sonaran desagradablemente a sus propios oídos, sino porque sus músculos laríngeos estaban fatigados.

    Como si estuviera en la pista de un circo, el ruano giró y danzó a través del laberinto de maleza hasta que el jinete supo, por ciertos detalles del terreno, que el Lone Wolf Crossing se encontraba cerca. Luego, a medida que la maleza se hacía menos tupida, Kid divisó el tejado de ramas del jacal. Unos metros más allá, Kid detuvo al ruano, desmontó y siguió avanzando a pie, tan silenciosamente como un indio. El ruano, conociendo su papel, permaneció completamente inmóvil, sin producir el menor ruido.

    Kid se deslizó silenciosamente hasta el mismo borde del chaparral y se escondió entre las hojas de un grupo de cactos.

    A diez metros de su escondrijo, y a la sombra del jacal, vio a su Tonia tejiendo tranquilamente una cuerda vegetal. La ocupación en sí no era condenable; todo el mundo sabe que las mujeres, de cuando en cuando, tienen los más raros caprichos. Pero, para decirlo todo, hay que añadir que la cabeza de Tonia reposaba contra el ancho y cómodo pecho de un hombre alto y rubio, y que el brazo del hombre rodeaba los hombros de la muchacha, guiando sus pequeños dedos en una tarea que, al parecer, precisaba de continuas lecciones.

    Sandridge miró rápidamente hacia la oscura masa del chaparral al oír un leve ruido que no le resultaba desconocido. Un pistolero puede hacer aquel ruido al empuñar repentinamente su revólver. Pero el sonido no se repitió; y los dedos de Tonia necesitaban una cuidadosa atención.

    Luego, Tonia y el hombre alto y rubio empezaron a hablar de su amor; y en la plácida tarde de julio, todas las palabras que pronunciaban llegaron a oídos de Kid.

    -Recuerda que no debes volver hasta que yo te avise -decía Tonia-. No tardará en presentarse. Un vaquero ha dicho hoy en la tienda que lo vio en Guadalupe hace tres días. Cuando está tan cerca, siempre viene. Y si llega y te encuentra aquí, te matará. De modo que, por favor, no vengas hasta que yo te avise.

    -De acuerdo -dijo el ranger-. Y entonces, ¿qué?

    -Entonces -dijo la muchacha-, tienes que venir con tus hombres y matarlo. Si no, él te matará a ti.

    -No es un hombre que se deje detener, desde luego -dijo Sandridge-. El oficial que se enfrente a Cisco Kid tiene que estar dispuesto a matar o morir.

    -Tienes que matarlo -dijo la muchacha-. Si no lo haces, no habrá paz en el mundo para ti ni para mí. Ha matado a muchos hombres. De modo que merece la muerte. Tráete a tus hombres, y no le dejes ninguna posibilidad de escapar.

    -Antes no pensabas eso de él -dijo Sandridge.

    Tonia dejó caer la cuerda que estaba tejiendo, y rodeó el cuello del ranger con un brazo de color limón.

    -Antes -murmuró en un fluido castellano- no te conocía a ti, amor mío. Y tú eres cariñoso y bueno, además de fuerte. ¿Cómo podría pensar en él, después de conocerte a ti? Tiene que morir, para que el miedo de que pueda hacernos algún daño no llene mis días y mis noches.

    -¿Cómo sabré que ha venido? -preguntó Sandridge.

    -Cuando viene -dijo Tonia-, suele quedarse dos días, y a veces tres. Gregorio, el hijo de la vieja Luisa, la lavandera, tiene una yegua muy rápida. Te escribiré una carta, diciéndote cómo puedes atraparlo. Gregorio te la llevará; no vengas solo, querido, y ten mucho cuidado, ya que la serpiente de cascabel no es más rápida en su ataque que el Chivato, como llaman a Kid, en "sacar".

    -Kid es muy rápido con su revólver, desde luego -admitió Sandridge-, pero cuando venga aquí a por él vendré solo. El capitán me escribió unas cuantas cosas que me hicieron desear capturar a Kid sin la ayuda de nadie. Hazme saber cuando llegue Mr. Kid, y yo me encargaré del resto.

    -Te enviaré el mensaje por medio de Gregorio -dijo la muchacha-. Sé que eres más valiente que aquel pequeño asesino, que nunca sonríe. ¿Cómo es posible que haya podido estar interesada por él?

    El ranger se dispuso a regresar a su campamento. Antes de montar en su caballo levantó a Tonia del suelo con un solo brazo y se despidió cariñosamente de ella. La bochornosa tarde veraniega volvió a sumirse en una profunda quietud. El humo del fuego que ardía en el jacal, donde los frijoles hervían en la olla de hierro, surgía tan recto como una plomada por encima de la chimenea de arcilla. Ningún sonido ni movimiento turbaba la calma que envolvía al chaparral.

    Cuando la forma de Sandridge hubo desaparecido, Kid se deslizó hasta el lugar donde se hallaba su propio caballo, montó en él y retrocedió por el tortuoso camino que había seguido al venir.

    Pero no llegó muy lejos. Se detuvo a esperar en las silenciosas profundidades del chaparral hasta que transcurrió media hora. Poco después, Tonia oyó las notas desafinadas de su canción, cada vez más cerca; y corrió hacia el lindero del chaparral para recibirlo.

    Kid no sonreía casi nunca; pero sonrió y agitó su sombrero cuando vio a Tonia. Desmontó, y la muchacha se echó en sus brazos. Kid la contempló cariñosamente. Su rostro moreno, que habitualmente estaba tan rígido como una máscara de arcilla, parecía sacudido por una corriente subterránea de sentimientos.

    -¿Cómo está mi muchacha? -preguntó, abrazándola.

    -Enferma de tanto esperar, querido -respondió Tonia-. Me duelen los ojos de tanto mirar hacia el chaparral, esperando verte aparecer. Pero ahora estás aquí, amor mío, y soy completamente feliz. ¡Qué mal muchacho! No venir a ver a su alma más a menudo... Entra y descansa; yo cuidaré de abrevar a tu caballo y lo trabaré. En la jarra hay agua fresca para ti.

    Kid la besó afectuosamente.

    -No puedo permitir que una dama cuide de mi caballo -dijo-. Pero si me preparas un poco de café mientras yo lo atiendo, chica, te quedaré eternamente agradecido.

    Además de su habilidad con el revólver, Kid poseía otra cualidad por la que se admiraba mucho a sí mismo. Era muy caballero, como dicen los mexicanos, en lo que respecta a las damas. Siempre las había tratado con el mayor respeto. No podía hablarle rudamente a una mujer. Podía asesinar despiadadamente a sus maridos y hermanos, pero era incapaz de alzar un dedo contra una mujer. Muchas personas que lo habían tratado superficialmente se mostraban reacias a creer las historias que circulaban acerca de Mr. Kid. Y cuando les presentaban pruebas de algún hecho infamante cometido por él, decían que tal vez lo habían obligado a hacerlo, y que, de todos modos, sabía tratar a una dama.

    Teniendo en cuenta ese aspecto de la idiosincrasia de Kid y lo orgulloso que se sentía de él, no resulta difícil intuir que el problema que se le planteaba después de lo que había visto y oído desde su escondrijo aquella tarde (al menos en lo que respecta a uno de los actores) era de los más peliagudos. Y, sin embargo, no cabía imaginar a Cisco Kid atosigado por asunto de tan poca monta.

    Después del breve crepúsculo, se reunieron alrededor de una cena compuesta de frijoles, filetes de cabra, melocotón en conserva y café, a la luz de un farol en el interior del jacal. Más tarde, el antepasado se fumó un cigarrillo y se convirtió en una momia envuelta en una manta gris. Tonia lavó los escasos platos mientras Kid los secaba con un trozo de saco de harina. Los ojos de Tonia brillaban; charló volublemente de los triviales acontecimientos que se habían producido en su pequeño mundo desde la última visita de Kid; los mismos que en las anteriores visitas.

    Luego salieron al exterior y Tonia se tendió en una hamaca de hierba con su guitarra y cantó melancólicas canciones de amor.

    -¿Sigues queriéndome igual, nena? -preguntó Kid, liando un cigarrillo.

    -Exactamente igual, amor mío -dijo Tonia, acariciándolo con sus oscuros ojos.

    Se produjo un corto silencio. Al cabo de un rato, Kid se puso en pie y dijo:

    -Voy a llegarme a casa de Fink para comprar tabaco. Creí que llevaba otro paquete, pero se me ha terminado. Regresaré dentro de un cuarto de hora.

    -Date prisa -dijo Tonia-. Y, dime... ¿Cuánto vas a quedarte esta vez? ¿Te irás mañana, dejándome con mi pesar, o te quedarás más tiempo con tu Tonia?

    -¡Oh! Esta vez puedo quedarme dos o tres días -dijo Kid bostezando-. He estado huyendo durante un mes, y quiero descansar un poco.

    Cuando regresó, al cabo de media hora, Tonia seguía tendida en la hamaca.

    -Me sucede una cosa muy rara -dijo el Kid-. Tengo la sensación de que hay alguien emboscado detrás de los arbustos, dispuesto a matarme. Nunca me había pasado una cosa así. Tendré que marcharme antes de que amanezca. La región de Guadalupe está en ascuas desde que me cargué a aquel viejo sheriff.

    -No tendrás miedo... Nadie puede asustar a mi valiente.

    -Bueno, hasta ahora nadie puede decir que soy un conejo cuando llega el momento de dar la cara; pero no me gustaría tener complicaciones mientras me encuentro en tu jacal. Podría perjudicarte a ti...

    -Quédate con tu Tonia, aquí no te encontrará nadie.

    Kid contempló pensativamente, a través de la oscuridad, las lejanas luces del poblado mexicano.

    -Ya hablaremos de eso más tarde -decidió.

    A medianoche, un jinete se presentó en el campamento de los rangers, gritando desaforadamente para señalar su presencia e indicar que sus intenciones eran pacíficas. Sandridge y uno de sus hombres acudieron a su encuentro. El jinete se presentó a sí mismo diciendo que se llamaba Domingo Sales y vivía en el Lone Wolf Crossing. Traía una carta para el señor Sandridge. La vieja Luisa, la lavandera, lo había convencido para que la trajera, porque su hijo Gregorio estaba enfermo y no podía cabalgar.

    Sandridge encendió un farol y leyó la carta.

    "Querido mío:

    Ya ha llegado. Apenas te habías marchado cuando se presentó. Al principio, dijo que se quedaría dos o tres días. Luego, pareció cambiar de idea y dijo que se marcharía antes de que amaneciera, y me habló de un modo muy raro, como si sospechara que no le he sido fiel. Estoy muy asustada. Le he jurado que lo amo, que sigo siendo su Tonia. Y él me ha dicho que tengo que demostrarle que soy sincera. Cree que hay hombres emboscados entre los arbustos, dispuestos a matarlo en cuanto se marche del jacal. Para huir, dice que se pondrá mis ropas, la falda roja, la blusa azul y la mantilla en la cabeza. Pero antes tengo que ponerme yo sus pantalones, su camisa y su sombrero, y salir del jacal montada en su caballo, dar unas vueltas por el chaparral y regresar. Así podrá ver si soy sincera y si hay hombres emboscados en el chaparral para matarlo. Es horrible. Eso será una hora antes de que amanezca. Ven, querido, y mata a ese hombre. No trates de cogerlo vivo. Mátalo en cuanto le eches la vista encima. No quiero que corras riesgos inútiles. Puedes venir antes de la hora que te he indicado y esconderte en el pequeño cobertizo que hay cerca del jacal, donde guardamos el carro y los arreos. Nadie te verá. Él llevará mi falda roja, mi blusa azul y mi mantilla negra. Te envío un millar de besos. Dispara contra él en cuanto le eches la vista encima. Es lo más seguro. Siempre tuya,

    Tonia."

    Sandridge explicó rápidamente a sus hombres la parte oficial de la misiva. Los rangers se mostraron reacios a dejarlo marchar solo.

    -Será coser y cantar -dijo el teniente-. La muchacha le tiene bien atrapado. No podrá escapar.

    Sandridge ensilló su caballo y cabalgó hacia el Lone Wolf Crossing. Ató al animal detrás de un macizo de arbustos junto al arroyo, cogió su Winchester y se acercó cautelosamente al jacal de Pérez. La luna, que se encontraba en su cuarto menguante, quedaba oculta a intervalos detrás de unas grandes nubes de color lechoso.

    El cobertizo era un lugar excelente para apostarse; y el teniente se acomodó en él. Tuvo que esperar casi una hora antes de que dos figuras salieran del jacal. Una, vestida de hombre, montó rápidamente en el caballo que estaba delante de la cabaña y emprendió un rápido galope en dirección al poblado. La otra figura, vestida con una falda roja, una blusa azul y una mantilla negra, permaneció en pie a la débil claridad de la luna, contemplando al jinete que se alejaba. Sandridge pensó que sería mejor aprovechar la ocasión antes de que Tonia regresara. Imaginaba que el espectáculo no sería de su agrado.

    -¡Arriba las manos! -ordenó, en voz alta, saliendo del cobertizo con la culata del Winchester apoyada en el hombro.

    La figura se volvió rápidamente, pero no hizo ningún movimiento que demostrara que estaba dispuesta a obedecer; el ranger apretó el gatillo una, dos, tres veces... y luego dos veces más. Tratándose de Cisco Kid, había que asegurarse bien. A aquella distancia no podía fallar el tiro, ni siquiera en la semioscuridad que lo rodeaba.

    El viejo antepasado, dormido en su manta, se despertó con el ruido de los disparos. Tendió el oído y escuchó el grito que profería un hombre aquejado de un intenso dolor o de una enorme angustia, y se levantó gruñendo contra las "tonterías de los modernos".

    El alto y enrojecido fantasma de un hombre irrumpió en el jacal, blandiendo una carta en una mano. Se acercó a la luz del farol y gritó:

    -¡Mire esta carta, Pérez! ¿Quién la ha escrito?

    -¡Ah! Es el señor Sandridge -murmuró el viejo, acercándose-. Pues, señor, esa carta la escribió el Chivato..., el novio de Tonia. Dicen que es un hombre malo; yo no lo sé. Mientras Tonia dormía, escribió la carta y le encargó a Domingo Sales que se la llevara a usted. ¿Ocurre algo? Yo soy muy viejo y no sé nada. ¡Válgame Dios! Este mundo está cada día más loco; y no hay nada en la casa para beber..., nada para beber.

    Lo único que Sandridge pudo hacer fue salir del jacal y dejarse caer boca abajo en el suelo, junto a su pequeño colibrí que ahora no agitaba ni una sola de sus plumas. Sandridge no era caballero por instinto, y no podía comprender los refinamientos de la venganza.

    A una milla de distancia, el jinete que poco antes había emprendido un rápido galope en dirección al poblado, rompió a cantar, con voz de coyote acatarrado, una canción que empezaba con las siguientes palabras:

    No bromees con mi novia Lulú,
    si no quieres tener un disgusto...
    Última edición por Yargo; 03/06/2009 a las 18:47
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     


    I

    Yo no quiero decir cómo es ella. Si digo que es rubia se imaginarán una mujer rubia, pero no será ella. Ocurrirá como con el nombre: si digo que se llama Elsa se imaginarán cómo es el nombre Elsa; pero el nombre Elsa de ella es otro nombre Elsa. Ni siquiera podrían imaginarse cómo es una peinilla que ella se olvidó en mi casa; aunque yo dijera que tiene 26 dientes, el color, más aun, aunque hubieran visto otra igual, no podrían imaginarse cómo es precisamente, la peinilla que ella se olvidó en mi casa.

    II

    Yo quiero decir lo que me pasa a mí. ¿Y saben para qué?, pues, para ver si diciendo lo que me pasa, deja de pasarme. Pero entiéndase bien; me pasa una cosa mala, horrible: ya lo verán. Sé que por más bien que yo llegara a decirla, ocurrirá como con la peinilla y lo demás; no se imaginarán exactamente cómo es lo malo que me pasa; pero el interés que yo tengo es ver si deja de pasarme tanto lo malo que se imaginarán, lo malo que en realidad me pasa.

    III

    Elsa no es precisamente una de las tantas muchachas que no me aman: ella no me amará dentro de poco tiempo, porque ahora ella me ama. Nos hemos visto muy pocas voces; ella está muy lejos; nuestro amor se mantiene por correspondencia; pero yo tengo la convicción, yo afirmo categóricamente, yo creo absolutamente -ya explicaré ampliamente por qué tengo esta fiebre de afirmar- yo vuelvo a afirmar que dada la manera de ser de ella, dejará muy pronto de amarme, porque ella no podrá resistir el amor por correspondencia. Yo sí, pero ella no.

    IV

    De lo que ya no existe, se habla con indiferencia o con frialdad; pero yo hablo con dolor, porque hablo antes de que deje de existir y sabiendo que dejará de existir: recuérdese cómo lo afirmé.

    Cuando espero algo, siento como si alguien -llámese Dios, destino o como quiera- tratara de demostrarme que la cosa que espero no llega o no ocurre como yo esperaba. Entonces, cuando yo tengo interés en que una cosa no ocurra, empiezo a pensar que ocurrirá, para burlarme de ese alguien si la cosa llega u ocurre, para hacerle ver que yo la preveía; y él por no dar su brazo a torcer no me da ese gusto y la cosa ocurre; pero he aquí que al final triunfo yo, porque precisamente lo que más deseaba era que no ocurriera. También debo decir que ese alguien suele sorprenderme dejándose burlar, y que yo triunfe aparentemente y quede derrotado íntimamente: pero esto ocurre las menos de las veces.

    Para ser franco, diré que yo no creo en ese alguien, que a ese alguien lo creamos, y para crearlo lo suponemos al revés y al derecho. Pero cuando nos encontramos frente a un gran dolor, volvemos a pensar al revés y al derecho por si llega a ser cierto que existe. Ahora yo pienso que a lo mejor existe, y que a lo mejor no da su brazo a torcer, y por llevarme la contra hace que no ocurra lo de que ella deje de amarme, puesto que yo afirmo que ocurrirá. Así mismo tengo temor de que ese alguien se deje vencer y la cosa ocurra como en las menos veces: pero yo tengo más esperanza del otro modo: al revés que al derecho. Tendría esperanza aun cuando viera que estoy a punto de que ella no me ame; pues con más razón tengo esperanza ahora que ella me ama normalmente.

    Bueno, en total quiero dejar constancia de que tengo la convicción, de que afirmo categóricamente, y que creo absolutamente, que Elsa se diferencia de las demás muchachas, en que ninguna de las otras me ama, y que ella dejará muy pronto de amarme.
    Última edición por Yargo; 03/06/2009 a las 18:47
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     





    La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se le ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco. Tornose luego transparente el acero blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la carretera.
    Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban. Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita, detrás de las pupilas.

    La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris.

    A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos, embutidos en el acero blanco.

    También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. Algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las cañas dieron esas techumbres por las que nunca rueda agua.

    La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí, desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un punto negro, después, como una piedra que hubieran dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de bronce, pequeñín, con los ojos llenos de luz, y se agarraba a la madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo menos, de aquella criatura desnuda y gritona.

    La casa estaba allí cerca, pero no podía verse.

    A medida que se avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico se dijo: "Un becerro, sin duda, estropeado por un auto".

    Tendió la vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con pajonales, como si fuera esa colina sólo un montoncito de arena apilada por los vientos. El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves rapaces.

    Más cerca ya, Quico vio que era persona. Oyó distintamente los gritos del niño.

    El marido le había pegado. Por la única habitación del bohío, caliente como horno, la persiguió, tirándole de los cabellos y machacándole la cabeza a puñetazos.

    -¡Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una perra, desvergonsá!

    -Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó -quería ella explicar.

    -¿Que no? ¡Ahora verás!

    Y volvía a golpearla.

    El niño se agarraba a las piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía evitarlo. Él veía la mujer sangrando por la nariz. La sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar, de gritar mucho. De seguro mamá moriría si seguía sangrando.

    Todo fue porque la mujer no vendió la leche de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas, cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se había cortado la leche; la verdad es que la bebió el niño. Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera hambre tanto tiempo.

    Le dijo después que se marchara con su hijo:

    -¡Te mataré si vuelves a esta casa!

    La mujer estaba tirada en el piso de tierra; sangraba mucho y nada oía. Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera. Y se quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia.

    Quico tenía agua para dos días más de camino, pero la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa listada para limpiarla de sangre. Chepe entró por el patio.

    -¡Te dije que no quería verte má aquí, condená!

    Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco, transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era estopa y las córneas estaban rojas.

    Quico le llamó la atención; pero él, medio loco, amenazó de nuevo a su víctima. Iba a pegarle ya. Entonces fue cuando se entabló la lucha entre los dos hombres.

    El niño pequeñín comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en la falda de su mamá.

    La lucha era como una canción silenciosa. No decían palabra. Sólo se oían los gritos del muchacho y las pisadas violentas.

    La mujer vio cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Éste comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía la sangre al rostro.

    Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó. Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo.

    La tierra del piso absorbía aquella sangre tan roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella.

    La mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía. Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta, sólo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie, la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y cactos embutidos en el acero.
    Última edición por Yargo; 03/06/2009 a las 18:46
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  8. #48
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

    wou interesante e intentado de leerlos todo pero el bendito msn no me deja...e intendado cerrarlo pero es un vicio ya saben...
    buscare relatos cortos tambien =) graccias por tu aporte =3 me esta gustando leer =3
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  9. #49
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     


    Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.

    El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

    Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

    El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

    Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

    Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

    Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

    —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

    El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

    —A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

    —¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?

    —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.

    Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

    Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.

    Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

    Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

    Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

    Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

    No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

    Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

    —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

    Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

    —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

    Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

    —De nuestros hijos, ¿me parece?

    —Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

    Esta vez Mazzini se expresó claramente:

    —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

    —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.

    —¿Qué no faltaba más?

    —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

    Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

    —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

    —Como quieras; pero si quieres decir...

    —¡Berta!

    —¡Como quieras!

    Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

    Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

    Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

    Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

    Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

    —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?

    —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

    Ella se sonrió, desdeñosa:

    —¡No, no te creo tanto!

    —Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!

    —¡Qué! ¿Qué dijiste?...

    —¡Nada!

    —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

    Mazzini se puso pálido.

    —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

    —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

    Mazzini explotó a su vez.

    —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

    Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.

    Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

    A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

    El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

    —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

    Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

    —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

    Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

    Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

    Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

    De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

    Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

    Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

    —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

    —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

    —Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

    Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

    —Me parece que te llama—le dijo a Berta.

    Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

    —¡Bertita!

    Nadie respondió.

    —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

    Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

    —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

    Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

    —¡No entres! ¡No entres!

    Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
    Última edición por Yargo; 03/06/2009 a las 18:45
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  10. #50
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     
    Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal -una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.


    Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.


    ¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba "algo raro" en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.


    Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda.


    Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.


    Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.


    -No -piensa, mientras se arropa en las cobijas-, no dormiré otra noche solo.


    Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre -pues es un hombre de costumbres- lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?


    En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa -la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito- persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.


    Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.


    -¡Pero si sólo está en la calle del lado! -se dice a veces.


    ¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no... probablemente la semana que viene... muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield.


    ¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.


    Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.


    Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:

    -¡Wakefield, Wakefield, estás loco!


    Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba -digámoslo en sentido figurado- a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir "pronto regresaré", sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.


    Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.


    Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches.


    El suceso feliz -suponiendo que lo fuera- sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.
    Última edición por Yargo; 03/06/2009 a las 18:44
    Cita Iniciado por Zparda Ver mensaje
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     
    La tarde de agosto había caído, gris y cálida, y un aire tibio, un recuerdo del verano, circulaba por las calles. La calle, los comercios cerrados por el descanso dominical, bullía con una multitud alegremente abigarrada. Como perlas luminosas, las lámparas alumbraban de encima de los postes estirados y por sobre la textura viviente de abajo, que variaba de forma y de color sin parar y lanzaba al aire gris y cálido de la tarde un rumor invariable que no cesa.

    Dos jóvenes bajaban la cuesta de Rutland Square. Uno de ellos acababa de dar fin a su largo monólogo. El otro, que caminaba por el borde del contén y que a veces se veía obligado a bajar un pie a la calzada, por culpa de la grosería de su acompañante, mantenía su cara divertida y atenta. Era rubicundo y rollizo. Usaba una gorra de yatista echada frente arriba y la narración que venía oyendo creaba olas expresivas que rompían constantemente sobre su cara desde las comisuras de los labios, de la nariz y de los ojos. Breves chorros de una risa sibilante salían en sucesión de su cuerpo convulso. Sus ojos titilando con un contento pícaro echaban a cada momento miradas de soslayo a la cara de su compañero. Una o dos veces se acomodó el ligero impermeable que llevaba colgado de un hombro a la torera. Sus bombachos, sus zapatos de goma blancos y su impermeable echado por encima expresaban juventud. Pero su figura se hacía rotunda en la cintura, su pelo era escaso y canoso, y su cara, cuando pasaron aquellas olas expresivas, tenía aspecto estragado.

    Cuando se aseguró de que el cuento hubo acabado se rió ruidoso por más de medio minuto. Luego dijo:

    -¡Vaya!... ¡Ese sí que es el copón divino!

    Su voz parecía batir el aire con vigor; y para dar mayor fuerza a sus palabras añadió con humor:

    -¡Ese sí que es el único, solitario y si se me permite llamarlo así, recherché copón divino!

    Al decir esto se quedó callado y serio. Tenía la lengua cansada, ya que había hablado toda la tarde en el pub de la Calle Dorset. La mayoría de la gente consideraba a Lenehan un sanguijuela, pero a pesar de esa reputación, su destreza y elocuencia evitaba siempre que sus amigos la cogieran con él. Tenía una manera atrevida de acercarse a un grupo en la barra y de mantenerse sutilmente al margen hasta que alguien lo incluía en la primera ronda. Vago por deporte, venía equipado con un vasto repertorio de adivinanzas, cuentos y cuartetas. Era, además, insensible a toda descortesía. Nadie sabía realmente cómo cumplía la penosa tarea de mantenerse, pero su nombre se asociaba vagamente a papeletas y a caballos.

    -¿Y dónde fue que la levantaste, Corley? -le preguntó.

    Corley se pasó rápido la lengua sobre el labio de arriba.

    -Una noche, chico -le dijo-, que iba yo por Calle Dame y me veo a esta tipa tan buena parada debajo del reloj de Waterhouse y cojo y le doy, tú sabes, las buenas noches. Luego nos damos una vuelta por el canal y eso, y ella que me dice que es criadita en una casa de la Calle Baggot. Le eché el brazo por arriba y la apretujé un poco esa noche. Entonces, el domingo siguiente, chico, tengo cita con ella y nos vemos. Nos fuimos hasta Donnybrook y la metí en un sembrado. Me dijo que ella salía con un lechero... ¡La gran vida, chico! Cigarrillos todas las noches y ella pagando el tranvía a la ida y a la venida. Una noche hasta me trajo dos puros más buenos que el carajo. Panetelas, tú sabes, de las que fuma el caballero... Yo que, claro, chico, tenía miedo de que saliera preñada. Pero, ¡tiene una esquiva!

    -A lo mejor se cree que te vas a casar con ella -dijo Lenehan.

    -Le dije que estaba sin pega -dijo Corley-. Le dije que trabajaba en Pim's. Ella ni mi nombre sabe. Estoy demasiado asustado para decirle eso. Pero se cree que soy de buena familia, para que tú lo sepas.

    Lenehan se rió de nuevo, sin hacer ruido.

    -De todos los cuentos buenos que he oído en mi vida -dijo-, ese sí que de veras es el copón divino.

    Corley reconoció el cumplido en su andar. El vaivén de su cuerpo macizo obligaba a su amigo a bailar la suiza del contén a la calzada y viceversa. Corley era hijo de un inspector de policía y había heredado de su padre la caja del cuerpo y el paso. Caminaba con las manos al costado, muy derecho y moviendo la cabeza de un lado al otro. Tenía la cabeza grande, de globo, grasosa; sudaba siempre, en invierno y en verano; y su enorme bombín, ladeado, parecía un bombillo saliendo de un bombillo. La vista siempre al frente, como si estuviera en un desfile, cuando quería mirar a alguien en la calle, tenía que mover todo su cuerpo desde las caderas. Por el momento estaba sin trabajo. Cada vez que había un puesto vacante uno de sus amigos le pasaba la voz. A menudo se le veía conversando con policías de paisano, hablando con toda seriedad. Sabía dónde estaba el meollo de cualquier asunto y era dado a decretar sentencia. Hablaba sin oír lo que decía su compañía. Hablaba mayormente de sí mismo: de lo que había dicho a tal persona y lo que esa persona le había dicho y lo que él había dicho para dar por zanjado el asunto. Cuando relataba estos diálogos aspiraba la primera letra de su nombre, como hacían dos florentinos.

    Lenehan ofreció un cigarrillo a su amigo. Mientras los dos jóvenes paseaban por entre la gente, Corley se volvía ocasionalmente para sonreír a una muchacha que pasaba, pero la vista de Lenehan estaba fija en la larga luna pálida con su hado doble. Vio con cara seria cómo la gris telaraña del ocaso atravesaba su faz. Al cabo dijo:

    -Bueno... dime, Corley, supongo que sabrás cómo manejarla, ¿no?

    Corley, expresivo, cerró un ojo en respuesta.

    -¿Sirve ella? -preguntó Lenehan, dudoso-. Nunca se sabe con las mujeres.

    -Ella sirve
    -dijo Corley-. Yo sé cómo darle la vuelta, chico. Está loquita por mí.

    -Tú eres lo que yo llamo un tenorio contento -dijo Lenehan-. ¡Y un don Juan muy serio también!

    Un dejo burlón quitó servilismo a la expresión. Como vía de escape tenía la costumbre de dejar su adulonería abierta a interpretaciones de burla. Pero Corley no era muy sutil que digamos.

    -No hay como una buena criadita -afirmó-. Te lo digo yo.

    -Es decir, uno que las ha levantado a todas -dijo Lenehan.

    -Yo primero salía con muchachas de su casa, tú sabes -dijo Corley, destapándose-. Las sacaba a pasear, chico, en tranvía a todas partes y yo era el que pagaba, o las llevaba a oír la banda o a una obra de teatro o les compraba chocolates y dulces y eso. Me gastaba con ellas el dinero que daba gusto -añadió en tono convincente, como si estuviera consciente de no ser creído.

    Pero Lenehan podía creerlo muy bien; asintió, grave.

    -Conozco el juego -dijo-, y es comida de bobo.

    -Y maldito sea lo que saqué de él -dijo Corley.

    -Ídem de ídem -dijo Lenehan.

    -Con una excepción -dijo Corley.

    Se mojó el labio superior pasándole la lengua. El recuerdo lo encandiló. Él, también, miró al pálido disco de la luna, ya casi velado, y pareció meditar.

    -Ella estaba... bastante bien -dijo con sentimiento. De nuevo se quedó callado. Luego, añadió:

    -Ahora trabaja la calle. La vi montada en un carro con dos tipos, abajo en la Calle Earl, una noche.

    -Supongo que por tu culpa -dijo Lenehan.

    -Hubo otros antes que yo -dijo Corley, filosófico.

    Esta vez Lenehan se sentía inclinado a no creerle. Movió la cabeza de un lado a otro y sonrió.

    -Tú sabes que tú no me puedes andar a mí con cuentos, Corley -dijo.

    -¡Por lo más sagrado! -dijo Corley-. ¿No me lo dijo ella misma?

    Lenehan hizo un gesto trágico.

    -¡Triste traidora! -dijo.

    Al pasar por las rejas de Trinity College, Lenehan saltó al medio de la calle y miró al reloj arriba.

    -Veinte pasadas -dijo.

    -Hay tiempo -dijo Corley-. Ella va a estar allí. Siempre la hago esperar un poco.

    Lenehan se rió entre dientes.

    -¡Anda! Tú sí que sabes cómo manejarlas, Corley -dijo.

    -Me sé bien todos sus truquitos -confesó Corley.

    -Pero dime -dijo Lenehan de nuevo-, ¿estás seguro de que te va a salir bien? No es nada fácil, tú sabes. Tocante a eso son muy cerradas. ¿Eh?... ¿Qué?

    Lenehan no dijo más. No quería acabarle la paciencia a su amigo, que lo mandara al demonio y luego le dijera que no necesitaba para nada sus consejos. Hacía falta tener tacto. Pero el ceño de Corley volvió a la calma pronto. Tenía la mente en otra cosa.

    -Es una tipa muy decente -dijo, con aprecio-, de veras que lo es.

    Bajaron por la Calle Nassau y luego doblaron por Kildare. No lejos del portal del club un arpista tocaba sobre la acera ante un corro de oyentes. Tiraba de las cuerdas sin darle importancia, echando de vez en cuando miradas rápidas al rostro de cada recién venido y otras veces, pero con idéntico desgano, al cielo. Su arpa, también, sin darle importancia al forro que le caía por debajo de las rodillas, parecía desentenderse por igual de las miradas ajenas y de las manos de su dueño. Una de estas manos bordeaba la melodía de Silent, O Moyle, mientras la otra, sobre las primas, le caía detrás a cada grupo de notas. Los arpegios de la melodía vibraban hondos y plenos.

    Los dos jóvenes continuaron calle arriba sin hablar, seguidos por la música fúnebre. Cuando llegaron a Stephen's Green atravesaron la calle. En este punto el ruido de los tranvías, las luces y la muchedumbre los libró del silencio.

    -¡Allí está! -dijo Corley.

    Una mujer joven estaba parada en la esquina de la calle Hume. Llevaba un vestido azul y una gorra de marinero blanca. Estaba sobre el contén, balanceando una sombrilla en la mano. Lenehan se avivó.

    -Vamos a mirarla de cerca, Corley -dijo.

    Corley miró ladeado a su amigo y una sonrisa desagradable apareció en su cara.

    -¿Estás tratando de colarte? -le preguntó.

    -¡Maldita sea! -dijo Lenehan, osado-. No quiero que me la presentes. Nada más quiero verla. No me la voy a comer...

    -Ah... ¿Verla? -dijo Corley, más amable-. Bueno... atiende. Yo me acerco a hablar con ella y tú pasas de largo.

    -¡Muy bien! -dijo Lenehan.

    Ya Corley había cruzado una pierna por encima de las cadenas cuando Lenehan lo llamó:

    -¿Y luego? ¿Dónde nos encontramos?

    -Diez y media -respondió Corley, pasando la otra pierna.

    -¿Dónde?

    -En la esquina de la Calle Merrion. Estaremos de regreso.

    -Trabájala bien -dijo Lenehan como despedida.

    Corley no respondió. Cruzó la calle a buen paso, moviendo la cabeza de un lado a otro. Su bulto, su paso cómodo y el sólido sonido de sus botas tenían en sí algo de conquistador. Se acercó a la joven y, sin saludarla, empezó a conversar con ella enseguida. Ella balanceó la sombrilla más rápido y dio vueltas a sus tacones. Una o dos veces que él le habló muy cerca de ella se rió y bajó la cabeza.

    Lenehan los observó por unos minutos. Luego, caminó rápido junto a las cadenas guardando distancia y atravesó la calle en diagonal. Al acercarse a la esquina de la Calle Hume encontró el aire densamente perfumado y rápidos sus ojos escrutaron, ansiosos, el aspecto de la joven. Tenía puesto su vestido dominguero. Su falda de sarga azul estaba sujeta a la cintura por un cinturón de cuero negro. La enorme hebilla del cinto parecía oprimir el centro de su cuerpo, cogiendo como un broche la ligera tela de su blusa blanca. Llevaba una chaqueta negra corta con botones de nácar y una desaliñada boa negra. Las puntas de su cuellito de tul estaban cuidadosamente desarregladas y tenía prendido sobre el busto un gran ramo de rosas rojas con los tallos vueltos hacia arriba. Lenehan notó con aprobación su corto cuerpo macizo. Una franca salud rústica iluminaba su rostro, sus rojos cachetes rollizos y sus atrevidos ojos azules. Sus facciones eran toscas. Tenía una nariz ancha, una boca regada, abierta en una mueca entre socarrona y contenta, y dos dientes botados. Al pasar Lenehan se quitó la gorra y, después de unos diez segundos, Corley devolvió el saludo al aire. Lo hizo levantando su mano vagamente y cambiando, distraído, el ángulo de caída del sombrero.

    Lenehan llegó hasta el hotel Shelbourne, donde se detuvo a la espera. Después de esperar un ratito los vio venir hacia él y cuando doblaron a la derecha, los siguió, apresurándose ligero en sus zapatos blancos, hacia un costado de Merrion Square. Mientras caminaba despacio, ajustando su paso al de ellos, miraba la cabeza de Corley, que se volvía a cada minuto hacia la cara de la joven como un gran balón dando vueltas sobre un pivote. Mantuvo la pareja a la vista hasta que los vio subir la escalera del tranvía a Donnybrook; entonces, dio media vuelta y regresó por donde había venido.

    Ahora que estaba solo su cara se veía más vieja. Su alegría pareció abandonarlo y al caminar junto a las rejas de Duke's Lawn dejó correr su mano sobre ellas. La música que tocaba el arpista comenzó a controlar sus movimientos. Sus pies, suavemente acolchados, llevaban la melodía, mientras sus dedos hicieron escalas imitativas sobre las rejas, cayéndole detrás a cada grupo de notas.

    Caminó sin ganas por Stephen's Green y luego a la Calle Grafton abajo. Aunque sus ojos tomaban nota de muchos elementos de la multitud por entre la que pasaba, lo hacían desganadamente. Encontró trivial todo lo que debía encantarle y no tuvo respuesta a las miradas que lo invitaban a ser atrevido. Sabía que tendría que hablar mucho, que inventar y que divertir, y su garganta y su cerebro estaban demasiado secos para semejante tarea. El problema de cómo pasar las horas hasta encontrarse con Corley de nuevo le preocupó. No pudo encontrar mejor manera de pasarlas que caminando. Dobló a la izquierda cuando llegó a la esquina de Rutland Square y se halló más a gusto en la tranquila calle oscura, cuyo aspecto sombrío concordaba con su ánimo. Se detuvo, al fin, ante las vitrinas de un establecimiento de aspecto miserable en que las palabras Bar Refrescos estaban pintadas en letras blancas. Sobre el cristal de las vitrinas había dos letreros volados: Cerveza de Jengibre y Ginger Ale. Un jamón cortado se exhibía sobre una fuente azul, mientras que no lejos, en una bandeja, había un pedazo de pudín de pasas. Miró estos comestibles fijamente por espacio de un rato y, luego, después de echar una mirada vigilante calle arriba y abajo, entró en la fonda, rápido.

    Tenía hambre, ya que, excepto unas galletas que había pedido y le trajeron dos dependientes avinagrados, no había comido nada desde el desayuno. Se sentó a una mesa descubierta frente a dos obreritas y a un mecánico. Una muchacha desaliñada vino de camarera.

    -¿A cómo la ración de chícharos? -preguntó.

    -Tres medio-peniques, señor -dijo la muchacha.

    -Tráigame un plato de chícharos -dijo-, y una botella de cerveza de jengibre.

    Había hablado con rudeza para desacreditar su aire urbano, ya que su entrada fue seguida por una pausa en la conversación. Estaba abochornado... Para parecer natural, empujó su gorra hacia atrás y puso los codos en la mesa. El mecánico y las dos obreritas lo examinaron punto por punto antes de reanudar su conversación en voz baja. La muchacha le trajo un plato de guisantes calientes sazonados con pimienta y vinagre, un tenedor y su cerveza de jengibre. Comió la comida con ganas y la encontró tan buena que mentalmente tomó nota de la fonda. Cuando hubo comido los guisantes sorbió su cerveza y se quedó sentado un rato pensando en Corley y en su aventura. Vio en la imaginación a la pareja de amantes paseando por un sendero a oscuras; oyó la voz de Corley diciendo galanterías y de nuevo observó la descarada sonrisa en la boca de la joven. Tal visión le hizo sentir en lo vivo su pobreza de espíritu y de bolsa. Estaba cansado de dar tumbos, de halarle el rabo al diablo, de intrigas y picardías. En noviembre cumpliría treintaiún años. ¿No iba a conseguir nunca un buen trabajo? ¿No tendría jamás casa propia? Pensó lo agradable que sería tener un buen fuego al que arrimarse y sentarse a una buena mesa. Ya había caminado bastante por esas calles con amigos y con amigas. Sabía bien lo que valían esos amigos: también conocía bastante a las mujeres. La experiencia lo había amargado contra todo y contra todos. Pero no lo había abandonado la esperanza. Se sintió mejor después de comer, menos aburrido de la vida, menos vencido espiritualmente. Quizá todavía podría acomodarse en un rincón y vivir feliz, con tal de que encontrara una muchacha buena y simple que tuviera lo suyo.

    Pagó los dos peniques y medio a la camarera desaliñada y salió de la fonda, reanudando su errar. Entró por la Calle Capel y caminó hacia el Ayuntamiento. Luego, dobló por la Calle Dame. En la esquina de la Calle George se encontró con dos amigos y se detuvo a conversar con ellos. Se alegró de poder descansar de la caminata. Sus amigos le preguntaron si había visto a Corley y que cuál era la última. Replicó que se había pasado el día con Corley. Sus amigos hablaban poco. Miraron estólidos a algunos tipos en el gentío y a veces hicieron un comentario crítico. Uno de ellos dijo que había visto a Mac una hora atrás en la Calle Westmoreland. A esto Lenehan dijo que había estado con Mac la noche antes en Egan's. El joven que había estado con Mac en la Calle Westmoreland preguntó si era verdad que Mac había ganado una apuesta en un partido de billar. Lenehan no sabía: dijo que Holohan los había convidado a los dos a unos tragos en Egan's.

    Dejó a sus amigos a la diez menos cuarto y subió por la Calle George. Dobló a la izquierda por el Mercado Municipal y caminó hasta la Calle Grafton. El gentío de muchachos y muchachas había menguado, y caminando calle arriba oyó a muchas parejas y grupos darse las buenas noches unos a otros. Llegó hasta el reloj del Colegio de Cirujanos: estaban dando las diez. Se encaminó rápido por el lado norte del Green, apresurado por miedo a que Corley llegara demasiado pronto. Cuando alcanzó la esquina de la Calle Merrion se detuvo en la sombra de un farol y sacó uno de los cigarrillos que había reservado y lo encendió. Se recostó al poste y mantuvo la vista fija en el lado por el que esperaba ver regresar a Corley y a la muchacha.

    Su mente se activó de nuevo. Se preguntó si Corley se las habría arreglado. Se preguntó si se lo habría pedido ya o si lo había dejado para lo último. Sufría las penas y anhelos de la situación de su amigo tanto como la propia. Pero el recuerdo de Corley moviendo su cabeza lo calmó un tanto: estaba seguro de que Corley se saldría con la suya. De pronto lo golpeó la idea de que quizá Corley la había llevado a su casa por otro camino, dándole el esquinazo. Sus ojos escrutaron la calle: ni señas de ellos. Sin embargo, había pasado con seguridad media hora desde que vio el reloj del Colegio de Cirujanos. ¿Habría Corley hecho cosa semejante? Encendió el último cigarrillo y empezó a fumarlo nervioso. Forzaba la vista cada vez que paraba un tranvía al otro extremo de la plaza. Tenían que haber regresado por otro camino. El papel del cigarrillo se rompió y lo arrojó a la calle con una maldición.

    De pronto los vio venir hacia él. Saltó de contento y pegándose al poste trató de adivinar el resultado en su manera de andar. Caminaban lentamente, la muchacha dando rápidos pasitos, mientras Corley se mantenía a su lado con su paso largo. No parecía que se hablaran. El conocimiento del resultado lo pinchó como la punta de un instrumento con filo. Sabía que Corley iba a fallar; sabía que no le salió bien.

    Doblaron la Calle Baggot abajo y él los siguió enseguida, cogiendo por la otra acera. Cuando se detuvieron, se detuvo él también. Hablaron por un momento y después la joven bajó los escalones hasta el fondo de la casa. Corley se quedó parado al borde de la acera, a corta distancia de la escalera del frente. Pasaron unos minutos. La puerta del recibidor se abrió lentamente y con cautela. Luego, una mujer bajó corriendo las escaleras del frente y tosió. Corley se dio vuelta y fue hacia ella. Su cuerpazo la ocultó a su vista por unos segundos y luego ella reapareció corriendo escaleras arriba. La puerta se cerró tras ella y Corley salió caminando rápido hacia Stephen's Green.

    Lenehan se apuró en la misma dirección. Cayeron unas gotas. Las tomó por un aviso y echando una ojeada hacia atrás, a la casa donde había entrado la muchacha, para ver si no lo observaban, cruzó la calle corriendo impaciente. La ansiedad y la carrera lo hicieron acezar. Dio un grito:

    -¡Hey, Corley!

    Corley volteó la cabeza a ver quién lo llamaba y después siguió caminando como antes. Lenehan corrió tras él, arreglándose el impermeable sobre los hombros con una sola mano.

    -¡Hey, Corley! -gritó de nuevo.

    Se emparejó a su amigo y lo miró a la cara, atento. No vio nada en ella.

    -Bueno, ¿y qué?
    -dijo-. ¿Dio resultado?

    Habían llegado a la esquina de Ely Place. Sin responder aún, Corley dobló a la izquierda rápido y entró en una calle lateral. Sus facciones estaban compuestas con una placidez austera. Lenehan mantuvo el paso de su amigo, respirando con dificultad. Estaba confundido y un dejo de amenaza se abrió paso por su voz.


    -¿Vas a hablar o no?
    -dijo-. ¿Trataste con ella?

    Corley se detuvo bajo el primer farol y miró torvamente hacia el frente. Luego, con un gesto grave, extendió una mano hacia la luz y, sonriendo, la abrió para que la contemplara su discípulo. Una monedita de oro brillaba sobre la palma.
    Última edición por Yargo; 03/06/2009 a las 18:43
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  12. #52
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

    Por favor, en la medida de lo posible, traten de usar el TAG Spoiler para incluir sus relatos... esto para que el hacer scroll no sea tan pesado.

    Gracias.
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  13. #53
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     
    Según una antigua leyenda, había un hombre llamado Haakon que cuidad una ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.

    Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor. Lo impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo:

    "Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la Cruz". Y se quedó fijo con la mirada puesta en la escultura, como esperando la respuesta.

    El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: "Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición."

    ¿Cuál Señor? preguntó con acento suplicante Haakon. ¿Es una condición difícil? ¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda Señor! respondió el viejo ermitaño.

    "Escucha: Suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardarte en silencio siempre".

    Haakon contestó: "Os lo prometo, Señor!"

    Y se efectuó el cambio. Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon.

    Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso.
    A nadie dijo nada, pero un día, llegó un rico, después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después y se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo:

    - "¡Dame la bolsa que me has robado!"

    El joven sorprendido replicó:

    - "¡No he robado ninguna bolsa!"

    - "¡No mientas, devuélvemela enseguida!"

    - "Le repito que no he cogido ninguna bolsa!"

    El rico arremetió furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte:

    - "¡Detente!"

    El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, gritó, defendió al joven, increpó al rico por la falsa acusación. Este quedó anonadado y salió de la Ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje. Cuando la ermita quedó a solas, Cristo se dirigió a él y le dijo:

    - "Baja de la Cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio".
    - "Señor, ¿cómo iba a permitir esa injusticia?"

    Se cambiaron los oficios. Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la cruz.
    El Señor, siguió hablando: "Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo; en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada. Yo sí sé. Por eso callo".

    Y el señor nuevamente guardó silencio.
    Muchas veces nos preguntamos por qué razón Dios no nos contesta. ¿Por qué razón se queda callado Dios? Muchos de nosotros quisiéramos que Él nos respondiera lo que deseamos oír, pero, Dios no es así. Dios nos responde aún con el silencio. Debemos aprender a escucharlo. Su divino silencio son palabras destinadas a convencernos de que, Él sabe lo que está haciendo. En su silencio nos dice con amor: confien en Mí, que sé bien lo que debo hacer.


    Un Relato corto que te puede ayudar a reflexionar. :)
    "Antes de amar piensa, el corazón es el único músculo que se ejercita con la mente."
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    <3 Paola

  14. #54
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     


    1)

    El primer portugués era alto y flaco.
    El segundo portugués era bajo y gordo.
    El tercer portugués era mediano.
    El cuarto portugués estaba muerto.

    2)

    -¿Quién fue? -preguntó el comisario Jiménez.

    a. Yo no -dijo el primer portugués.
    b. Yo tampoco -dijo el segundo portugués.
    c. Ni yo -dijo el tercer portugués.
    El cuarto portugués estaba muerto.

    3)

    Daniel Hernández puso los cuatro sombreros sobre el escritorio.

    El sombrero del primer portugués estaba mojado adelante.
    El sombrero del segundo portugués estaba seco en el medio.
    El sombrero del tercer portugués estaba mojado adelante.
    El sombrero del cuarto portugués estaba todo mojado.

    4)

    -¿Qué hacían en esa esquina? -preguntó el comisario Jiménez.

    a. Esperábamos un taxi -dijo el primer portugués.
    b. Llovía muchísimo -dijo el segundo portugués.
    c. ¡Cómo llovía! -dijo el tercer portugués.
    El cuarto portugués dormía la muerte dentro de su grueso sobretodo.

    5)

    -¿Quién vio lo que pasó? -preguntó Daniel Hernández.

    a. Yo miraba hacia el norte -dijo el primer portugués.
    b. Yo miraba hacia el este -dijo el segundo portugués.
    c. Yo miraba hacia el sur -dijo el tercer portugués.
    El cuarto portugués estaba muerto. Murió mirando al oeste.

    6)

    -¿Quién tenía el paraguas? -preguntó el comisario Jiménez.

    a. Yo tampoco -dijo el primer portugués.
    b. Yo soy bajo y gordo -dijo el segundo portugués.
    c. El paraguas era chico -dijo el tercer portugués.
    El cuarto portugués no dijo nada. Tenía una bala en la nuca.

    7)

    -¿Quién oyó el tiro? -preguntó Daniel Hernández.

    a. Yo soy corto de vista -dijo el primer portugués.
    b. La noche era oscura -dijo el segundo portugués.
    c. Tronaba y tronaba -dijo el tercer portugués.
    El cuarto portugués estaba borracho de muerte.

    8)

    -¿Cuándo vieron al muerto? -preguntó el comisario Jiménez.

    a.
    Cuando acabó de llover -dijo el primer portugués.
    b. Cuando acabó de tronar -dijo el segundo portugués.
    c. Cuando acabó de morir -dijo el tercer portugués.
    Cuando acabó de morir.

    9)

    -¿Qué hicieron entonces? -preguntó Daniel Hernández.

    a. Yo me saqué el sombrero -dijo el primer portugués.
    b. Yo me descubrí -dijo el segundo portugués.
    c. Mi homenaje al muerto -dijo el portugués.
    Los cuatro sombreros sobre la mesa.

    10)

    a.. Entonces ¿qué hicieron? -preguntó el comisario Jiménez.

    b. Uno maldijo la suerte -dijo el primer portugués.
    c. Uno cerró el paraguas -dijo el segundo portugués.
    d. Uno nos trajo corriendo -dijo el tercer portugués.
    El muerto estaba muerto.

    11)

    a. Usted lo mató -dijo Daniel Hernández.
    b. ¿Yo señor? -preguntó el primer portugués.
    c. No, señor -dijo Daniel Hernández.
    d. ¿Yo señor? -preguntó el segundo portugués.
    e. Sí, señor -dijo Daniel Hernández.


    12)

    -Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada -dijo Daniel Hernández.

    Uno miraba al norte, otro al este, otro al sur, el muerto al oeste. Habían convenido en vigilar cada uno una bocacalle distinta para tener más posibilidades de descubrir un taxímetro en una noche tormentosa.

    "El paraguas era chico y ustedes eran cuatro. Mientras esperaban, la lluvia les mojó la parte delantera del sombrero."

    "El que miraba al norte y el que miraba al sur no tenían que darse vuelta para matar al que miraba al oeste. Les bastaba mover el brazo izquierdo o derecho a un costado. El que miraba al este, en cambio, tenía que darse vuelta del todo, porque estaba de espaldas a la víctima. Pero al darse vuelta, se le mojó la parte de atrás del sombrero. Su sombrero está seco en el medio, es decir, mojado adelante y atrás. Los otros dos sombreros se mojaron solamente adelante, porque cuando sus dueños se dieron vuelta para mirar el cadáver, había dejado de llover. Y el sombrero del muerto se mojó por completo al rodar por el pavimento húmedo."

    "El asesino usó un arma de muy reducido calibre, un matagatos de esos con que juegan los chicos o que llevan algunas mujeres en sus carteras. La detonación se confundió con los truenos (esa noche hubo una tormenta eléctrica particularmente intensa). Pero el segundo portugués tuvo que localizar en la oscuridad el único punto realmente vulnerable a un arma tan pequeña: la nuca de su víctima, entre el grueso sobretodo y el engañoso sombrero. En esos pocos segundos, el fuerte chaparrón le empapó la parte posterior del sombrero. El suyo es el único que presenta esa particularidad. Por lo tanto es el culpable."

    El primer portugués se fue a su casa.
    Al segundo no lo dejaron.
    El tercero se llevó el paraguas.
    El cuarto portugués estaba muerto.
    Muerto.
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  15. #55
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     
    El oro se había agotado absolutamente en las entrañas y en la superficie de la tierra. Era tal la escasez de este precioso metal que sólo uno que otro erudito tenía noticias de que hubiera existido. En un museo de Chicago había dos monedas de diez dollars, guardadas en una urna de cristal, que se consideraban como una de las más valiosas curiosidades. En otro museo de Papeete (Taití), se conservaba un idolillo primitivo, tallado en la extinguida sustancia; en París, Tombuctú, Río Janeiro, Estokolmo, guardaban los museos, con extrema vigilancia, dos luises, una moneda de 50 paras, una de 10,000 reis y una de 20 kroners respectivamente. Si no hubiera sido por todos estos museos la antigua palabra oro, auro, en esperanto, habría sido una palabra inútil, aún para expresar el recuerdo de una substancia que, repito, sólo conocían unos cuantos eruditos. En cambio, la elaboración del diamante se había perfeccionado tanto, que por cincuenta francos se conseguía en el año 3025 uno del tamaño de una naranja.

    La investigación de la piedra filosofal se hacía con mucho mayor furor que en la remota Edad Media. Un alquimista logró obtener en unas cajas de uranio fosforescente, un depósito de rayos de sol, que sometidos á una presión de 12.000.000.000.000.000.000.000.813 atmósferas, daba una pasta dorada que podía substituir al oro: tenía su consistencia, su peso atómico, sus propiedades químicas y podría tener las mismas aplicaciones industriales si no tuviera la detestable propiedad de liquidarse con el frío y evaporarse; esperaba el químico que, añadiendo tres ó cuatro billones de presión, obtendría una sustancia más durable. Otro alquimista machacaba en un mortero los estambres de la flor de lis, adicionaba bilis de oso polar, y espolvoreaba la mezcla con granalla de selenio ó molibdeno. En seguida envolvía este menjurje en barro de coke, y lo sometía á las descargas eléctricas de una bobina de Rumkffork de 20 metros de largo, y obtenía una substancia amarilla y metálica que decía ser oro, pero que tenía el inconveniente de oxidarse con la sangre, y disolverse en el amoniaco.

    Pero yo, que adoraba el arte y la ciencia antiguos, que había leído los libros vetustísimos de Flamel, Paracelso, Cornelio Agrippa y otros muy notables alquimistas, sabía una receta segura para obtener el oro, receta que leí en uno de esos libros en nota marginal manuscrita, que traduzco del latín para que el lector, caso de encontrar el principal ingrediente, la aproveche si quiere hacerse rico: “Tomarás un cabello de mujer ruba (rubicunda fomine capellae) y lo pondrás durante cinco lunaciones á remojar en un matraz con una dracma de ácido muriático; cuando se haya disuelto pondrás el matraz al sol, pero sólo en la época en que Venus es estrella matutina (venere stelle matutinae esse) para evitar que sus rayos nocivos (letalium) toquen el matraz. En seguida echarás en el líquido media dracma de sangre de drago, media dracma del licor que resuda el laurel, y llenarás por fin el matraz con agua marina (aquae maris). El todo lo dejas á evaporar en lo más obscuro de una cueva salitrosa (cava nitrosas) y al cabo de un mes encontrarás la mitad del matraz lleno de un polvillo de la color del licopodio, que es oro puro (aureum vere) y que fundido en un crisol te podrá dar hasta el peso de cinco ducados”.

    Figuraos qué enorme fortuna representaba la cabeza de una mujer rubia. Pero es el caso que así como se había acabado el oro, se habían acabado las rubias. En el año 2279 los mongoles y los tártaros, esas malditas razas amarillas, habían inundado el mundo y malogrado las razas europeas y americanas con la mezcla de su sangre impura. No había rinconcillo del mundo á donde esa gente no hubiera llegado y estampado la huella de su maldición étnica: no había un rostro que no condujera un par de ojillos sesgados y una nariz chata; no había cabeza que no estuviera cubierta de cerdosa y negra cabellera. Con verdadera rabia esos salvajes macularon la belleza europea, como para anonadar lo que ellos no podían producir. Quizá para asegurarse así las victorias del porvenir. Esa raza se extendió por el mestizaje, como una hiedra inmensa que hubiera cubierto el mundo, y al cabo de tres siglos apenas había uno que otro ejemplar de raza pura. La belleza germana, el tipo griego, la gentileza italiana, la elegancia francesa, la corrección británica, la gracia española son hoy meras tradiciones de las que sólo en los libros antiguos se encuentran relaciones. Unas que otras familias de montañeses habían conservado los rasgos primitivos de las razas europeas, que el inmundo mestizaje malogró. Así, por ejemplo, mi familia había conservado, hasta hacía cuatro generaciones, la pureza de su raza; pero mi bisabuela se había casado morganáticamente con un acaudalado fabricante de aeroplanos eléctricos, de perfecto origen afgán. Por libros y papeles de familia sabía que mis ascendientes habían sido rubios como el sol, que de las cuatro ramas, tres se habían mezclado: una, la mía, con sangre afgana, otra con las de un mestizo chino y la otra con la de un sastre samoyedo de origen manchú. La cuarta rama se ignoraba qué suerte había corrido. Mi padre me decía, cuando yo le hablaba de la rama perdida:

    - Esos parientes son unos estúpidos que tienen la chifladura de la pureza de la sangre.

    Me lo decía en esperanto, que es el idioma universal. Yo, a pesar de ser mestizo de afgán, á pesar de mi color bronceado, sentía en el fondo de mi sangre el aristocrático orgullo y el amor á la belleza de esas razas añejas que la ola asiática envolvió y anonadó para siempre; y aplaudía íntimamente el aislamiento de esa rama que había ido á esconder, en oculta cueva ó inexpugnable montaña, los últimos rezagos de su estirpe. ¡Pobres pueblos europeos! Un tiempo fueron formados por razas viriles y dominadoras, cuyas energías, en constante acción, se desgastaron y decayeron rápidamente: ese fue el momento en que la raza amarilla invadió el mundo, como un alud gigantesco se amalgamó, se fundió con las razas vencidas y extinguió para una eternidad el espíritu antiguo. Todo lo que habían progresado las ciencias, habían retrocedido las artes, pero no hacia Grecia sino hacia la caverna del troglodita ó al kraal de la tribu salvaje. En ese cataclismo de los bellos ideales y de las bellas formas substituidos por nociones utilitarias y concepciones monstruosas, sólo en uno que otro espíritu retrógrado, como el mío, había un regreso psicológico á las nociones antiguas, un sentido estético añejo, un salto atrás en el gusto por los ideales y las formas que la ola de sangre infecta había sumergido en el olvido. Tenía la obsesión de buscar por todas las regiones de la tierra la rama perdida ó ignorada de mi ascendencia latina, en donde aún se conservaban los rasgos de la antigua belleza. Sentía vivo, avasallador deseo de contemplar una de esas cabezas rubias, que sólo podía ver en los grabados de algunos libros de la biblioteca de curiosidades de Tombuctú; pero debo declarar, en honor de la verdad, que gran parte de mi afán era debido al deseo de realizar el experimento de alquimia que había de hacerme uno de los hombres más ricos.

    Una mañana me lancé por los aires en mi aeroplano, llevando buena provisión de carnalita ó esencia de carne, legumina, aire líquido, etc., todo lo que necesitaba para proveer á mi vida durante un mes. Crucé é investigué prolijamente las serranías y valles de Afganistán y la Tartaria, las islas de la Polinesia, las selvas y cordilleras de la América austral, todos los vericuetos de la accidentada Islandia: en todas partes encontraba la maldita raza amarilla que había inficionado á la mía, y se había extendido sobre el mundo como una mancha de aceite. En la gran ciudad de Upernafich, fue donde encontré la primera huella de esa familia que yo buscaba. Por los vetustos papeles de la familia sabía que mis antecesores europeos se llamaban Houlot. En un paradero aéreo de Upernawick (sic) oí en el libro fónico de pasajeros este nombre pronunciado por una voz extraña. En varios paraderos oí la misma palabra. Y aun en un hotel más adelantado ví, en el espejo fotogenófono en que se inscriben la imagen y la voz de los pasajeros, ví, repito, la figura de un hombre de unos cincuenta años y de dos mujeres, y oí, al tocar el registro, lo siguiente: “Jean Houlot, mujer é hija (esto en esperanto), últimos vástagos de la raza gala (esto en francés), pasaron por aquí el 18 de marzo de 3028, con dirección á cabo Kane, orillas del mar Paleochrístico, 87 paralelo”. Me puse loco de contento y al día siguiente, á primera hora, me dirigí al lugar indicado, á donde llegué cuatro horas después.

    En la puerta de una casucha embadurnada de sulfuro de radio, que la hacía en extremo fosforescente, había un hombre cuyo rostro era el que yo contemplé en el espejo-registro del hotel. Yo había aprendido tres lenguas muertas: el español, el latín y el francés. Me acerqué al solitario individuo y le dije en este último idioma:

    -Señor Houlot, vos sois mi tío, y vengo desde Tombuctú, sólo por conoceros y saludar en vos al último vástago de nuestra gloriosa y malograda raza.

    -Bien venido seas… sobrino,- me respondió, con aire huraño y desconfiado. – Ya me conoces… pero dime, pues si eres de mi raza lo disimulas, ¿por qué tu rostro es bronceado?

    - Mi padre es afgán; mi madre era una Houlot. Cifro todo mi orgullo en la porción de sangre materna que corre por mis venas. Dejadme, tío, vivir cerca de vos para que seamos los últimos jirones de esa raza que muere con nosotros.

    - ¡Bah!... no reflexionas que ya en tu sangre hay la mancha asiática.

    - ¡Oh tío!, pero conservo sin mancha el espíritu de vuestra raza.

    - Bueno, quédate si quieres…; pero te advierto que en mi casa no hay sitio para ti.

    Y me quedé efectivamente. Hice que unos samoyedos me construyeran una casa á unas cincuenta leguas, ó sea tres cuartos de hora de viaje en aeroplano. Houlot era muy pobre y yo continuamente le hacía obsequios valiosos de carnalita y oxígeno para calentarse, pues el frío que hacía encima del 85 paralelo era terrible, y se sentía debajo de las pieles de oso y de foca que vestíamos, dejando al descubierto las facciones solamente. Houlot y yo llegamos a intimar, y se admiraba de que siendo yo rico sacrificara mi bienestar en los países del Sur por mera fantasía. Houlot era muy avaro y exageraba su pobreza para explotarme á su gusto. Un día, á pesar de sus precauciones, nos encontramos su hija y yo sobre un témpano. Era una joven de unos 25 años, blanca, pálida, de aspecto enfermizo, de ojos y sonrisas picarescos y con algo de esa belleza perdida que yo había contemplado en las estampas de Tombuctú.

    Desde ese día nos amamos locamente al parecer: durante tres meses nos vimos en el mismo sitio y á la misma hora. ¡Cuánto hablamos de amor, iluminados por la luz violácea de la aurora boreal! Y, sin embargo, yo no sabía si era rubia: nunca había visto sus cabellos, pues su vestido de piel de zorro azul, sólo permitía verla el rostro y las manos.

    - ¡Oh, si fueras rubia, hermosa niña, te amaría más si cabe, te adoraría con delirio y… harías mi fortuna!

    - -Rubia soy, - me respondió con adorable mohín de picardía.

    Poco después salimos Houlot y yo á coger morsas en un banco de hielo, situado a 68 leguas más al Norte, y durante el camino aproveché esta circunstancia para exponer mis pretensiones sobre mi prima.

    -Mi buen tío, es probable que jamás encontréis, para marido de vuestra Suzón, un hombre de su raza. Yo la amo y soy correspondido. Concedédmela, que al fin y al cabo de vuestra raza soy.

    - Tú no eres sino un mestizo infame… Primero os mataré á ambos que consentir en esa unión que ha de mancillar el último resto de sangre noble que hay sobre la tierra. Ruín asiático, ruín asiático… - murmuraba enfurecido.

    Yo, que conocía la avaricia de mi tío, no hice caso de sus injurias y añadí:

    - Estoy en posesión de un secreto industrial que me hará riquísimo. Si me concedéis á Suzón, os haré mi socio, y os daré un tercio de mi fortuna actual y de la futura.

    Mi tío se ablandó; á poco accedió y al fin quedó convenido en que Suzón y yo nos casaríamos dentro de seis meses.

    Al mes siguiente nos dirigimos á Terranova á pasar el verano. Poco después de nuestra llegada, pedí á mi novia un rizo de sus cabellos. Suzón se sonrío: quitóse la toca de piel y expuso ante mis ojos una hermosa cabellera rubia como ámbar.

    - Escógelo tú…

    Caí extasiado de rodillas, y con mano temblorosa escogí diez o doce hebras, que guardé cuidadosamente en mi cartera.

    En una habitación tenía preparados mis matraces y retortas. Bajé á la cueva é hice con los cabellos de Suzón las preparaciones convenientes, con estricta observancia de la fórmula alquimista. Cuando saqué en la época oportuna el matraz, estaba éste tan empañado y cubierto de mitro, que no podía verse el interior. Lleno de impaciencia vacié el contenido: era un polvillo rojizo entremezclado de cristalitos de sal marina y pedacillos de resina. En medio de todo estaban unas cuantas hebras de cabello negruzco y sin lustre. De oro no había el menor rastro. Quedé profundamente desconsolado y caviloso. Fui á casa de Suzón para pedirle nuevamente cabello, y repetir la experiencia con mayores precauciones. Entré, y no encontrando al viejo tío en la casa, llegué de puntillas hasta el tocador de Suzón. Ella estaba de espaldas á la puerta con la cabeza sumergida en una jofaina.

    - Padre, - dijo al sentir mis pasos.

    - No es tu padre, soy yo – contesté cariñosamente.

    Suzón dio un grito de sorpresa y se volvió: sus cabellos goteaban una agua de color indefinible.

    - ¡Ah, pícaro, me has sorprendido!

    - Si… perdóname… pero ¿qué agua verduzca es esa?...

    - Eso es… ¡Bah! ¿Por qué no decírtelo, si no es un crimen? ¿No me dijiste que me amarías con delirio si yo fuese rubia?...

    - Si, ¿y qué? – respondí pálido, con el rostro contraído por la rabia, pues comenzaba á comprender.

    - Que todas las mañanas me tiño el cabello para que me quieras
    más
    , -contestó, y con cariñosa coquetería me tendió los brazos húmedos al cuello.

    Yo sentí como si me hubieran dado un hachazo. Y, rechazándola violentamente, exclamé vibrante de cólera:

    - ¡Bestia! ¡Lo que yo amaba en ti era á la rubia auténtica, á la última rubia, á la que murió con tu abuela!...

    Y, sin perder más tiempo, regresé a Tombuctú, donde revisando mejor los papeles de familia he venido á saber que allá por los años 2222, un Houlot había ejercido en Iquitos (gran ciudad de 2.500.000 habitantes, en la Confederación Sud-Americana), la profesión de peluquero perfumista y tintorista de cabelleras.

    Probablemente no volverá a existir oro en el mundo, y más probablemente aún, tendré que casarme en Tombuctú con alguna joven de ojillos oblicuos, tez amarillenta y cabellos negros á hirsutos.
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  16. #56
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

    Excelente muchas gracias por crear este thread, de verdad muchas gracias me a conmovido esta iniciativa, muy buenos los relatos sigue asi (Y), haber si tambien encuentro algo interesante para poner
    -............." Es tan dificil pensar que poner, tan solo es mas facil ver!! " 8) Chesko !!

  17. #57
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     
    —Ahí está otra vez —decía Lillian Wright, colocando las celosías de la manera más conveniente para mirar—. Ahí está, George.

    —¿Quién está ahí? —preguntó el marido, intentando conseguir el contraste adecuado en el televisor, para poder contemplar a gusto el partido de béisbol.

    —La señora Sakkaro
    —respondió la mujer, y luego, para evitar el inevitable: «¿Quién es la señora Sakkaro?», añadió precipitadamente—: Son los nuevos vecinos, ¡por amor de Dios!

    —¡Ah!

    —Tomando un baño de sol. Siempre tomando baños de sol. Me pregunto dónde estará su chico. Suele estar fuera de casa, en un día bueno como éste, allí en aquel patio tan grande que tienen, tirando la pelota contra las paredes de la casa. ¿No le has visto nunca, George?


    —Le he oído. Es una variante del tormento chino del agua. ¡Bang! contra la pared, ¡biff! en el suelo, ¡plaff! en la mano. Bang, biff, plaff, bang, bilf, plaff...


    —Es un muchacho agradable, tranquilo y bien educado. Ojalá Tommie trabara amistad con él. Además, tiene la edad conveniente; unos diez años, diría yo.

    —No sabía que Tommie tuviera dificultad en ganarse amigos.


    —Pues con los Sakkaro es difícil hacer amistad. ¡Viven tan retraídos! Ni siquiera sé a qué se dedica el señor Sakkaro.


    —¿Para qué has de saberlo? A nadie le importa un pepino lo que haga ese hombre.

    —Es raro que nunca le vea salir a trabajar.

    —A mí nadie me ve salir yendo al trabajo.


    —Tú te quedas en casa y escribes. ¿Y él? ¿Qué hace?


    —Me atrevería a decir que la señora Sakkaro sabe qué hace el señor Sakkaro, y que está muy consternada porque no sabe qué hago yo.

    —¡Oh, George! —Lillian se apartó de la ventana y dirigió una mirada de disgusto a la televisión (Schoendienst estaba en el puesto de bateador). Creo que deberíamos hacer un esfuerzo; sí, los vecinos deberíamos hacerlo.

    —¿Qué clase de esfuerzo?
    —Ahora George estaba cómodamente sentado en el canapé, con una «Coca Cola» de las grandes en la mano, recién abierta y con el líquido casi convertido en escarcha.

    —El de conocerlos bien.

    —Oye, ¿no la conociste cuando se trasladaron aquí? Me dijiste que fuiste a visitarla.

    —Sí, le dije: «Hola»; pero ella se metió dentro, y como todavía tenían la casa en desorden, no podía pasar de eso, de decirle «Hola». Pero hace ya más de dos meses que están, y todavía no hemos pasado de un «hola» de vez en cuando... ¡Es tan rara!

    —¿De veras?

    —Siempre está mirando al cielo. La he visto en esa actitud un centenar de veces, y basta que haya la menor nube en el firmamento para que no salga. Un día que el chico estaba fuera, jugando, le gritó que entrase, diciendo que iba a llover. Yo la oí y pensé: «¡Santo Dios! ¿Quién lo diría? Y yo que tengo la ropa tendida...» De modo que salí corriendo y, ¿sabes?, hacía un sol deslumbrante. Ah, sí, había unas nubecillas; pero nada, en realidad.


    —¿Llovió más tarde?

    —Claro que no. Había salido corriendo al patio por nada.


    George se había perdido entre dos blancos en la base y un fallo de los más enojosos, que provocaría una carrera. Calmados los ánimos y habiendo recobrado la compostura el lanzador de la pelota, George le gritó a Lillian, que estaba desapareciendo dentro de la cocina:

    —Bueno, como son de Arizona, me atrevería a decir que no distinguen las nubes que traen lluvia de las que no.

    Lillian regresó a la sala con un repicar de tacones altos.

    —¿De dónde?

    —De Arizona, dice Tommie.


    —¿Y cómo lo sabe Tommie?


    —Habló con aquel muchacho, entre manotazo y manotazo a la pelota, me figuro, y el chico le dijo que habían venido de Arizona; pero en aquel momento lo llamaron para que entrase en casa. Al menos Tommie dice que era Arizona... o quizá Alabama, o algo que suena por el estilo. Ya conoces a Tommie y su falta absoluta de memoria. Pero si están tan preocupados por el tiempo, me figuro que procederán de Arizona y no saben gozar de un buen clima lluvioso como el nuestro.

    —¿Cómo no me lo dijiste?

    —Porque Tommie me lo ha dicho esta mañana, precisamente, y porque he pensado que te lo habría contado también a ti, y a decir verdad, porque pensaba que serías capaz de llevar una existencia normal incluso en el caso de que no te enterases nunca, Puaf...


    La pelota había salido volando hacia la parte indicada del campo para que el lanzador pudiera dar por terminada su actuación.
    Lillian regresó junto a sus celosías y dijo:

    —Sencillamente, he de intentar conocerla. Parece muy simpática... ¡Oh, mira eso, George!

    George no miraba otra cosa que el televisor.

    —Sé que está absorta mirando aquella nube —añadió Lillian—. Y ahora se meterá dentro de casa. Seguro.

    Dos días después, George fue a la biblioteca en busca de datos, y volvió a casa con un cargamento de libros. Lillian le saludó radiante de satisfacción.

    —Bueno. Mañana no harás nada
    —exclamó.

    —Eso parece una aseveración, no una pregunta.


    —Es una aseveración. Saldremos con los Sakkaro; Iremos al parque Murphy.


    —Con...

    —Con nuestros vecinos, George. ¿Cómo es posible que no recuerdes nunca su nombre?

    —Soy un superdotado. ¿Y cómo ha sido?

    —Simplemente, esta mañana he ido a su casa y he tocado el timbre.


    —¿Tan fácilmente?


    —No ha sido fácil. Ha sido duro. Allí me tenías, temblando de puro nerviosismo, con el dedo apoyado en el timbre; hasta que se me ha ocurrido pensar que era más cómodo tocar el timbre que esperar a que abriesen la puerta y me sorprendieran plantada allí, como una tonta.

    —¿Y no te ha echado a puntapiés?


    —No. Ha sido muy afectuosa. Me ha invitado a entrar, me ha reconocido en seguida y me ha dicho que estaba muy contenta de que hubiera ido a visitarla. Ya sabes.

    —Y tú le has propuesto que fuésemos al parque Murphy.

    —Sí. He pensado que si proponía algo que pudiera significar una diversión para los niños, le seria más fácil aceptar. No querría perder una buena oportunidad para su chico.

    —Psicología maternal.


    —Pero deberías ver su casa.

    —¡Ah! La visita tenía un objetivo. Ahí está. Querías realizar una exploración completa. Pero, por favor, ahórrame los pequeños detalles. No me interesan los cubrecamas, y puedo pasarme lo mismo sin saber las dimensiones de los armarios.

    El secreto de la felicidad de aquel matrimonio estaba en que Lillian no le hacía el menor caso a George. En consecuencia, se metió en pequeños detalles, describió meticulosamente las cubrecamas, y le dio noticia detalladísima de las dimensiones de los armarios.

    —¡Y limpio...! No había visto jamás una vivienda tan inmaculada.


    —Entonces, si tienes mucho trato con ella, te marcará unas normas imposibles y, en defensa propia, tendrás que renunciar a su amistad.


    —Tiene una cocina
    —continuó Lillian, ignorándole por completo— tan relucientemente limpia que no parece posible que la utilice nunca. Le he pedido un vaso de agua, y lo ha sostenido bajo el grifo con tal perfección que no se ha derramado ni una gota sobre el fregadero. Y no era afectación. Lo ha hecho con tal naturalidad que he comprendido que siempre lo hace así. Y cuando me ha dado el vaso, lo sostenía envuelto en una servilleta limpia. Con la asepsia de una clínica.

    —Debe de ser un tormento para sí misma. ¿Aceptó sin titubeos y al instante la invitación de salir con nosotros?

    —Pues... al instante no. Ha preguntado a su marido qué previsión había para el tiempo, y él le ha contestado que todos los periódicos decían que mañana haría buen tiempo, pero que aguardaba el último parte de la radio.

    —Todos los periódicos lo decían, ¿eh?

    —Naturalmente, todos publican el parte meteorológico oficial; de modo que todos coinciden. Pero creo que están suscritos a todos los periódicos. Al menos me he fijado en el paquete que deja el muchacho...

    —No se te pasan muchos detalles por alto, ¿verdad?


    —De todos modos —replicó Lillian con aire severo—, ha telefoneado a la Oficina Meteorológica y les ha pedido el último parte y se lo ha comunicado, a gritos, a su marido, y ambos han dicho que nos acompañarían, aunque advirtiendo que si se produjeran cambios inesperados en el tiempo, nos telefonearían.

    —Muy bien. Entonces, iremos.

    Los Sakkaro eran jóvenes y agradables, morenos y guapos. Mientras bajaban por el largo paseo desde su casa hacia donde aguardaba el coche de los Wright, George se inclinó hacia su esposa y le susurró al oído:

    —De modo que el motivo de tanto interés es él.

    —Ojalá lo fuera —replicó Lillian—. ¿No es un bolso aquello que lleva?

    —Una radio de bolsillo. Para escuchar los partes meteorológicos, apuesto.

    El hijo de los Sakkaro venía corriendo tras ellos, blandiendo un objeto que resultó ser un barómetro aneroide, y los tres subieron al asiento trasero. La conversación se puso en marcha y duró, con un limpio peloteo sobre cuestiones impersonales, hasta el parque Murphy.

    El muchacho se mostraba tan cortés y razonable que hasta Tommie Wright, incrustado entre sus progenitores en el asiento delantero, se sintió arrastrado por el ejemplo a mantener una apariencia de civilización. Lillian no recordaba cuándo hubiera gozado de un paseo en coche tan serenamente agradable.
    Y no la inquietaba lo más mínimo el hecho de que, si bien apenas audible bajo el chorro continuo de la conversación, la radio del señor Sakkaro seguía abierta, aunque nunca le viese acercársela al oído.

    En el parque Murphy hacia un día delicioso; caliente y seco, pero sin un calor excesivo, y animado por un sol resplandeciente en un cielo azul, muy azul. Ni siquiera el señor Sakkaro, a pesar de estar inspeccionando continuamente todos los rincones del firmamento con mirada atenta y fijar luego un ojo penetrante en el barómetro, parecía encontrar motivo de queja.

    Lillian acompañó a los dos muchachos a la sección de diversiones y compró los billetes suficientes para que ambos pudieran gozar de todas y cada una de las emociones centrífugas que el parque ofrecía.

    —Por favor
    —le dijo a la señora Sakkaro, que no quería permitirlo—, deje que esta vez invite yo. Le prometo que la próxima dejaré que invite usted.

    Cuando regresó, George estaba solo.

    —¿Dónde...? —preguntaba ella.

    —Allá abajo, en el puesto de los refrescos. Les he dicho que te esperaría aquí y nos reuniríamos con ellos
    . —Él parecía sombrío.

    —¿Pasa algo?


    —No, en realidad no; excepto que pienso que ese hombre debe de ser riquísimo.

    —¿Qué?

    —No sé cómo se gana la vida. He insinuado...

    —¿Quién es el curioso ahora?

    —Lo hice por ti. Me ha dicho que se dedica, simplemente, a estudiar la naturaleza humana.

    —¡Qué filosófico! Eso explicaría aquellos montones de periódicos.


    —Sí, pero teniendo a un hombre guapo y rico en la puerta de al lado, parece como si también a mí me marcaran unos modelos imposibles.


    —No seas tonto
    .

    —Ah, y no procede de Arizona.

    —¿No?

    —Le he dicho que había tenido noticia de que era de Arizona. Ha parecido tan sorprendido que se ha visto claramente que no es de allá. Después se ha puesto a reír y me ha preguntado si tiene el acento de Arizona.

    Lillian comentó pensativamente:

    —Sí, tiene un acento especial. En el suroeste hay muchísima gente que desciende de españoles, de modo que, en fin de cuentas, podría proceder de Arizona. Sakkaro podría ser un apellido español.

    —A mí me suena a japonés... Vamos, nos están haciendo señas. ¡Oh, buen Dios, mira lo que han comprado!


    Cada uno de los miembros de la familia Sakkaro tenía en las manos tres palos de algodón de azúcar, grandes volutas de espuma rosada consistente en hebras de azúcar obtenidas a partir de un jarabe como escarcha que habían batido en un recipiente caliente. Era una golosina de sabor dulce que se desvanecía en la boca y le dejaba a uno todo pegajoso.
    Los Sakkaro ofrecieron uno de aquellos bastones a cada uno de los Wright, y éstos, por pura cortesía, aceptaron.

    Luego probaron suerte con los dardos, en esa especie de póquer en que unas bolas han de rodar hacia unos hoyos, y en derribar cilindros de madera de encima de unos pedestales. Se retrataron, grabaron sus voces y probaron la fuerza de sus manos.

    Al cabo de un rato, recogieron a los chicos, que habían quedado reducidos a un gozoso estado de diarrea y de entrañas irritadas, y los Sakkaro acompañaron inmediatamente al suyo al puesto de los refrigerios. Tommie insinuó la posibilidad de prolongar sus placeres adquiriendo un «perro caliente», y George le dio un cuarto de dólar. Tommie salió corriendo en pos de los vecinos.

    —Francamente, prefiero quedarme aquí
    —dijo George—. Si les veo mordisquear otro palo de algodón de azúcar me pondré verde y me darán arcadas. Si no se han comido una docena cada uno, me la como yo.

    —Lo sé, y ahora están comprando un puñado para el chico.


    —He invitado al marido a despachar un par de hamburguesas mano a mano; pero él ha puesto mala cara y ha meneado la cabeza. Claro, una hamburguesa no es gran cosa; pero después de tanto algodón de azúcar habría de parecer un festín.

    —Lo sé. Yo le he ofrecido una naranjada a ella, y, por el salto que ha dado al decir que no, habrías pensado que se la había arrojado a la cara... Sin embargo, me figuro que no habían estado nunca en un lugar como éste y necesitan un tiempo para adaptarse a la novedad. Se hartarán de algodón de azúcar y luego se pasarán diez años sin probarlo.

    —Sí, es posible.
    —Y fueron a reunirse con los Sakkaro—. Mira, Lil, se está nublando.

    El señor Sakkaro sostenía el aparatito de radio junto al oído y miraba ansiosamente hacia el Oeste.

    —Oh, oh, lo ha visto —dijo George—. Te apuesto cincuenta contra uno a que querrá irse a casa.

    Los tres Sakkaro se le echaron encima, muy corteses, pero insistentes. Lo sentían en extremo, lo habían pasado maravillosamente, imponderablemente bien, y los Wright habrían de ser sus invitados tan pronto como pudieran arreglarlo; pero ahora, de veras, tenían que irse a casa. Se acercaba una tormenta. La señora Sakkaro gemía y lloriqueaba diciendo que todos los partes de la radio habían anunciado buen tiempo.
    George intentó consolarlos.

    —Es difícil predecir una tormenta local; pero, aún en el caso de que viniera, y es posible que no, no duraría más de media hora a lo sumo.


    Explicación que puso al menor de los Sakkaro a punto de derramar lágrimas, e hizo temblar visiblemente la mano de la señora Sakkaro, que sujetaba un pañuelo.

    —Volvamos a casa
    —concluyó George—, resignado.

    El viaje de regreso parecía prolongarse interminablemente. La conversación brillaba por su ausencia. Ahora la radio del señor Sakkaro bramaba con fuerza, mientras su dueño sintonizaba una emisora tras otra, dando cada vez con un parte meteorológico. En estos momentos todos hablaban de «aguaceros locales».

    El pequeño Sakkaro se quejó con un hilo de voz de que el barómetro estaba bajando, y la señora Sakkaro, con el mentón apoyado en la palma de la mano, contemplaba el cielo con mirada lúgubre y le pedía a George si podía hacer el favor de correr más.

    —No parece muy amenazador, ¿verdad que no?
    —comentaba Lillian en un cortés intento de identificarse con el estado de ánimo de su invitada. Aunque luego George le oyó murmurar entre dientes:

    —¿Qué te parece?


    Cuando entraron en la calle en que vivían, se había levantado un viento que empujaba el polvo formado en semanas de no llover, y las hojas susurraban con acento amenazador. Un relámpago cruzó el firmamento.

    —Amigos míos, dentro de un par de minutos estarán en casa —prometió George—. Lo conseguiremos.

    Paró ante la puerta de la verja que daba acceso al espacioso patio de los Sakkaro y saltó del coche para abrir la portezuela trasera. Creyó recibir una gota de lluvia. Llegaban justo a tiempo.

    Los Sakkaro bajaron precipitadamente, las caras estiradas por la tensión, murmurando unas frases de agradecimiento, y se lanzaron a la carrera hacia el largo paseo que llevaba a la puerta de la fachada.

    —¿Qué te parece?
    —empezó Lillian—. Uno diría que son de...

    Los cielos se abrieron y la lluvia descendió en forma de gotas gigantes, como si se hubiera reventado de pronto alguna presa celestial. Un centenar de palos de tambor repicaban sobre la capota del coche... Y a mitad de camino de la puerta de su casa, los Sakkaro se habían parado y levantaban la vista al cielo con aire desesperado.

    Bajo el azote de la lluvia, sus rostros se disolvían; se disolvieron y contrajeron y resbalaron hacia el suelo. Los tres cuerpos se reducían, desplomándose dentro de las ropas, que se deshincharon sobre el suelo, formando tres montoncitos mojados y pegajosos.

    Y mientras los Wright continuaban sentados en su coche, transfigurados de horror, Lillian fue incapaz de reprimirse y dejar de terminar el comentario iniciado:

    —... que son de azúcar y tienen miedo de disolverse.
    Última edición por Yargo; 15/08/2009 a las 11:59
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  18. #58
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     

    Empezó la misma noche que terminó. No fue gran cosa. Sólo que me fastidió; y sigue fastidiándome.

    Joe Bloch, Ray Manning, y yo estábamos agazapados alrededor de nuestra mesa favorita del bar de la esquina, con una velada entera en las manos y una barahúnda de charlas con que tirarla por la borda. He ahí el comienzo.
    Joe Bloch puso el asunto en marcha al hablar de la bomba atómica y de lo que consideraba que se podía hacer con ella, y exclamando que quién lo habría pensado cinco años atrás. Yo repliqué que infinidad de personas lo habían pensado cinco años atrás y escribieron narraciones sobre el tema y que ahora tendrían un trabajo ímprobo tratando de llevarles la delantera a los periódicos. Lo cual nos condujo a una discusión general acerca de cómo un montón de cosas dementes podían resultar verdaderas, sazonada con un montón de «por ejemplo»

    Ray dijo que había oído decir a alguien que un científico famoso había mandado un bloque de plomo para atrás en el tiempo durante dos segundos, o dos minutos, o dos milésimas de segundo... no sabía bien cuál de los tres casos. Dijo que el científico no explicaba nada a nadie porque no creía que nadie le creyese.

    Por lo cual yo pregunté, con bastante sarcasmo, cómo se había enterado él... Ray quizá tenga montones de amigos, pero yo tengo los mismos, y ninguno de ellos conoce a ningún científico famoso. Pero él replicó que no importaba cómo se hubiese enterado y que podíamos tomarlo o dejarlo.

    Después de lo cual no tuvimos más remedio que hablar de máquinas de viajar en el tiempo y de qué pasaría si, supongamos, uno retrocediese unos años y matase a su propio abuelo y de por qué no venía ninguna persona perteneciente ya al futuro a decirnos quién ganaría la próxima guerra, o si habría una próxima guerra, o si quedaría algún lugar de la Tierra donde se pudiera vivir después de la contienda, sin importar quién hubiera vencido.

    Ray opinaba que nada más que se pudiera saber quién iba a ganar la séptima carrera mientras se corría la sexta ya sería algo.

    Pero Joe se pronunció en otro sentido. Dijo:

    —Lo malo en vosotros, muchachos, es que sólo tenéis guerras y carreras en la mente. Yo tengo curiosidad. ¿Sabéis qué haría si tuviese una máquina del tiempo?

    Claro, quisimos saberlo inmediatamente, dispuestos a dedicarle la risotada habitual, fuera lo que fuese.

    Él prosiguió:

    —Si yo tuviera una, retrocedería en el tiempo un par de millones de años, o cinco, o cincuenta millones, y averiguaría qué les pasó a los dinosaurios.

    Palabras que tuvo que lamentar amargamente, porque tanto Ray como yo opinamos que aquello no tenía sentido, en absoluto. Ray dijo que a quién le importaban un pepino los dinosaurios, y yo dije que sólo sirvieron para dejar un revoltijo de esqueletos con los que ocuparse esa gente bastante chiflada para ir a desgastar suelos de museos, y que se habían portado estupendamente al quitarse de en medio y dejar sitio a los seres humanos.

    Naturalmente, Joe replicó que con respecto a ciertos seres humanos que él conocía -y aquí nos dirigió una mirada severa-, habría sido mejor seguir con los dinosaurios. Pero nosotros no le hicimos caso.

    —Vosotros, cabezas de chorlito, podéis reíros y aparentar que sabéis algo; pero si os portáis así es porque no poseéis ni una pizca de imaginación —dijo él—. Los dinosaurios eran unos bichos dignos de ser tenidos en cuenta. Había millones, de todas clases; grandes como casas, y estúpidos como casas, también... por todas partes. Pero luego, repentinamente, ahí va... —y chasqueó los dedos—, no queda ni uno.

    —¿Cómo fue?
    —quisimos saber nosotros.

    Pero él estaba apurando la cerveza y llamaba a Charlie con un ademán, mostrándole una moneda en señal de que quería pagarla, y se limitó a encogerse de hombros.

    —No lo sé. Eso es lo que descubriría, precisamente.

    Y no hubo más. La cuestión habría quedado resuelta. Yo hubiera dicho algo, y Ray habría salido con alguna ocurrencia, y los tres habríamos pedido otra cerveza y quizá hubiésemos hecho algún comentario sobre el tiempo y sobre el equipo de los Brooklyn Dodgers y después nos habríamos despedido sin volver a pensar más en dinosaurios.

    Pero no lo hicimos así, y ahora nunca tengo otra cosa que dinosaurios en la cabeza, y me dan náuseas.

    Y no lo hicimos porque hete ahí que el tío borracho de la mesa vecina levanta la vista de pronto y grita.

    —¡Eh!

    No le habíamos visto. Por regla general no nos dedicamos a ir por los bares mirando a borrachos desconocidos. Por mi parte, bastante trabajo me da llevar la cuenta de los borrachos a quienes sí conozco. El sujeto en cuestión tenía ante sí una botella ya medio vacía, y en la mano un vaso todavía medio lleno.

    —¡Eh! —repitió. Todos le miramos, y Ray dijo:

    —Joe, pregúntale qué quiere.

    Joe era el que estaba más cerca del borracho. Inclinó la silla hacia atrás y preguntó:

    —¿Qué quiere?


    —¿No les he oído mentar a los dinosaurios, caballeros?
    —contestó el beodo.

    El hombre estaba un poco confuso nada más, y tenía unos ojos que parecían manar sangre, y sólo se distinguía que su camisa fue blanca, en otro tiempo, por pura suposición..., pero el efecto que nos causó probablemente se debería a su manera de hablar. No eran palabras de borracho, si comprenden qué quiero decir.

    Sea como fuere, Joe se suavizó y dijo:

    —Sin duda. ¿Le interesa saber algo en particular?


    El hombre nos dedicó una especie de sonrisa. Era una sonrisa extraña; empezaba en los labios y terminaba inmediatamente antes de llegar a los ojos. Y respondió:

    —¿No querían construir una máquina del tiempo para retroceder y averiguar qué les ocurrió a los dinosaurios?

    Vi perfectamente que Joe sospechaba que el sujeto iba a prepararnos un timo. Yo abrigaba idéntica sospecha. Joe dijo:

    —¿Por qué? ¿Quiere ofrecerse a construir una para mí?


    El borracho exhibió una confusión de dientes y replicó:

    —No, señor. Podría, pero no quiero. ¿Sabe por qué? Pues porque hace un par de años construí una para mí y retrocedí hasta la Era Mesozoica y descubrí qué les había ocurrido a los dinosaurios.

    Más tarde, miré cómo se escribe exactamente «Mesozoica», y por eso estoy seguro de que lo escribo bien, si es que ustedes se lo preguntaban, y hallé que la Era Mesozoica es la época en la que los dinosaurios hacían lo que a un dinosaurio le corresponde hacer. Aunque, por supuesto, a la sazón era como si me hablasen en acertijos, y más bien tendía a dar por descontado que nuestro interlocutor estaba un poco chiflado. Joe afirmó luego que él ya estaba enterado de la Mesozoica ésa; pero tendría que perorar largo y tendido si quería que Ray y yo le creyéramos.

    A pesar de todo, las palabras del vecino de mesa obraron su efecto igualmente, y le invitamos a trasladarse a la nuestra. Yo me figuré, imagino, que podíamos escucharle un rato, y luego quizá pudiéramos ayudarle a despachar la botella, y probablemente los otros habían tenido la misma idea... Sin embargo, el hombre sujetaba la botella fuertemente con la diestra al sentarse entre nosotros, y no la abandonó ni por un momento.
    Ray inquiría:

    —¿Dónde construyó usted una máquina del tiempo?

    —En la Universidad de Midwestern. Trabajábamos en ella mi hija y yo.

    El caso es que hablaba como los de la enseñanza.

    —¿Dónde la tiene ahora? ¿En el bolsillo?
    —intervine yo.

    El desconocido no parpadeó siquiera. No nos devolvía nunca el golpe, por más que nos hiciésemos los graciosos. Seguía hablando consigo mismo en voz alta, como si el whisky le hubiese soltado la lengua y no le importase que continuáramos allí o nos marchásemos.

    —La destrocé —dijo—. No la quería. Estaba harto de ella.

    No le creíamos. No le dábamos ni un triste comino de crédito. Conviene que lo tengan muy en cuenta. Y es muy lógico que no le creyésemos; porque si un individuo inventase una máquina del tiempo, podría forrarse de millones..., podría hacerse con todo el dinero del mundo, sabiendo con toda seguridad lo que había de ocurrir en la Bolsa, en las carreras de caballos y en las elecciones. No me importaban los motivos que tuviera... Además, ninguno de nosotros creería en eso de los viajes por el tiempo, porque, insisto, ¿qué pasaría si uno matase a su propio abuelo? Bueno, no importa.
    Joe dijo:

    —Sí, claro, la hizo pedazos. Claro que sí. ¿Cómo se llama usted?

    Pero el otro no contestó a esta pregunta, en ningún momento. Se la hicimos varias veces más, y terminamos llamándole.

    Él vació el vaso por completo y volvió a llenárselo pausadamente. Como no nos ofreció whisky, bebimos unos sorbos de cerveza.

    —Bien, continúe
    —dije yo entonces—. ¿Qué les pasó a los dinosaurios?

    Pero no nos lo dijo en seguida. Clavaba la mirada en el centro de la mesa, y a ésta dirigía sus palabras:

    —No sé cuántas veces me envió Carol hacia el pasado... unos pocos minutos nada más, o unas horas, antes de que diera el gran salto. No me importaban los dinosaurios; sólo quería ver cuán lejos me llevaba la máquina con la reserva de energía que tenía disponible. Supongo que me exponía a un gran peligro, pero ¿es la vida tan maravillosa? Por aquel entonces bramaba la guerra... ¿Una vida más?

    Casi habría podido decirse que el hombre mimaba y acariciaba el vaso, como si pensara en cosas de tipo general; luego pareció colocar un papel en su mente y seguir la pauta sin desviación alguna.

    —Hacía sol —dijo—, hacía sol y el dia estaba resplandeciente, y el suelo duro y seco. No había ciénagas, ni helechos. No había ninguno de los aderezos del Cretáceo que solemos asociar con los dinosaurios...

    En fin, creo que es eso lo que dijo. No siempre lograba retener las palabras sabias, de manera que a partir de este momento me limitaré a lo que recuerdo bien. Luego comprobé los sonidos que daba a las palabras, y debo decir que a pesar del licor que había despachado, las pronunciaba sin tartamudear.

    Quizá fuera eso lo que nos fastidiaba. Parecía perfectamente familiarizado con todo, y las frases fluían de su lengua como si nada.

    —Se trataba de una era reciente, el Cretáceo sin duda
    —prosiguió—. Los dinosaurios habían emprendido ya la retirada..., todos excepto los pequeños, con los cinturones de metal y las armas.

    Se me antoja que Joe hundió la nariz, de golpe, dentro de la cerveza y resbaló en semicírculo alrededor del vaso, cuando el profesor soltó la aseveración anterior con voz un tanto plañidera.

    Joe tenía la voz de un loco.

    —¿Que dinosaurios pequeños? ¿Y con qué cinturones de metal? ¿Y con qué armas?

    El profesor le miró por un segundo nada más; luego dejó que sus ojos resbalasen de nuevo hacia la nada.

    —Eran unos reptiles pequeños, de unos ciento veinte centímetros de altura. Se sostenían sobre las patas traseras, con una gruesa cola detrás, y tenían unos antebracitos con dedos. Llevaban en la cintura anchos cintos metálicos, de los que colgaban las armas... Pero no eran armas que disparasen balas; eran proyectores de energía.

    —¿Qué eran? —pregunté—. Oiga, ¿cuándo ocurría eso? ¿Hace millones de años?

    —En efecto —contestó él—. Eran reptiles. Estaban cubiertos de escamas y carecían de párpados, y probablemente ponían huevos. Pero utilizaban pistolas energéticas. Había cinco allí. Se echaron sobre mí apenas salí de la máquina. Debía de haber millones por toda la faz de la Tierra..., millones. Desparramados por todas partes. Debían de ser los reyes de la Creación entonces.

    Me figuro que en este punto fue cuando Ray creyó tenerle cogido, porque apareció en sus ojos esa mirada de tío enterado que hace que te den ganas de darle un golpe en la cabeza con una jarra de cerveza vacía. Porque si se le diera con una llena se perdería la cerveza.

    —Oiga, profesor —dijo—, en número de millones, ¿eh? ¿Acaso no hay por ahí fulanos que no hacen otra cosa que hallar huesos antiguos y liarse con ellos hasta deducir qué aspecto tenía un dinosaurio? Los museos están llenos de esqueletos de esa clase, ¿verdad que sí? Bueno, pues ¿dónde encontraría uno rodeado de un cinturón de metal? Si había millones, ¿qué ha sido de ellos? ¿Dónde están los huesos?

    El profesor suspiró. Había sido un suspiro auténtico, de verdad, triste. Acaso se diera cuenta por primera vez de que estaba hablando solamente con tres sujetos que vestían mono, en un bar. O quizá no le importase.

    —Fósiles no se encuentran muchos —dijo—. Piensen en la multitud de animales que han vivido sobre la Tierra. Piensen en cuántos millones... y billones. Y luego recuerden cuán poquísimos fósiles encontramos... Y aquellos lagartos eran inteligentes. Recuérdenlo. No iban a dejarse cazar por aludes de nieve, ni caerían en la lava, excepto por accidente fatal. Piensen en cuán pocos hombres fósiles tenemos..., aun incluyendo los hombres-mono tan poco inteligentes de un millón de años atrás.

    El hombre clavaba los ojos en el vaso medio lleno y lo hacía rodar incansablemente.

    —¿Qué manifiestan los fósiles, en fin de cuentas?
    —exclamó—. Los cinturones metálicos se oxidan y no dejan nada. Aquellos lagartos tenían la sangre caliente. Yo lo sé, pero los huesos petrificados no sirven para demostrarlo. ¡Qué diablos! Dentro de un millón de años, observando un esqueleto humano, ¿podrían adivinar ustedes qué aspecto tiene ahora Nueva York? ¿Podrían distinguir a un hombre de un gorila, sólo mediante los huesos, y deducir cuál de los dos construyó la bomba atómica y cuál comía plátanos en un zoo?

    —¡Eh!
    —le interrumpió Joe, protestando sin reparos—. El patán más simple sabe diferenciar el esqueleto de un gorila del de un hombre. El hombre tiene el cerebro mayor. Cualquier estúpido sabría decir cuál de los dos poseía el don de la inteligencia.

    —¿De veras? —El profesor rió para sí mismo, como si aquello fuera tan obvio que hubiera de considerarse una vergüenza inexcusable el perder tiempo en ello—. Ustedes lo juzgan todo según el tipo de cerebro que el hombre ha logrado desarrollar. La evolución tiene diversos modos de hacer una misma cosa. Las aves vuelan de una manera; los murciélagos vuelan de otra. La vida tiene infinidad de tretas para todo... ¿Qué cantidad de cerebro creen ustedes que utilizan? Una quinta parte, aproximadamente. Eso dicen los psicólogos. Por lo que ellos saben, y por lo que sabe todo el mundo, el ochenta por ciento de nuestro cerebro no nos presta el menor servicio. Todo el mundo funciona a marcha lenta, excepto, quizá, unas cuantas figuras de la Historia. Por ejemplo, Leonardo da Vinci, Arquímedes, Aristóteles, Gauss, Galois, Einstein...

    Yo no había oído nombrar a ninguno de ellos, exceptuando a Einstein; pero no me delaté. Todavía mencionó unos cuantos más; yo he puesto solamente los que he recordado. Y en esto él dijo:

    —Aquellos pequeños reptiles tenían unos cerebros menudos, quizá la cuarta parte de los nuestros, o quizá menos todavía; pero los usaban del todo, hasta el último trocito. Puede que sus huesos no lo demuestren, pero eran inteligentes; inteligentes como los seres humanos. Y eran los dueños de la Tierra.


    En este punto, Joe tuvo una ocurrencia buena de verdad. Por un rato pareció que había cogido al profesor en una trampa, y yo me alegraba infinito que hubiera tenido aquella idea.

    —Oiga, profesor —dijo—, si aquellos lagartos eran tremendamente listos, ¿cómo no dejaron ningún resto? ¿Dónde están sus ciudades y sus edificaciones y el sinfín de instrumentos que hallamos todos los días, cuchillos de piedra y otras cosas, dejados por el hombre de las cavernas. ¡Diablos!, si los seres humanos fueran a largarse de la faz de la Tierra, piense en la enormidad de material que dejaríamos como prueba de nuestro paso. No se podría andar un par de kilómetros sin encontrar una población. Y carreteras y ¡qué sé yo!

    Pero, sencillamente, al profesor no había quien lo parase. Sin perder los estribos, replicó al momento:

    —Sigue juzgando las otras formas de vida según los raseros humanos. Nosotros construimos ciudades, y carreteras, y aeropuertos, y todo lo demás que va con nuestro modo de ser... y ellos no los construían. Estaban organizados según un plan diferente. Su manera de vivir se diferenciaba de la nuestra ya desde el principio. Ellos no vivían en ciudades. No tenían un arte como el nuestro. No sé con seguridad qué tenían, porque era una cosa tan ajena a la nuestra que yo no la comprendía, salvo las armas. Esas eran iguales. Curioso, ¿no?... Por lo que sé, acaso tropecemos continuamente con restos que nos dejaron y no sabemos reconocerlos siquiera.

    A la sazón, yo ya estaba harto de aquel juego. Sencillamente, no se podía cazar al sujeto aquel. Cuanto más agudo te mostrabas tú, más agudo se mostraba él.

    —Oiga —dije—. ¿Cómo está tan enterado de esas cosas? ¿Qué hacía usted? ¿Vivir con ellos? ¿O acaso ellos hablaban inglés? O acaso usted habla el lenguaje de los lagartos... Díganos unas cuantas palabras de ese lenguaje.
    Me parece que también empezaba a perder la cabeza, a mi vez. Ya saben qué pasa. Un fulano te cuenta algo que no puedes creer porque es demasiado inverosímil, pero no consigues que confiese que está mintiendo.


    En cambio el profesor no perdía la cabeza. Se estaba llenando el vaso otra vez, con gran parsimonia.

    —No —dijo—, yo no hablaba, y ellos tampoco. Sencillamente, me miraban con aquellos ojos duros, fríos y fijos, ojos de serpiente, y yo sabía qué estaban pensando, y veía que ellos también sabían qué estaba pensando yo. No me pregunten cómo se producía el fenómeno. Se producía, y nada más. Siempre. Yo sabía que habían salido a una expedición de caza, y sabía que no iban a soltarme.

    Y dejamos de hacerle preguntas. Nos limitábamos a mirarle. Después Ray dijo:

    —¿Qué sucedió? ¿Cómo pudo escapar?


    —Fue fácil. Un animal se escabulló hacia el otro lado de la cima de la colina. Era largo, quizá unos tres metros, y estrecho, y corría pegado al suelo. Los lagartos se excitaron. Yo percibía su excitación a oleadas. Era como si se olvidaran de mí en una sola y cálida eclosión de sed de sangre... Y salieron disparados. Yo me metí dentro de la máquina, regresé y la destruí.

    Era el final menos espectacular que hubiera escuchado jamás. Joe emitió un sonido gutural.

    —Bueno, ¿y qué fue de los dinosaurios?


    —Ah, ¿no lo entienden? Yo creía que quedaba sobradamente claro... Fueron aquellos pequeños lagartos inteligentes los que se encargaron de la limpieza.
    Eran cazadores... por instinto y por vocación. Era la pasión de su vida. No cazaban en busca de alimento, sino de diversión.

    —¿Y barrieron a todos los dinosaurios de la Tierra?


    —Al menos a todos los que vivieron por aquella época, a todas las especies contemporáneas suyas. ¿No lo creen posible? ¿Cuánto tiempo tardamos nosotros en barrer los rebaños de bisontes, que constaban de centenares de millones de cabezas? ¿Qué fue del dodo, en pocos años? Supongan que nos dedicásemos a la tarea con verdadero empeño. ¿Cuánto durarían los leones, y los tigres, y las jirafas? ¡Por la época en que yo vi aquellos lagartos ya no quedaba ninguna pieza de caza mayor..., ningún reptil que sobrepasara los cuatro metros y medio! Todos habían desaparecido. Aquellos diablillos se entretenían ya cazando a los pequeños y escurridizos, y seguramente en lo más íntimo de sus corazones lloraban de añoranza de los viejos y hermosos tiempos.

    Todos permanecíamos callados, contemplando las vacías botellas de cerveza y meditando lo que acabábamos de escuchar. Aquel número inmenso de dinosaurios... grandes como casas... matados por los lagartos pequeños, con armas. Matados por diversión.

    Y entonces Joe se inclinó sobre la mesa, posó la mano, con gesto desenvuelto, en el hombro del profesor, y lo zarandeó.

    —Eh, profesor —dijo—, en ese caso, ¿qué les ocurrió a los lagartos pequeños, los que iban armados? ¿Eh? ¿Volvió usted allá alguna vez para averiguarlo?

    El profesor levantó la vista con una expresión en los ojos, como si se hubiera extraviado.

    —¿Todavía no lo ven? Ya empezaba a ocurrirles entonces. Lo vi en sus ojos. Se estaban quedando sin caza mayor..., sin diversión. Por consiguiente, ¿qué esperaría que hiciesen? Se dedicaron a otra caza..., la mayor y más peligrosa de todas... y se divirtieron de veras. Y siguieron la cacería hasta exterminar la especie.

    —¿Qué caza? —preguntó Ray. Él no lo entendía; en cambio Joe y yo sí lo comprendimos.

    —Ellos mismos —respondió el profesor con voz fuerte—. Agotados los otros, se lanzaron contra ellos mismos hasta que no quedó ninguno.

    De nuevo nos callamos para pensar en aquellos dinosaurios grandes como casas, todos exterminados por los pequeños lagartos provistos de armas. Luego pensamos en los mismos lagartos armados y en cómo tenían que mantener sus armas en acción incluso cuando ya no podían dirigirlas sino contra su propia especie.


    —¡Pobres lagartos estúpidos!
    —exclamó Joe.

    —¡Si —dijo Ray—, pobres lagartos dementes!

    Y lo que sucedió entonces nos asustó de verdad. Porque el profesor se puso en pie de un salto, con unos ojos que parecían querer salirse de las órbitas y venir disparados hacia nosotros.

    —¡Malditos locos! —gritó—. ¿Cómo se quedan sentados ahí lloriqueando por unos reptiles que se extinguieron hace cien millones de años? Aquélla fue la primera inteligencia que apareció sobre la Tierra, y terminó de este modo. Eso ya pasó. Pero nosotros somos la segunda inteligencia... ¿y cómo diablos se figuran que vamos a terminar nosotros?

    El profesor empujó la silla y se encaminó hacia la puerta. Pero de pronto se plantó un momento allí, antes de salir definitivamente, y gritó:

    —¡Pobre humanidad estúpida! Adelante, lloren por eso.

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  19. #59
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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     
    Hace de esto once años. Viajaba por la región agrícola que se dividen las provincias de Córdoba y de Santa Fe, provisto de las recomendaciones indispensables para escapar a las horribles posadas de aquellas colonias en formación. Mi estómago, derrotado por los invariables salpicones con hinojo y las fatales nueces del postre, exigía fundamentales refacciones. Mi última peregrinación debía efectuarse bajo los peores auspicios. Nadie sabía indicarme un albergue en la población hacia donde iba a dirigirme. Sin embargo, las circunstancias apremiaban, cuando el juez de paz que me profesaba cierta simpatía. vino en mi auxilio.
    -Conozco allá -me dijo- un señor inglés viudo y solo. Posee una casa, lo mejor de la colonia, y varios terrenos de no escaso valor. Algunos servicios que mi cargo me puso en situación de prestarle, serán buen pretexto para la recomendación que usted desea, y que si es eficaz le proporcionará excelente hospedaje. Digo si es eficaz, pues mi hombre, no obstante sus buenas cualidades, suele tener su luna en ciertas ocasiones, siendo, además, extraordinariamente reservado. Nadie ha podido penetrar en su casa más allá del dormitorio donde instala a sus huéspedes, muy escasos por otra parte. Todo esto quiere decir que va usted en condiciones nada ventajosas, pero es cuanto puedo suministrarle. El éxito es puramente casual. Con todo, si usted quiere una carta de recomendación...

    Acepté y emprendí acto continuo mi viaje, llegando al punto de destino horas después.

    Nada tenía de atrayente el lugar. La estación con su techo de tejas coloradas; su andén crujiente de carbonilla; su semáforo a la derecha, su pozo a la izquierda. En la doble vía del frente, media docena de vagones que aguardaban la cosecha. Más allá el galpón, bloqueado por bolsas de trigo. A raíz del terraplén, la pampa con su color amarillento como un pañuelo de yerbas; casitas sin revoque diseminadas a lo lejos, cada una con su parva al costado; sobre el horizonte el festón de humo del tren en marcha, y un silencio de pacífica enormidad entonando el color rural del paisaje.

    Aquello era vulgarmente simétrico como todas las fundaciones recientes. Notábase rayas de mensura en esa fisonomía de pradera otoñal. Algunos colonos llegaban a la estafeta en busca de cartas. Pregunté a uno por la casa consabida, obteniendo inmediatamente las señas. Noté en el modo de referirse a mi huésped, que se lo tenía por hombre considerable.

    No vivía lejos de la estación. Unas diez cuadras más allá, hacia el oeste, al extremo de un camino polvoroso que con la tarde tomaba coloraciones lilas, distinguí la casa con su parapeto y su cornisa, de cierta gallardía exótica entre las viviendas circundantes; su jardín al frente; el patio interior rodeado por una pared tras la cual sobresalían ramas de duraznero. El conjunto era agradable y fresco; pero todo parecía deshabitado.

    En el silencio de la tarde, allá sobre la campiña desierta, aquella casita, no obstante su aspecto de chalet industrioso, tenía una especie de triste dulzura, algo de sepulcro nuevo en el emplazamiento de un antiguo cementerio.

    Cuando llegué a la verja, noté que en el jardín había rosas, rosas de otoño, cuyo perfume aliviaba como una caridad la fatigosa exhalación de las trillas. Entre las plantas que casi podía tocar con la mano, crecía libremente la hierba; y una pala cubierta de óxido yacía contra la pared, con su cabo enteramente liado por una guía de enredadera.

    Empujé la puerta de reja, atravesé el jardín, y no sin cierta impresión vaga de temor fui a golpear la puerta interna. Pasaron minutos. El viento se puso a silbar en una rendija, agravando la soledad. A un segundo llamado, sentí pasos; y poco después la puerta se abría, con un ruido de madera reseca. El dueño de casa apareció saludándome.

    Presenté mi carta. Mientras leía, pude observarlo a mis anchas. Cabeza elevada y calva; rostro afeitado de clergyman; labios generosos, nariz austera. Debía de ser un tanto místico. Sus protuberancias supercialiares, equilibraban con una recta expresión de tendencias impulsivas, el desdén imperioso de su mentón. Definido por sus inclinaciones profesionales, aquel hombre podía ser lo mismo un militar que un misionero. Hubiera deseado mirar sus manos para completar mi impresión, mas sólo podía verlas por el dorso.

    Enterado de la carta, me invitó a pasar, y todo el resto de mi permanencia, hasta la hora de comer, quedó ocupado por mis arreglos personales. En la mesa fue donde empecé a notar algo extraño.

    Mientras comíamos, advertí que no obstante su perfecta cortesía, algo preocupaba a mi interlocutor. Su mirada invariablemente dirigida hacia un ángulo de la habitación, manifestaba cierta angustia; pero como su sombra daba precisamente en ese punto, mis miradas furtivas nada pudieron descubrir. Por lo demás, bien podía no ser aquello sino una distracción habitual.

    La conversación seguía en tono bastante animado, sin embargo. Tratábase del cólera que por entonces azotaba los pueblos cercanos. Mi huésped era homeópata, y no disimulaba su satisfacción por haber encontrado en mí uno del gremio. A este propósito, cierta frase del diálogo hizo variar su tendencia. La acción de las dosis reducidas acababa de sugerirme un argumento que me apresuré a exponer.

    -La influencia que sobre el péndulo de Rutter -dije concluyendo una frase-, ejerce la proximidad de cualquier substancia, no depende de la cantidad. Un glóbulo homeopático determina oscilaciones iguales a las que produciría una dosis quinientas o mil veces mayor.

    Advertí al momento, que acababa de interesar con mi observación. El dueño de casa me miraba ahora.

    -Sin embargo -respondió- Reichenbach ha contestado negativamente esa prueba. Supongo que ha leído usted a Reichenbach.

    -Lo he leído, sí; he atendido sus críticas, he ensayado, y mi aparato, confirmando a Rutter, me ha demostrado que el error procedía del sabio alemán, no del inglés. La causa de semejante error es sencillísima, tanto que me sorprende cómo no dio con ella el ilustre descubridor de la parafina y de la creosota.

    Aquí, sonrisa de mi huésped: prueba terminante de que nos entendíamos.

    -¿Usó usted el primitivo péndulo de Rutter, o el perfeccionado por el doctor Leger?

    -El segundo -respondí.

    -Es mejor. ¿Y cuál sería, según sus investigaciones, la causa del error de Reichenbach?


    -Esta: los sensitivos con que operaba, influían sobre el aparato, sugestionándose por la cantidad del cuerpo estudiado. Si la oscilación provocada por un escrúpulo de magnesia, supongamos, alcanzaba una amplitud de cuatro líneas, las ideas corrientes sobre la relación entre causa y efecto, exigían que la oscilación aumentara en proporción con la cantidad: diez gramos, por ejemplo. Los sensitivos del barón, eran individuos nada versados por lo común en especulaciones científicas; y quienes practican experiencias así, saben cuán poderosamente influyen sobre tales personas las ideas tenidas por verdaderas, sobre todo si son lógicas. Aquí está, pues, la causa del error. El péndulo no obedece a la cantidad, sino a la naturaleza del cuerpo estudiado solamente; pero cuando el sensitivo cree que la cantidad mayor influye, aumenta el efecto, pues toda creencia es una volición. Un péndulo, ante el cual el sujeto opera sin conocer las variaciones de cantidad, confirma a Rutter. Desaparecida la alucinación...

    -Oh, ya tenemos aquí la alucinación -dijo mi interlocutor con manifiesto desagrado.

    -No soy de los que explican todo por la alucinación, a lo menos confundiéndola con la subjetividad, como frecuentemente ocurre. La alucinación es para mí una fuerza, más que un estado de ánimo, y así considerada, se explica por medio de ella buena porción de fenómenos. Creo que es la doctrina justa.


    -Desgraciadamente es falsa. Mire usted, yo conocí a Home, el medium, en Londres, allá por 1872. Seguí luego con vivo interés las experiencias de Crookes, bajo un criterio radicalmente materialista; pero la evidencia se me impuso con motivo de los fenómenos del 74. La alucinación no basta para explicarlo todo. Créame usted, las apariciones son autónomas...


    -Permítame una pequeña digresión -interrumpí, encontrando en aquellos recuerdos una oportunidad para comprobar mis deducciones sobre el personaje-: quiero hacerle una pregunta, que no exige desde luego contestación, si es indiscreta. ¿Ha sido usted militar?...

    -Poco tiempo; llegué a subteniente del ejército de la India.


    -Por cierto, la India sería para usted un campo de curiosos estudios.

    -No; la guerra cerraba el camino del Tíbet a donde hubiese querido llegar. Fui hasta Cawnpore, nada más. Por motivos de salud, regresé muy luego a Inglaterra; de Inglaterra pasé a Chile en 1879; y por último a este país en 1888.

    -¿Enfermó usted en la India?

    -Sí -respondió con tristeza el antiguo militar, clavando nuevamente sus ojos en el rincón del aposento.

    -¿El cólera?... -insistí.

    Apoyó él la cabeza en la mano izquierda, miró por sobre mí, vagamente. Su pulgar comenzó a moverse entre los ralos cabellos de la nuca. Comprendí que iba a hacerme una confidencia de la cual eran prólogo aquellos ademanes, y esperé. Afuera chirriaba un grillo en la oscuridad.

    -Fue algo peor todavía -comenzó mi huésped-. Fue el misterio. Pronto hará cuarenta años y nadie lo ha sabido hasta ahora. ¿Para qué decirlo? No lo hubieran entendido, creyéndome loco por lo menos. No soy un triste, soy un desesperado. Mi mujer falleció hace ocho años, ignorando el mal que me devoraba, y afortunadamente no he tenido hijos. Encuentro en usted por primera vez un hombre capaz de comprenderme.

    Me incliné agradecido.

    -¡Es tan hermosa la ciencia, la ciencia libre, sin capilla y sin academia! Y no obstante, está usted todavía en los umbrales. Los fluidos ódicos de Reichenbach no son más que el prólogo. El caso que va usted a conocer, le revelará hasta dónde puede llegarse.

    El narrador se conmovía. Mezclaba frases inglesas a su castellano un tanto gramatical . Los incisos adquirían una tendencia imperiosa, una plenitud rítmica extraña en aquel acento extranjero.

    -En febrero de 1858 -continuó- fue cuando perdí toda mi alegría. Habrá usted oído hablar de los yoghis, los singulares mendigos cuya vida se comparte entre el espionaje y la taumaturgia. Los viajeros han popularizado sus hazañas, que sería inútil repetir. Pero, ¿sabe en qué consiste la base de sus poderes?

    -Creo que en la facultad de producir cuando quieren el autosonambulismo, volviéndose de tal modo insensibles, videntes...

    -Es exacto. Pues bien, yo vi operar a los yoghis en condiciones que imposibilitaban toda superchería. Llegué hasta fotografiar las escenas, y la placa reprodujo todo, tal cual yo lo había visto. La alucinación resultaba, así, imposible, pues los ingredientes químicos no se alucinan... Entonces quise desarrollar idénticos poderes. He sido siempre audaz, y luego no estaba entonces en situación de apreciar las consecuencias. Puse, pues, manos a la obra.

    -¿Por cuál método?

    Sin responderme, continuó:

    -Los resultados fueron sorprendentes. En poco tiempo llegué a dormir. Al cabo de dos años producía la traslación consciente. Pero aquellas prácticas me habían llevado al colmo de la inquietud. Me sentía espantosamente desamparado, y con la seguridad de una cosa adversa mezclada a mi vida como un veneno. Al mismo tiempo, devorábame la curiosidad. Estaba en la pendiente y ya no podía detenerme. Por una continua tensión de voluntad, conseguía salvar las apariencias ante el mundo. Mas, poco a poco, el poder despertado en mí se volvía más rebelde... Una distracción prolongada, ocasionaba el desdoblamiento. Sentía mi personalidad fuera de mí, mi cuerpo venía a ser algo así como una afirmación del no yo, diré expresando concretamente aquel estado. Como las impresiones se avivaban, produciéndome angustiosa lucidez, resolví una noche ver mi doble. Ver qué era lo que salía de mí, siendo yo mismo, durante el sueño extático.

    -¿Y pudo conseguirlo?


    -Fue una tarde, casi de noche ya. El desprendimiento se produjo con la facilidad acostumbrada. Cuando recobré la conciencia, ante mí, en un rincón del aposento, había una forma. Y esa forma era un mono, un horrible animal que me miraba fijamente. Desde entonces no se aparta de mí. Lo veo constantemente. Soy su presa. A donde quiera él va, voy conmigo, con él. Está siempre ahí. Me mira constantemente, pero no se le acerca jamás, no se mueve jamás, no me muevo jamás...

    Subrayo los pronombres trocados en la última frase, tal como la oí. Una sincera aflicción me embargaba. Aquel hombre padecía, en efecto, una sugestión atroz.

    -Cálmese usted
    -le dije, aparentando confianza-. La reintegración no es imposible.

    -¡Oh, sí! -respondió con amargura-. Esto es ya viejo. Figúrese usted, he perdido el concepto de la unidad. Sé que dos y dos son cuatro, por recuerdo; pero ya no lo siento. El más sencillo problema de aritmética carece de sentido para mí, pues me falta la convicción de la cantidad. Y todavía sufro cosas más raras. Cuando me tomo una mano con la otra, por ejemplo, siento que aquélla es distinta, como si perteneciera a otra persona que no soy yo. A veces veo las cosas dobles, porque cada ojo procede sin relación con el otro...

    Era, a no dudarlo, un caso curioso de locura, que no excluía el más perfecto raciocinio.

    -Pero en fin, ¿ese mono?..., pregunté para agotar el asunto.


    -Es negro como mi propia sombra, y melancólico al lado de un hombre. La descripción es exacta, porque lo estoy viendo ahora mismo. Su estatura es mediana, su cara como todas las caras de mono. Pero siento, no obstante, que se parece a mí. Hablo con entero dominio de mí mismo. ¡Ese animal se parece a mí!

    Aquel hombre, en efecto, estaba sereno; y sin embargo, la idea de una cara simiesca formaba tan violento contraste con su rostro de aventajado ángulo facial, su cráneo elevado y su nariz recta, que la incredulidad se imponía por esta circunstancia, más aún que por lo absurdo de la alucinación.

    Él notó perfectamente mi estado; púsose de pie como adoptando una resolución definitiva:

    -Voy a caminar por este cuarto, para que usted lo vea. Observe mi sombra, se lo ruego.

    Levantó la luz de la lámpara, hizo rodar la mesa hasta un extremo del comedor y comenzó a pasearse. Entonces, la más grande de las sorpresas me embargó. ¡La sombra de aquel sujeto no se movía! Proyectada sobre el rincón, de la cintura arriba, y con la parte inferior sobre el piso de madera clara, parecía una membrana, alargándose y acortándose según la mayor o menor proximidad de su dueño. No podía yo notar desplazamiento alguno bajo las incidencias de luz en que a cada momento se encontraba el hombre.

    Alarmado al suponerme víctima de tamaña locura, resolví desimpresionarme y ver si hacía algo parecido con mi huésped, por medio de un experimento decisivo. Pedíle que me dejara obtener su silueta pasando un lápiz sobre el perfil de la sombra.

    Concedido el permiso, fijé un papel con cuatro migas de pan mojado hasta conseguir la más perfecta adherencia posible a la pared, y de manera que la sombra del rostro quedase en el centro mismo de la hoja. Quería, como se ve, probar por la identidad del perfil entre la cara y su sombra (esto saltaba a la vista, pero el alucinado sostenía lo contrario) el origen de dicha sombra, con intención de explicar luego su inmovilidad asegurándome una base exacta.

    Mentiría si dijera que mis dedos no temblaron un poco al posarse en la mancha sombría, que por lo demás diseñaba perfectamente el perfil de mi interlocutor; pero afirmo con entera certeza que el pulso no me falló en el trazado. Hice la línea sin levantar la mano, con un lápiz Hardtmuth azul, y no despegué la hoja concluido que hube, hasta no hallarme convencido por una escrupulosa observación, de que mi trazo coincidía perfectamente con el perfil de la sombra, y éste con el de la cara del alucinado.

    Mi huésped seguía la experiencia con inmenso interés. Cuando me aproximé a la mesa, vi temblar sus manos de emoción contenida. El corazón me palpitaba, como presintiendo un infausto desenlace.

    -No mire usted -dije.

    -¡Miraré! -me respondió con un acento tan imperioso, que a pesar mío puse el papel ante la luz.

    Ambos palidecimos de una manera horrible. Allí ante nuestros ojos, la raya de lápiz trazaba una frente deprimida, una nariz chata, un hocico bestial. ¡El mono! ¡La cosa maldita!

    Y conste que yo no sé dibujar.

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    Predeterminado Re: Relatos Cortos

     
    Al anochecer de una tarde oscura y tormentosa en el otoño de 18..., me hallaba en París, gozando de la doble voluptuosidad de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en un pequeño cuarto detrás de su biblioteca, au troisième, No. 33, de la rue Dunot, en el faubourg St. Germain. Durante una hora por lo menos, habíamos guardado un profundo silencio; a cualquier casual observador le habríamos parecido intencional y exclusivamente ocupados con las volutas de humo que viciaban la atmósfera del cuarto. Yo, sin embargo, estaba discutiendo mentalmente ciertos tópicos que habían dado tema de conversación entre nosotros, hacía algunas horas solamente; me refiero al asunto de la rue Morgue y el misterio del asesinato de Marie Roget. Los consideraba de algún modo coincidentes, cuando la puerta de nuestra habitación se abrió para dar paso a nuestro antiguo conocido, monsieur G***, el prefecto de la policía parisina.

    Le dimos una sincera bienvenida porque había en aquel hombre casi tanto de divertido como de despreciable, y hacía varios años que no le veíamos. Estábamos a oscuras cuando llegó, y Dupin se levantó con el propósito de encender una lámpara; pero volvió a sentarse sin haberlo hecho, porque G*** dijo que había ido a consultarnos, o más bien a pedir el parecer de un amigo, acerca de un asunto oficial que había ocasionado una extraordinaria agitación.

    —Si se trata de algo que requiere mi reflexión —observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la mecha—, lo examinaremos mejor en la oscuridad.

    —Esa es otra de sus singulares ideas —dijo el prefecto, que tenía la costumbre de llamar «singular» a todo lo que estaba fuera de su comprensión, y vivía, por consiguiente, rodeado de una absoluta legión de «singularidades».

    —Es muy cierto —respondió Dupin, alcanzando a su visitante una pipa, y haciendo rodar hacia él un confortable sillón.

    —¿Y cuál es la dificultad ahora? —pregunté— Espero que no sea otro asesinato.

    —¡Oh, no, nada de eso!. El asunto es muy simple, en verdad, y no tengo duda que podremos manejarlo suficientemente bien nosotros solos; pero he pensado que a Dupin le gustaría conocer los detalles del hecho, porque es un caso excesivamente singular.

    —Simple y singular —dijo Dupin.

    —Y bien, sí; y no exactamente una, sino ambas cosas a la vez. Sucede que hemos ido desconcertados porque el asunto es tan simple, y, sin embargo nos confunde a todos.

    —Quizás es precisamente la simplicidad lo que le desconcierta a usted —dijo mi amigo.

    —¡Qué desatino dice usted! —replicó el prefecto, riendo de todo corazón.

    —Quizás el misterio es un poco demasiado sencillo —dijo Dupin.

    —¡Oh, por el ánima de…! ¡Quién ha oído jamás una idea semejante!

    —Un poco demasiado evidente.

    —¡Ja, ja, ja!... ¡ja, ja, ja!... ¡jo, jo, jo! —reía nuestro visitante, profundamente divertido— ¡Oh, Dupin, usted me va a hacer reventar de risa!.

    —¿Y cuál es, por fin, el asunto de que se trata? —pregunté.

    —Se lo diré a uste
    d —replicó el prefecto, profiriendo un largo, fuerte y reposado puff y acomodándose en su sillón— Se lo diré en pocas palabras; pero antes de comenzar, le advertiré que este es un asunto que demanda la mayor reserva, y que perdería sin remedio mi puesto si se supiera que lo he confiado a alguien.

    —Continuemos —dije.

    —O no continúe —dijo Dupin.

    —De acuerdo; he recibido un informe personal de un altísimo personaje, de que un documento de la mayor importancia ha sido robado de las habitaciones reales. El individuo que lo robó es conocido; sobre este punto no hay la más mínima duda; fue visto en el acto de llevárselo. Se sabe también que continúa todavía en su poder.


    —¿Cómo se sabe esto? —preguntó Dupin.

    —Se ha deducido perfectamente —replicó el prefecto—, de la naturaleza del documento y de la no aparición de ciertos resultados que habrían tenido lugar de repente si pasara a otras manos; es decir, a causa del empleo que se haría de él, en el caso de emplearlo.

    —Sea usted un poco más explícito —dije.

    —Bien, puedo afirmar que el papel en cuestión da a su poseedor cierto poder en una cierta parte, donde tal poder es inmensamente valioso.

    El prefecto era amigo de la jerga diplomática.

    —Todavía no le comprendo bien
    —dijo Dupin.

    —¿No? Bueno; la predestinación del papel a una tercera persona, que es imposible nombrar, pondrá en tela de juicio el honor de un personaje de la más elevada posición; y este hecho da al poseedor del documento un ascendiente sobre el ilustre personaje, cuyo honor y tranquilidad son así comprometidos.

    —Pero este ascendiente
    —repuse— dependería de que el ladrón sepa que dicha persona lo conoce. ¿Quién se ha atrevido…?

    —El ladrón —dijo G***— es el ministro D***, quien se atreve a todo; uno de esos hombres tan inconvenientes como convenientes. El método del robo no fue menos ingenioso que arriesgado. El documento en cuestión, una carta, para ser franco, había sido recibida por el personaje robado, en circunstancias que estaba sólo en el boudoir real. Mientras que la leía, fue repentinamente interrumpido por la entrada de otro elevado personaje, a quien deseaba especialmente ocultarla. Después de una apresurada y vana tentativa de esconderla en una gaveta, se vio forzado a colocarla, abierta como estaba, sobre una mesa. La dirección, sin embargo, quedaba a la vista; y el contenido, así cubierto, hizo que la atención no se fijara en la carta. En este momento entró el ministro D***. Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconocen la letra de la dirección, observa la confusión del personaje a quien ha sido dirigida, y penetra su secreto. Después de algunas gestiones sobre negocios, de prisa, como es su costumbre, saca una carta algo parecida a la otra, la abre, pretende leerla, y después la coloca en estrecha yuxtaposición con la que codiciaba. Se pone a conversar de nuevo, durante un cuarto de hora casi, sobre asuntos públicos. Por último, levantándose para marcharse, coge de la mesa la carta que no le pertenece. Su legítimo dueño le ve, pero, como se comprende, no se atreve a llamar la atención sobre el acto en presencia del tercer personaje que estaba a su lado. El ministro se marchó dejando su carta, que no era de importancia, sobre la mesa.

    —Aquí está, pues —me dijo Dupin—, lo que usted pedía para hacer que el ascendiente del ladrón fuera completo, el ladrón sabe de que es conocido del dueño del papel.

    —Sí —replicó el prefecto—; y el poder así alcanzado en los últimos meses ha sido empleado, con objetos políticos, hasta un punto muy peligroso. El personaje robado se convence cada día más de la necesidad de reclamar su carta. Pero esto, como se comprende, no puede ser hecho abiertamente. En fin, reducido a la desesperación, me ha encomendado el asunto.

    —¿Y quién puede desear —dijo Dupin, arrojando una espesa bocanada de humo—, o siquiera imaginar, un oyente mas sagaz que usted?

    —Usted me adula —replicó el prefecto— pero es posible que algunas opiniones como ésas puedan haber sido sostenidas respecto a mí.

    —Está claro
    —dije—, como lo observó usted, que la carta está todavía en posesión del ministro, puesto que es esta posesión, y no su empleo, lo que confiere a la carta su poder. Con el uso, ese poder desaparece.

    —Cierto
    —dijo G***—, y sobre esa convicción es bajo la que he procedido. Mi primer cuidado fue hacer un registro muy completo de la residencia del ministro; y mi principal obstáculo residía en la necesidad de buscar sin que él se enterara. Además, he sido prevenido del peligro que resultaría de darle motivos de sospechar de nuestras intenciones.

    —Pero —dije—, usted se halla completamente au fait en este tipo de investigaciones. La policía parisina ha hecho estas cosas muy a menudo antes.

    —Ya lo creo; y por esa razón no desespero. Las costumbres del ministro me dan, además, una gran ventaja. Está frecuentemente ausente de su casa toda la noche. Sus sirvientes no son numerosos. Duermen a una gran distancia de las habitaciones de su amo, y siendo principalmente napolitanos, se embriagan con facilidad. Tengo llaves, como usted sabe, con las que puedo abrir cualquier cuarto o gabinete de París. Durante tres meses, no ha pasado una noche sin que haya estado empeñado personalmente en escudriñar la mansión de D***. Mi honor está en juego y, para mencionar un gran secreto, la recompensa es enorme. Por eso no he abandonado la partida hasta convencerme plenamente de que el ladrón es más astuto que yo mismo. Me figuro que he investigado todos los rincones y todos los escondrijos de los sitios en que es posible que el papel pueda ser ocultado.

    —¿Pero no es posible
    —sugerí—, aunque la carta pueda estar en la posesión del ministro como es incuestionable, que la haya escondido en alguna parte fuera de su casa?

    —Es poco probable —dijo Dupin— La presente y peculiar condición de los negocios en la corte, y especialmente de esas intrigas en las cuales se sabe que D*** está envuelto, exigen la instantánea validez del documento, la posibilidad de ser exhibido en un momento dado, un punto de casi tanta importancia como su posesión.

    —¿La posibilidad de ser exhibido?
    —dije.

    —Es decir, de ser destruido
    —dijo Dupin.

    —Cierto
    —observé—; el papel tiene que estar claramente al alcance de la mano. Supongo que podemos descartar la hipótesis de que el ministro la lleva encima.

    —Enteramente —dijo el prefecto— Ha sido dos veces asaltado por malhechores, y su persona rigurosamente registrada bajo mí propia inspección.

    —Se podía usted haber ahorrado ese trabajo —dijo Dupin— D***, presumo, no está loco del todo; y si no lo está, debe haber previsto esas asechanzas; eso es claro.

    —No está loco del todo —dijo G***—; pero es un poeta, lo que considero que está sólo a un paso de la locura.

    —Cierto —dijo Dupin después de una larga y reposada bocanada de humo de su pipa—, aunque yo mismo sea culpable de algunas malas rimas.

    —Supongamos —dije—, que usted nos detalla las particularidades de su investigación.

    —Los hechos son éstos: dispusimos de tiempo suficiente y buscamos en todas partes. He tenido larga experiencia en estos negocios. Recorrí todo el edificio, cuarto por cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada uno. Examinamos primero el mobiliario de cada habitación. Abrimos todos los cajones posibles; y supongo que usted sabe que, para un ejercitado agente de policía, son imposibles los cajones secretos. Cualquiera que en investigaciones de esta clase permite que se le escape un cajón secreto, es un bobo. La cosa así, es sencilla. Hay una cierta cantidad de capacidad, de espacio, que contar en un mueble. En este caso, establecemos minuciosas reglas. La quincuagésima parte de una línea no puede escapársenos. Después del gabinete, consideramos las sillas. Los cojines son examinados con esas delgadas y largas agujas que usted me ha visto emplear. De las mesas, removemos las tablas superiores.

    —¿Por qué?

    —Algunas veces la tabla de una mesa, u otra pieza de mobiliario similarmente arreglada, es levantada por la persona que desea ocultar un objeto; entonces la pata es excavada, el objeto depositado dentro de su cavidad y la tabla vuelta a colocar. Los extremos de los pilares de las camas son utilizados con el mismo fin.

    —¿Pero la cavidad no podría ser detectada por el sonido? —pregunté.

    —De ninguna manera, si cuando el objeto es depositado se coloca a su alrededor una cantidad suficiente de algodón en rama. Además, en nuestro caso, estábamos obligados a proceder sin ruidos.

    —Pero no pueden ustedes haber removido, no pueden haber hecho pedazos todos los artículos de mobiliario en que hubiera sido posible depositar un objeto de la manera que usted menciona. Una carta puede ser comprimida hasta hacer un delgado cilindro en espiral, no difiriendo mucho en forma o volumen a una aguja para hacer calceta, y de esta forma puede ser introducida en el travesaño de una silla, por ejemplo. No rompieron ustedes todas las sillas, ¿no es así?

    —Ciertamente que no; pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de cada silla de la casa, y en verdad, todos los puntos de unión de todas las clases de muebles, con la ayuda de un poderoso microscopio. Si hubiera habido alguna huella de reciente remoción, no habríamos dejado de notarla instantáneamente. Un solo grano del aserrín producido por una barrena en la madera, habría sido tan visible como una manzana. Cualquier alteración en las encoladuras, cualquier desusado agujerito en las uniones, habría bastado para un seguro descubrimiento.

    —Presumo que observarían ustedes los espejos, entre los bordes y las láminas, y examinarían los lechos, y las ropas de los lechos, así como las cortinas y las alfombras.

    —Eso, por sabido; y cuando hubimos registrado absolutamente todas las partículas del mobiliario de esa manera, examinamos la casa misma. Dividimos su entera superficie en compartimentos, que numeramos para que ninguno pudiera escapársenos, después registramos pulgada por pulgada el terreno de la pesquisa, incluso las dos casas adyacentes, con el microscopio, como antes.

    —¡Las dos casas adyacentes! —exclamé—; deben ustedes haber causado una gran agitación.

    —La causamos; pero la recompensa ofrecida es prodigiosa.

    —¿Incluyeron ustedes los terrenos de las casas?

    —Todos los terrenos están enladrillados, comparativamente nos dieron poco trabajo. Examinamos el musgo de las junturas de los, ladrillos, y no encontramos que lo hubieran tocado.

    —¿Buscaron ustedes entre los papeles de D***, por consiguiente, y entre los libros de su biblioteca?

    —Ciertamente; abrimos todos los paquetes y legajos; y no sólo ¡Abrimos todos los libros, sino que dimos vuelta todas las hojas de todos los volúmenes, no contentándonos con una simple sacudida de ellos, como acostumbran a hacer algunos de nuestros agentes de policía. Medimos también el espesor de cada tapa de libro, con la más cuidadosa exactitud, y aplicamos a cada uno el más celoso examen con el microscopio. Si cualquiera de las encuadernaciones hubiera sido tocada para ocultar la carta, habría sido completamente imposible que el hecho escapara a nuestra observación. Unos cinco o seis volúmenes, recién traídos por el encuadernador, los examinamos con todo cuidado, sondeando las tapas.

    —¿Registraron el suelo, bajo las alfombras?

    —Sin duda. Removimos todas las alfombras, Y examinamos los bordes con el microscopio.

    —¿Y el papel de las paredes?


    —También.

    —¿Buscaron en los sótanos?


    —Sí

    —Entonces —dije— han hecho ustedes un mal cálculo, y la carta no está entre las posesiones del ministro, como suponen.

    —Temo que usted tenga razón —repuso el prefecto—. Y ahora, Dupin, ¿qué me aconseja que haga?

    —Hacer una nueva revisión de la casa del ministro.

    —Eso es absolutamente innecesario —replicó G***—; estoy tan seguro como que respiro, de que la carta no está en la casa.

    —Pues no tengo mejor consejo que darle —dijo Dupin— ¿Tendrá usted, como es natural, una cuidadosa descripción de la carta?

    —¡Ya lo creo!

    Y aquí el prefecto, sacando un memorándum, nos leyó en voz alta un minucioso informe de la carta, especialmente de la apariencia externa del documento perdido. Poco después de esta descripción, cogió su sombrero y se fue, mucho más desalentado de lo que le había visto nunca antes.

    Casi cerca de un mes había pasado, cuando nos hizo otra visita, encontrándonos ocupados exactamente de la misma manera que la otra vez. Cogió una pipa y una silla, y principió una conversación sobre cosas ordinarias. Por último, le dije:

    —Y bien, señor G***, ¿qué hay sobre la carta robada? Presumo que se habrá usted convencido, al fin, de que no hay cosa más difícil que sorprender al ministro.

    —¡Que el diablo lo confunda! esa es la verdad; hice el nuevo examen, sin embargo, como Dupin me lo aconsejó, pero ha sido tiempo perdido, como yo suponía.

    —¿A cuánto asciende la recompensa ofrecida, dijo usted? —preguntó Dupin.

    —¿Cuánto? una gran cantidad, una recompensa verdaderamente liberal; no quiero decir cuánto exactamente, pero diré una cosa: y es que estaría dispuesto a dar un cheque con mi firma por cincuenta mil francos, a cualquiera que me entregara la carta. El asunto se está haciendo día a día cada vez más importante, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero aunque fuera triplicada, no podría hacer más de lo que he hecho.

    —Veamos
    — dijo Dupin lentamente, entre una y otra bocanada de humo—; realmente pienso, G***, que usted no ha hecho todo lo que podía en este asunto. ¿No cree que podría hacer un poco más?

    —¿Cómo? ¿De qué manera?

    —¡Pst! Creo, puff, puff, que usted podría, puff, puff, pedir consejo sobre este asunto; puff, puff, puff. ¿Se acuerda usted de lo que se cuenta de Abernethy!

    —¡No! ¡Al diablo con su Abernethy!

    —¡Está bien! al diablo con él, y buena suerte. Pero he aquí el hecho. Una vez, cierto ricacho muy avaro concibió la idea de obtener gratis de ese Abernethy una opinión médica. Habiendo procurado con ese objeto estar solo con él en una conversación corriente, le insinuó su propio caso como el de un individuo imaginario.

    —Supongamos
    —dijo el tacaño—, que sus síntomas son tales y tales; ahora doctor, ¿qué le aconsejaría usted?

    —¿Qué le aconsejaría? —dijo Abernethy—; ¡psh! que viera a un médico.

    —Pero —dijo el prefecto, algo desconcertado—, yo estoy dispuesto a pedir consejo, y a pagarlo. Daría realmente cincuenta mil francos a cualquiera que me ayudara en este asunto.

    —En ese caso —replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques—, puede usted perfectamente hacerme un cheque por la cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado, le entregaré la carta.

    Quedé estupefacto. El prefecto parecía como herido por un rayo. Durante algunos minutos permaneció sin habla y sin movimiento, mirando incrédulamente a mi amigo con la boca abierta y los ojos que parecían saltárseles de las órbitas; después, aparentemente recobrando la conciencia de su ser, cogió una pluma y, después de algunas pausas y miradas sin objeto, hizo por último y firmó un cheque por 50.000 francos, y lo alcanzó por sobre la mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo guardó en su cartera; después, abriendo un escritoire, cogió de él una carta y la entregó al prefecto. El funcionado se abalanzó sobre ella en una perfecta convulsión de alegría, la abrió con mano temblorosa, arrojó una rápida ojeada a su contenido, y entonces, agitado y fuera de sí, abrió la puerta y sin ceremonia de ninguna especie salió del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde que Dupin le había pedido que hiciera el cheque.

    Cuando nos quedarnos solos, mi amigo consintió en darme explicaciones.

    —La policía parisina
    —dijo— es sumamente buena en su especialidad. Es perseverante, ingeniosa, astuta y perfectamente versada en los conocimientos que sus deberes parecen necesitar con más urgencia. Así, cuando G*** nos detalló su modo de registrar los sitios en la casa de D***, tuve plena confianza en que había practicado una investigación satisfactoria, hasta donde lo permiten sus conocimientos.

    —¿Hasta dónde lo permiten?
    —pregunté.

    —Sí —dijo Dupin— Las medidas adoptadas eran, no solamente las mejores de su clase, sino que se acercaban a la perfección absoluta. Si la carta hubiera estado oculta en el radio de esa pesquisa, los agentes de policía, indiscutiblemente, la hubieran encontrado.

    Me sonreí por toda respuesta, pero mi amigo parecía perfectamente serio en todo lo que decía.

    —Las medidas, pues —continuo él—, eran buenas en su clase y bien ejecutadas; su defecto estaba en ser inaplicables al caso y al hombre. Un cierto conjunto de recursos altamente ingeniosos son para el prefecto una especie de lecho de Procusto, a los que adapta forzadamente sus designios. Así es que perpetuamente yerra por ser demasiado profundo, o demasiado superficial, en los asuntos que se le confían, y muchos niños de escuela son mejores razonadores que él. He conocido uno, de unos ocho años de edad, cuyos éxitos adivinando en el juego de «pares y nones» atraían la admiración de todo el mundo. Este juego es simple, y se juega con canicas. Uno de los jugadores oculta en su mano una cantidad de esas canicas, y pregunta a otro si ese número es par o non. Si el preguntado adivina, gana una; si no, pierde una. El niño de que hablo, ganaba todas las canicas de la escuela. Por consiguiente, tenía algún método para acertar, y éste se basaba en la simple observación y el cálculo de la astucia de sus contrincantes. Por ejemplo, un simple bobalicón es su contrario, y levantando una mano cerrada, y pregunta: ¿son pares o nones? Nuestro niño replica: «Nones», y pierde; pero a la segunda vez gana, porque entonces se dice a sí mismo: «El bobalicón tenía pares la primera vez, y su cantidad de astucia es justamente la suficiente para llevarlo a poner nones en la segunda; por consiguiente, apostaré «nones»; apuesta a nones, y gana. Ahora, con un bobo de un grado mayor que el primero, hubiera razonado así: «Este tal, sabe que en el primer caso aposté a nones, y en el segundo se le ocurrirá, en el primer impulso, una simple variación de pares a nones, como hizo mi otro contrario; pero entonces un segundo pensamiento le sugerirá que ésta es una variación demasiado simple, y, finalmente, decidirá poner pares como antes. Por consiguiente, apostaré a pares»; apuesta a pares, y gana. Ahora bien, este sistema de razonar en el niño de escuela, a quien sus compañeros llamaban afortunado, ¿qué es, en último análisis?

    —Es simplemente —dije— una identificación del intelecto del razonador con el de su contrario.

    —Eso es —dijo Dupin—; y después de preguntar al niño cómo efectuaba esa completa identificación en que residía su éxito, recibí la siguiente respuesta: «Cuando deseo saber cuán sabio o cuán estúpido, o cuán bueno o cuán malo es alguien, o cuáles son sus pensamientos en un instante dado, acomodo la expresión de mi rostro, tan cuidadosamente como me sea posible, de acuerdo con la expresión del rostro de él, y entonces trato de ver qué pensamientos o sentimientos nacen en mi mente, que igualen o correspondan a la expresión de mi cara.» La respuesta de este niño de escuela supera incluso la expúrea profundidad que ha sido atribuida a La Rochefoucault, la Bruyère, Maquiavelo y Campanella.

    —Y la identificación —dije— del intelecto del razonador con el de su contrario, depende, si le entiendo a usted bien, de la exactitud con que se mide la inteligencia de este último.

    —Para su valor práctico depende de eso —replicó Dupin—; y el prefecto y toda su cohorte fracasan tan frecuentemente, primero, por no lograr dicha identificación, y segundo, por mala apreciación, o mas bien por no medir la inteligencia con la que se miden. Consideran únicamente sus propias ideas ingeniosas; y buscando cualquier cosa oculta, tienen en cuenta solamente los medios con que ellos la habrían escondido. Tienen mucha razón en todo: que su propio ingenio es una fiel representación del de las masas; pero cuando la astucia del reo es diferente en carácter de la de ellos, el reo se les escapa; es lógico. Eso sucede siempre que esa astucia es superior de la de ellos, y, muy habitualmente cuando está por abajo. No tienen variación de principio en sus investigaciones; lo más que hacen, cuando se ven excitados por algún caso insólito, por alguna extraordinaria recompensa, es extender o exagerar sus viejas rutinas de práctica, sin modificar sus principios. Por ejemplo, en este caso de D***, ¿qué se ha hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué es todo este taladrar, probar, hacer sonar y registrar con el microscopio, y dividir la superficie del edificio en cuidadosas pulgadas cuadradas y numeradas? ¿Qué es todo eso, sino una exageración de la aplicación de un principio o conjunto de principios de pesquisa, que está basado sobre un conjunto de nociones respecto a la ingeniosidad humana, a que el prefecto, en la larga rutina de su deber, se ha acostumbrado? ¿No ve usted que G*** da por sentado que todos los hombres que quieren ocultar una carta, si no precisamente en un agujero hecho con barrena en la pata de una silla, lo hacen, cuando menos, en algún oculto agujero o rincón sugerido por el mismo tenor del pensamiento que inspira a un hombre la idea de esconderla en un agujero hecho en la pata de una silla? ¿Y no ve usted también que tales rincones buscados para ocultar, se emplean únicamente en las ocasiones ordinarias, y sólo son adoptados por inteligencias ordinarias? Porque en todos los casos de ocultamiento cabe presumir que en principio se ha efectuado dentro de esas coordenadas; y su descubrimiento depende, no tanto de la perspicacia, sino del simple cuidado, la paciencia y la determinación de los buscadores; y cuando el caso es de importancia, o lo que quiere decir lo mismo a los ojos policiales, cuando la recompensa es de magnitud, las cualidades en cuestión jamás fallan. Ahora entenderá usted indudablemente lo que quise decir, sugiriendo que, si la carta hubiera sido ocultada en cualquier parte dentro de los límites del examen del prefecto, o en otras palabras, si el principio inspirador de su ocultación hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto, su descubrimiento habría sido un asunto absolutamente fuera de duda. Este funcionario, sin embargo, ha sido completamente engañado; y la fuente originaria de sus fracaso reside en la suposición de que el ministro es un loco porque ha adquirido fama como poeta. Todos los locos son poetas; esto es lo que cree el prefecto, y es simplemente culpable de un non distributio medii al inferir de ahí que todos los poetas son locos.
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